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TRIBUNA

Un mundo en llamas

domingo 22 de febrero de 2026, 19:42h

Mal que bien he cultivado esta página durante años. Me encuentro ahora con una dificultad profunda para encontrar un tema de interés general que permita un tratamiento mesurado. Nada más humano que la inmoralidad. Perversión, traición, violencia, mendacidad… son constantes a lo largo de la historia; somos una criatura caída. El lado luminoso se encuentra en el esfuerzo por alzarse y en la humildad que acompaña a una conciencia culpable.

Si la atmósfera es hoy irrespirable no es sólo por la calidad de los actos, sino también por la suficiencia vacía de los delincuentes, la arrogancia de filibustero propia de quien ignora toda humildad y es incapaz de sentir la culpa. Patanes perfumados, gañanes de la academia, señoritos lindos que nos enseñan una verdad prostituida, almas de insecto que exhalan la ceniza de sus adentros. A pedazos se cae el país sobre nuestras cabezas, atestadas por la industria cultural de un sinfín de vergonzosas naderías. El aparato de educar, la gran máquina formativa, es un parque temático con atracciones delirantes. Los premiados de todos los premios son señores de esa calaña que diviniza la propia opinión y sólo accede a discutir con sus palmeros y seguidores. Lo llaman coherencia u honestidad, tratando de esconder su turbio resentimiento tras gestos de una teatral dignidad. Violadores de uniforme, puteros parlamentarios, interminables discursos sonoros pero huecos y, sobre todo, la lengua en ruinas, el juicio mutilado por una disfasia masiva, el gusto conducido por el mercado hacia la escombrera de banalidades que estraga nuestra atención y la disuelve en la nebulosa de sandeces que conforma la cultura. Los medios emiten incesantemente una sombra de majaderías miserables y se escucha la voz grandilocuente de expertos que venden bien cada palabra, a tanto la sílaba.

No es fácil en estas condiciones encontrar una asunto que pueda interesar al lector y que tolere una expresión serena. Bajo el fenómeno de la degradación interminable de nuestra vida social me parece encontrar – sin embargo – el final de un lento hundimiento. La fecha de 2008 y la interminable crisis económica, que no desmienten las menguadas tasas de crecimiento, podrían indicar el final de una época. Una agonía peligrosa que amenaza con destruir los últimos restos de vida real que se conservaban no sólo en Europa o América sino en el mundo globalizado que se defiende alzando de nuevo sus fronteras.

Se elevan a la vez promesas de redención tecnológica que suenan tanto más estridentes, cuanto más evidente resulta la destrucción económico-técnica de la realidad antropológica y de su mundo propio. La descomposición de una naturaleza esquilmada es el inseparable envés de la demolición de la vida humana por efecto de varios siglos de progreso industrial. El mismo progreso que requiere de una incesante atomización de la vida en nombre de una democracia impostada. Es el mismo progreso que pide una reducción técnica de la asombrosa calidad humana. Pero el imperio del hombre no se calcula y el marasmo de vileza que asola el presente resulta de la violación del ser humano real – siempre histórico y circunstanciado – en nombre del progreso abstracto de una Humanidad que sólo existe en los cuadros estadísticos y en la vacía racionalidad de los técnicos que nos gestionan: capital humano, recurso energético para la gran máquina del mundo al servicio de una economía desquiciada.

La patulea gobernante, más próxima o lejana, es sólo el índice de una descomposición sin parangón de las culturas humanas. Si es cierto que el hombre moderno destruye más cuando construye que cuando destruye, como enseña Nicolás Gómez Dávila, el moderno proyecto de construcción de un mundo a imagen y semejanza del industrioso racionalista moderno ha de suponer la más potente agresión a la obra heredada, a la tradición y sus formas, erigidas lentamente sobre la labor de generaciones que han sido completamente olvidadas. Nos encontramos ya muy cerca del abismo. Ése podría ser el tema, pero no es fácil encontrar la mesura y la paciencia cuando se contempla el mundo en llamas.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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