Cómo me ha gustado el libro que acaba de publicar Javier Salvago. Yo, que soy de leer los poemas de a pocos, me he bebido este poemario en dos sentadas. Lo he disfrutado de verdad y he recordado por qué leo poesía: para encontrarme con libros como este.
Estamos ante el último poemario de Javier Salvago (Paradas, 1950). Y no importa cuándo leas esto, porque será, literalmente, su última publicación de poesía. Y no lo digo porque el autor vaya a dejar de escribir o porque mañana yo pretenda ir a su casa pistola en mano para que me dé la razón; sino porque el mismo autor ha asegurado que este va a ser su último libro. De aquí hasta que le llame Dios, la Parca o la Nada, como él mismo ha comentado, se dedicará a engrosar este poemario con los nuevos versos que la inspiración le otorgue. Ese libro es La vejez del poeta (Calle del Aire, 2026), que, con muchos menos poemas, se había publicado anteriormente dentro de la segunda edición de Variaciones y reincidencias, título de su poesía completa.
En primer lugar, me gustaría hablar de la cuestión técnica. Salvago se ha caracterizado por ser uno de los grandes maestros en lo que a métrica se refiere. Pocos poetas de su generación —y de cualquiera— han alcanzado su maestría. Si hubiese que echarlo a pelear con algún poeta, tendríamos que pensar en Antonio Carvajal y Miguel d’Ors. Nada más y nada menos. Y esto es algo que ha aprendido del que ha sido y sigue siendo su mayor maestro: Manuel Machado. Porque La vejez del poeta es un muestrario, en el mejor de los sentidos, de versatilidad estrófica y métrica. Así, encontramos una décima, romancillos en heptasílabos, sonetos, haikus, redondillas, pareados octosílabos, verso libre, etc. Un escaparate completísimo, en definitiva, de lo mejor de la tradición española.
Y la sombra de Manuel Machado no solo acecha en la versatilidad de este libro, algo de lo que hacían también gala algunos de sus otros referentes como Bécquer, Antonio Machado o Jaime Gil de Biedma; acecha, sobre todo, en el uso de versos muy particulares, popularizados por el mayor de los Machado. Hablamos, por ejemplo, de esa curiosa estrofa que inventó en el poema “Verano”: el soneto trisílabo. Esta estrofa ya la había utilizado Salvago con anterioridad en otro poema, y, en esta ocasión, vuelve sobre ella hasta en dos ocasiones con “La vida” y “La poesía”. Copio el último entero: Palabra / suprema / que quema. / (No un abra- // cadabra). / Extrema, / blasfema… / Que abra // punzante / la mente, / la vida. // Que cante, / que cuente / la herida”.
También popularizó ampliamente Manuel Machado el autorretrato en pareados alejandrinos. En concreto, Salvago reescribe uno de ellos, aquel titulado “Prólogo-epílogo” que iniciaba así: “El médico me manda no escribir más. Renuncio, / pues, a ser un Verlaine, un Musset, un D’ Annunzio”. Este poema ya lo reescribió anteriormente Salvago; en él la voz poética afirmaba que su doctor le apremiaba a abandonar su poesía excesivamente honesta para adoptar una más inocua, más parecida a la de los novísimos: “El médico me manda no escribir más. Al menos, / me pide que no ponga sobre la llaga el dedo, / que deje de arañarme por dentro como un gato / y, de escribir, que escriba con menos entusiasmo, / que me ande por las ramas –mejor, que fantasee / lo mismo que hacen otros–, que llene las paredes / de tapices, el suelo de mullidas alfombras / y dedique a Venecia y a Pisa algunas odas.”
En el poema “Cuarenta años más”, aborda una nueva reescritura del poema manuelmachadiano, pero en esta ocasión, contrapone la poesía que él práctica, una poesía pesimista, por aquella otra hímnica que escriben otros compañeros de generación. Así, el médico le recomienda: “Que haga como hacen tantos admirables colegas / que hasta lo más humilde y simple lo celebran /[...] Que no me obstine en ser el penoso aguafiestas / que desafina frente al coro de poetas / que cantan las inmensas bondades de la vida.” Y concluye: “—Se intentará, doctor, mas para darle gusto / tendría que estar ciego, sordo y mudo”.
Y es que este poemario es de un pesimismo terrible. Si en Luis Alberto de Cuenca, hay una conversión católica a la manera de Manuel Machado; en Salvago lo que hay a lo largo de su carrera poética es un acendramiento de ese pesimismo existencial que encontramos desde el principio. Poco a poco, la poesía de Monsieur Salvago se ha ido, como me gusta decir, acioranando, especialmente a partir del poemario Ulises, donde se abre un ciclo poético que recuerda mucho en ese negro pesimismo al Manuel Machado de Ars Moriendi, donde se afirmaba: “Mi pensamiento, como un sol ardiente, / ha cegado mi espíritu y secado / mi corazón”. Por ello, en este libro se ve la muerte —es decir, la Nada— como un descanso frente al dolor que uno acumula durante la vida, algo que expresa en diversos poemas como “Finis gloriae mundi”: “Olvidar lo soñado —o lo vivido—, / y esperar que no acierten / los que aseguran que existe otra vida / sin fin donde se vive para siempre. // Una incesante vida / sin el dulce descanso de la muerte”.
Como en este poema, en este libro encontramos algo cada vez más escaso en la poesía española: la rima. Lejos de lo que muchos dicen, la rima en Salvago resulta, como se ha podido comprobar, muy natural. Siempre ha sido así en su obra y lo sigue siendo. Jamás se fuerza el tono coloquial para lograr que encaje dentro de una estrofa determinada, ni jamás se busca el ripio para lograr el sonsonete. Todo suena natural, como un río que fluye. Y la rima se convierte, como el metro, en parte de la emoción del poema, nada de una musiquilla que huele a naftalina o aula de instituto antiguo.
Según avanza el libro, encontramos poemas que se zambullen cada vez más en el sinsentido de la existencia, en un nihilismo que a veces resulta algo reiterativo. Aun así encontramos poemas bien logrados como “De aquí a la eternidad” o “The end”, un poema este último para disfrutar tomando una Cruzcampo al solecito…: “Te morirás, nos moriremos todos. / Se morirán la luna, el sol, la tierra. / No quedará en el cielo ni una estrella [...]”. La alegría de la huerta, vamos.
De los poemas pesimistas, en cualquier caso, prefiero los de la primera parte del libro, de título homónimo a este. Ahí encontramos el logradísimo “Canción para ese día”, unas variaciones de haikus de Manuel Machado simplemente magistrales. Gracias a esa rima impar y al verso tetrasílabo, el poema logra transmitir esa verdad honda que es la cercanía de la muerte. Fijaos, qué maravilla: “Ahora sí / que se ve / ya venir. // Ahora sí / que el final / está aquí. // Que esto es / –ahora sí– / la vejez: // la aridez,/ no esperar / ningún tren [...]”.
Pero además, en esta primera parte del libro, encontramos otro tipo de poemas que no se zambullen tanto en el tema de la muerte y el vacío vital. Así encontramos el poema “La felicidad”, una alabanza emocionante de la infancia, y su contraparte: “La infancia”, un poema donde se reconoce que el paraíso de la niñez es una construcción falsa de la memoria, que, de vez en cuando, nos echa un cable. O también destacaría los dos poemas dedicados a su gato Zombi, poemas que sin ser los mejores del libro aportan una nota de ternura y, en cualquier caso, consiguen lo más importante: funcionan.
Y, por último, quiero destacar “La mujer de mi vida”, el único poema de amor que encontramos en el conjunto. Un poema dedicado a la compañerita del alma, a la esposa, a la compañera de fatigas a lo largo de ese camino largo y lleno de desalientos al que llamamos vida. Este poema, como en general en la poesía de Salvago, no hay malabares ni virguerías como la búsqueda del adjetivo inédito: no. Lo que hay es un poema, escrito en alejandrinos, donde se dice lo que se tiene que decir. Ni más ni menos. Un poema en el que, a través de un retrato de una dicción sencillísima, se nos dibuja a una mujer de cualidades espléndidas pero de carne y hueso. Un poema de amor con mayúsculas. Leedlo, por favor.
Y poco más puedo decir de La vejez del poeta. Podría, es cierto, mencionar más referencias intertextuales y extenderme comentando otros poemas; pero no tiene sentido. Ya ha quedado todo lo esencial dicho. Lo justo para invitarte, lector, a que leas este poemario. Un libro con el que la obra de Salvago no engorda, sino que crece. Un libro del que podrían rescatarse un buen puñado de poemas para rematar una antología de su poesía completa —no se puede decir lo mismo de todos—. Poesía, nada de jueguecitos de la tercera edad o chorradas varias que solo interesan a los gafapastas. Poesía de verdad, a tumba abierta. Ni más ni menos.