Hace casi un siglo que Ortega y Gasset escribió La Rebelión de las masas, uno de los libros más comentados y reproducidos en el último siglo. Su éxito procede de la capacidad predictiva que el filósofo madrileño mostró al escribirlo. Muy pocos saben que el título responde a las lecturas nietzscheanas del filósofo de las que Ortega se iba apartando. Ortega leyó en los dicterios nietzscheanos recopilados en El caso Wagner que “el teatro es la rebelión de las masas”. De esta frase tomó el título para un libro cuya importancia es medida por incontables y distintas ediciones en más de veinte idiomas que todavía siguen reanudándose.
La rebelión de las masas se escribió en la, entonces no tan céntrica pero ya elegante, calle madrileña de Serrano. En el número 53 se conserva la placa rememorativa en la que puede leerse “En esta casa escribió Ortega y Gasset su libro La rebelión de las masas en la década de los años veinte”. El izquierdismo de la lucha de clases tildó por eso al filósofo de “señorito de la calle Serrano”, como si haber escrito en ella, antes de que se instalaran las grandes tiendas de moda y las mejores joyerías del mundo, fuera una impronta indeseable. Ortega no nació en Serrano, sino en la entonces más reconocida Alfonso XII. El éxito de su libro no se debe a su distinción entre masas y minorías selectas, sino a que su autor se adelantó a los acontecimientos que sobrevendrían en el mundo. Anticipó lo que el advenimiento del nazismo al poder en Alemania arrastraría tras sí. Su diagnóstico sobre la conflictividad de la situación también pronosticó la actitud que adoptaría el progresismo occidental durante la guerra fría. Una actitud que se repite, hoy como ayer, esgrimiendo como eslogan disuasivo a una autodefensa el “no a la guerra”.
La capacidad de anticipación orteguiana queda reforzada por la constante verificación de su diagnóstico. “No a la guerra” fue el camuflaje por las potencias atacantes, bien para ocultar su belicismo, bien para justificar la rendición de los invadidos ante las tropas invasoras. “No a la guerra” fue el argumento de Chamberlain para no intervenir ante las evidentes intenciones hitlerianas que acabarían demostrándose con las invasiones de Polonia y Holanda. “No a la guerra” fue el eslogan que, durante la guerra fría, propagaron los soviéticos para amilanar moralmente a una Europa que recurría a un pacto defensivo para disponer de recursos ante un agresor que multiplicaba su capacidad armamentística. “No a la guerra” inspiró la revolución cultural maoísta para aniquilar a todo disidente. “No a la guerra” justifica que Irán pueda desarrollar su industria nuclear para exigir la pasividad de Israel. “No a la guerra” reprime actuar contra el teocratismo de los ayatolá mientras la Guardia revolucionaria asesina impunemente a cuarenta mil disidentes en las calles. “No a la guerra” es el argumento de ataque de Putin para disuadir a la Unión Europea de cooperar con la defensa ucraniana. “No a la guerra” ha sido el lema constante para debilitar al enemigo antes de avasallarlo en todas las situaciones previas a la invasión. “No a la guerra” es hoy el apotegma del que se sirve Sánchez para recomponer a una izquierda desnortada mientras coopera con ella forzado por circunstancias que le superan. El “no a la guerra” cobra mayor fuerza cuanto más consentido sea por aquellos que están dispuestos a sacrificar la paz de que disfrutan con tal de que gane el enemigo que los acosa. Es el “caballo de Troya” más eficaz y útil para engatusar el oído que se ha empleado para evitar la autodefensa ante el atacante.
En el “cuasi libro” de La rebelión de las masas, escrito para un periódico y completado por adiciones posteriores, figura un texto singularmente previsor. Se trata de “En cuanto al pacifismo”, donde analiza los pormenores que se esconden en la actitud del “no a la guerra”. En 1937, respondiendo a un artículo publicado en el Times, Ortega anuncia ya el fruto del pacifismo inglés: “los años venideros serán de terribles e inacabables guerras”. Esta asombrosa capacidad visionaria es lo que actualiza su diagnóstico de hace un siglo e invita a volver a releer el epilogo para ingleses. Allí les advierte de que «ese pacifismo fue un error. El fracaso fue tan grande, tan rotundo, que alguien tendría el derecho a preguntarse si no es un error todo pacifismo […] El pacifismo se convierte en nula beatería».
Churchill se rebeló contra el pacifismo y salvó a Europa. Ahora el peligro es el pacifismo español que apacigua los deseos de evitar la guerra para que el avasallador consiga sus propósitos. Afortunadamente, los incestuosos pacifistas que adormecen la opinión con su propaganda troyana se encuentran acorralados por la realidad geoestratégica. Sánchez no tiene más remedio que soportar el gasto de autodefensa y contribuir al aprovisionamiento bélico requerido por Trump y la Unión Europea. Está forzado a contribuir, como se ha visto en la reunión entre la ministra de Defensa y el embajador norteamericano, como se ve por la fragata enviada a Chipre y los aviones que surcan el Mediterráneo desde las bases españolas. Pero la fragilidad política lleva al gobierno a la patente contradicción de proclamar el “no a la guerra” mientras coopera con ella tratando de encubrir la cooperación. Puede que no sea suficiente para evitar el efecto taumatúrgico de las palabras en la opinión, pero la realidad es tan visible que, al menos hace evidente que todo en el sanchismo es contradictorio porque no está destinado a defender el bien de la paz sino el bien particular de la permanencia de Sánchez en el poder.