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De lo que hay que oír a lo que conviene pensar

jueves 18 de diciembre de 2008, 22:43h
La victoria de Barak Obama en las elecciones del pasado mes de noviembre vino a consolidar un fenómeno de adhesión incondicional fervorosa al candidato demócrata a la presidencia de los Estados Unidos de América. Adhesión, habría que añadir inmediatamente, no sólo comprobable en el seno de la sociedad americana, sino también, por el momento, en la europea.

Sea para contrarrestar la “obomanía” (por aquello de que un pesimista es un optimista con experiencia), sea como difusión propia de los análisis ponderados de un presunto nuevo panorama político dentro de Estados Unidos y en las relaciones internacionales de hoy en día, algunos cuantos publicistas no se han recatado en señalar el curso difícil que aguarda al presidente electo a partir de su -cada vez más próxima- toma de posesión en enero de 2009.

Lo que es más, la gestación de un “equipo” político impregnado de clintonismo (admítaseme el barbarismo), como revelan los nombramientos de Larry Summers en economía y Hillary Clinton en el Departamento de Estado -entre otros-, sería indicio claro de concesión al núcleo liberal avanzado del establecimiento americano.

Trascendamos, sin embargo, la disyuntiva de marras, puesto que de lo que se trata ahora es de replantear una vieja querella diplomática muy americana.

Me refiero a la antinomia que enfrenta desde los años de ascenso de Henry Kissinger, tanto en el Departamento de Estado como en el Consejo de Seguridad Nacional (1969-1975), a los diplomáticos americanos de corte antisemita, y, por ende, arabófilos, con los miembros arabófobos del cuerpo diplomático. Éstos últimos se negarían a entender con imparcialidad el problema árabe -luego islámico- dentro del escenario internacional árabe-islámico en el que la primera y (hoy) única potencia juega sus cartas. Robert D. Kaplan y Martin Kramer entraron en liza en este asunto, y a ello me referí en una sintética puntualización de hace no muchos años .

La cuestión palpitante aquí y ahora consiste en averiguar hasta qué punto los escenarios de conflicto rotundo con que se ha ido enfrentando -cuando no, abriendo- Estados Unidos en Oriente Próximo y Medio, recibirán un tratamiento adecuado por parte de la gran potencia de acuerdo con un orden de prioridades. Este orden sería, aproximadamente, el que aconseja resolver en principio el conflicto israelo-palestino, que este año cumple su sesenta aniversario. Así lo ha indicado el último premio Nobel de la Paz recientemente.

El segundo paso en la escala de objetivos a perseguir en el Oriente musulmán sería, y ello es evidente para todos, la evacuación gradual del territorio de Iraq que empezó a ser ocupado en 2003 bajo pretexto de desactivar los arsenales “repletos” de armas de destrucción masiva, según percepción del gobierno estadounidense.

Finalmente, Afganistán -país empotrado entre la República islámica de Irán y Paquistán- ocuparía un lugar preferente en el orden de las prioridades, a colocar sin dilación en la agenda de la Potencia a partir de los primeros meses de 2009.

La honestidad que revela, en principio, el estilo y las convicciones de Barak Obama llevan a pensar que se intentará desatar el nudo gordiano (Alejandro Magno dixit) que maniata a los Estados Unidos en el Oriente musulmán proveyendo con su intervención diplomática más que bélica, equitativa más que tendenciosa, soluciones para restablecer ¿un nuevo orden? en aquellos vastos territorios de Asia. Robert Kuttner, sin ir más lejos, es de esta creencia.

Empero, ¿quién nos garantiza que el gobierno de Irán, con sus pretensiones nucleares al lomo, y el país-polvorín de los talibanes, permitirán por las buenas que Estados Unidos y sus aliados (cada vez más reticentes, Gran Bretaña, inclusive) recompongan el escenario en juego a su modo y manera?. Bueno, supongamos que, siguiendo un plan internacional consensuado previamente con los sectores dialogantes del arco territorial en juego, se consiguiera desactivar un campo pleno de acechanzas. No olvidemos que musulmanes o no, habitantes de Estados artificiales (Iraq, 1922), fallidos (Afganistán) o milenariamente constituidos (Irán=Persia, desde los Aqueménidas a los Pahlevis), son todos ellos portadores, sin embargo, de un bagaje histórico complejo que por lo general no puede ser arrollado con despliegues de superioridad armamentista. El ámbito o sistema internacional que aspire a equilibrar un escenario devastado tanto por los desatinos de sus gobernantes como por las infaustas invasiones occidentales (británica, ruso-imperial, soviética y estadounidense actualmente), tendrá forzosamente que planificar, pactar, y aceptar el largo camino que se abre hacia el horizonte antes de poner las cosas en su sitio en el Oriente musulmán. Pero, ¿cuál y cómo es ese sitio?

Frente a la euforia ramplona de Bush the second, ojalá que asistamos en las relaciones internacionales de pasado mañana, a la emergencia de una política exterior americana clara, digna, humanitaria. Y que sea posible no sólo en el Oriente musulmán, sino por doquier que se compruebe su impronta. ¡Inch Allah!

Víctor Morales Lezcano

Historiador. Profesor emérito (UNED)

VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías sobre España y el Magreb

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