Opositar es muy interesante. No lo recomiendo, pero resulta interesante. Lo mejor, ya lo digo, es largarse del país o dedicarse al contrabando o al narcotráfico. Algo mucho más digno que pasar por este trance. Pero, si no queréis dedicaros a los mencionados menesteres, opositad. Es interesante porque uno vuelve a sentirse un chiquillo. Uno vuelve a examinarse y siente que la vida es eso: ese examen que tiene por delante y que tiene que superar. Todo lo demás, como cuando estábamos en el colegio, desaparece. No existe la muerte, ni la enfermedad ni otra cosa que no sea el examen. Tener un examen de oposición por delante es que la realidad genere, por sí misma, una microrrealidad, la realidad del opositor, en la que no existe nada que no sea esa prueba a la que uno se enfrenta con ojeras, lápiz y botellita de agua sin etiqueta. Es una realidad extenuante, sin duda, y produce mucho estrés, mucha presión; pero allí, como cuando teníamos examen de mates en el instituto, no había nada horrible mas que el examen. Es curioso pasar de los 30 y experimentar esa realidad, como cuando éramos adolescentes y el mundo eran exámenes de matemáticas y botellones esperándonos a la vuelta del fin de semana. Uno pasa de los 30 y cuando oposita, sobre todo cuando el examen está cerca, parece que la vida es solo una pasarela hacia la felicidad: aprobar esa dichosa prueba. Parece que olvidamos en ese momento que, detrás de esa puerta, no hay nada. Un trabajo, sí, y una posibilidad de cubrir tus necesidades esenciales —no olvidemos que el funcionariado es la nueva nobleza—. Pero eso es todo. Esa felicidad tanto tiempo añorada y soñada es humo. Detrás de toda puerta, se esconde la absoluta nada. También detrás de la puerta de las oposiciones. Cubiertas las necesidades de uno, financiado el coche de primera mano (un hecho inaudito en estos tiempos), no hay nada más. Eres carne para la muerte y el olvido. Ya está. Eso es todo. Uno abre la puerta y le espera el desierto. Y entonces, los funcionarios, los que se hicieron con el ansiado tesoro, la ansiada plaza, hacen lo que todos hacen: empiezan a darle un poco al pádel, viajan a destinos que están de moda, compran un perro, van a clubs de swingers... Y así matan el tedio de una existencia mediocre, aburrida, por mucho que uno pertenezca a la clase privilegiada. Los ricos también lloran, ya se sabe.
Muchos de los opositores, especialmente los más jóvenes —o exjóvenes—, buscamos con ansia la plaza soñada, pensando que ahí está la solución a todos nuestros males. Pero el mal es un trono, como la religión también lo es. Si la religión se levanta del trono, se aposenta otra cosa: la ideología, el sexo, comprar trapitos en Shein... Y si la falta de un trabajo es la que ocupa el trono del mal, el trono de aquello que nos fastidia y destroza la vida, no te preocupes que se sentará otra cosa. La vida no empieza cuando uno aprueba las oposiciones. Uno tiene la sensación de que es así: apruebo, saco la plaza, luego existo. No antes; lo previo es la antesala, la adolescencia que se ha alargado demasiado. Pero no: la vida es ya, es ahora. No hay una seudovida y más tarde la vida de verdad: cuando obtengas la plaza y puedas vivir independiente y con relativa holgura. La vida es ahora. Ha empezado ya. Y hay que bebérsela en este mismo instante y apurar cada momento, cada descuido que tenga, cada tregua, para disfrutarla. Ella, al fin y a cabo, es justo lo que hace con nosotros: mientras penamos en nuestra mesa llena de apuntes esperando que la vida comience tras esa puerta, ella nos va bebiendo sorbo a sorbo, segundo a segundo. Porque la vida ha comenzado mucho antes de un examen.