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LETRAS, CEROS Y UNOS

Cuanto peor, mejor

sábado 21 de febrero de 2026, 20:29h

Los hijos de la EGB recordamos aquello de que el esfuerzo era una virtud pública. Se podía discutir el reparto de bienes y roles, denunciar sus injusticias, señalar sus trampas sociales, pero nadie se atrevía a ridiculizarlo. El estudio exigente no era motivo de mofa, sino de admiración. El pensamiento complejo era una meta alcanzable solo con años y horas dedicadas al trabajo con flexos ardientes y sillas poco ergonómicas. Yo quería ser como mi tío el ingeniero o mi vecino el médico. Hoy, en cambio, asistimos a una escena distinta que puede definirse como el tiempo del ”cuanto peor, mejor”. Cuanto más grosero el discurso, más viral. Cuanto más simplón el argumento, más compartido. Y cuanto más culto el interlocutor, más fácil la caricatura. Hoy los niños quieren ser Yamal, Mbapé y Métrika, no Margarita Salas, Cela o Severo Ochoa.

La burla hacia el filósofo se ha convertido en algo cotidiano. No importa si el nombre invocado es Nietzsche o Foucault: ambos caben en una frase de taza, en una camiseta o en un meme que reduce años de pensamiento a un nombre raro. La ironía ha degenerado en mecanismo de defensa permanente. Nada es serio, todo es broma, y quien no sonríe ante la banalización es acusado de elitista. Al intelectual ahora se le llama diky, es decir, persona sin valor, blanda, pacífica, que no se quiere meter en problemas y usa la razón y el diálogo para ello. Un diky es lo más bajo en la escala social de la calle de nuestra juventud.

La literatura no ha quedado al margen. También ella sufre la presión del posmodernismo y del todo vale. El párrafo se acorta no por exigencia estética, sino por impaciencia estructural. El conflicto se simplifica. El personaje ya no evoluciona, sino que reacciona en su planicie. La complejidad psicológica compite con el capítulo corto y sencillito. Y el lector, ese lector que en otro tiempo se recreaba en una frase de Cumbres borrascosas, hoy aparece en redes diciendo que no entiende nada. Pasen rapidito por él, que si no nos da FOMO y a comprar otro.

Es cierto, cada época produce su forma. La novela decimonónica fue hija de su tiempo, como el folletín o el realismo social lo fueron del suyo. Pero lo inquietante de nuestra coyuntura no es el cambio formal, sino la sospecha hacia lo complejo. Lo arduo se interpreta como impostura. Lo denso, como pedantería. Se celebra la espontaneidad aunque sea ignorante, y se penaliza la elaboración aunque sea honesta. ¿Usted que prefiere, leer Cristo versus Arizona o un eructo?

La posmodernidad prometía una democratización del canon. Todo tiene su lugar, toda voz merece escucha. Y en esa apertura hubo una conquista democrática y necesaria. Sin embargo, la trampa aparece cuando la horizontalidad se convierte en indiferenciación. Si todo vale lo mismo, nada exige nada. Si cualquier opinión es equiparable al conocimiento especializado, el mérito deviene en privilegio y la preparación en sospecha. El resultado no es igualdad, sino ruido, desconcierto.

Mientras tanto, el entretenimiento actúa como ideología blanda. La política se centra en lo estético, el exabrupto sustituye al argumento. El intelectual, figura ya incómoda en el siglo XX, se transforma en caricatura, muchas veces merecida, es cierto; pero en todos los ámbitos hay impostores y gilis. Pensemos que el intelectual es de verdad. Se le exige que simplifique, que traduzca, que entretenga. Y cuando lo hace, se le acusa de superficial; cuando no lo hace, de arrogante. La derrota es segura. La victoria es de aquellos que parieron las siglas de las diferentes leyes educativas con el fin de idiotizar, no de progresar.

Quizá convenga recordar que la literatura nació del esfuerzo por decir lo que no era fácil decir. Que la poesía no surge de la comodidad, sino de la tensión. Que el pensamiento no es un lujo, sino una forma de resistencia. Leer a Borges no es un acto snob, es aceptar que el mundo puede ser más complejo de lo que cabe en un titular. Conocer a Blas de Otero en un libro de texto. Tal y como a mí me sucedió no es un gesto antiguo, más bien es reconocer que el lenguaje todavía puede enfrentarse a la injusticia.

“Cuanto peor, mejor” no es solo una frase hecha, es un síntoma cultural basado en la realidad. La celebración de lo soez no libera, sino que empobrece. La ridiculización del culto no democratiza, más bien desarma. Y la renuncia al esfuerzo no iguala: homogeneiza por abajo. Esto no es nuevo. Comenzó con la televisión, pasó a la cultura, y hoy es algo generalizado en nuestra sociedad.

Tal vez la tarea de la literatura, y de quien la escribe, consista hoy en sostener la complejidad sin pedir perdón por ello. En afirmar que pensar exige tiempo, y que el tiempo es, precisamente, lo que las pantallitas nos roba.

La batalla no es tecnológica. Es ética. Es estética. Y, sobre todo, es una cuestión de dignidad intelectual frente al, previsible, triunfo del eructo.

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