En varias ocasiones aquí hemos señalado que el Donald Trump que conocemos en los jaloneos mediáticos no es una anomalía histórica de la crisis generacional en Estados Unidos, sino que el presidente americano responde a la lógica de reconstrucción del proyecto de poderío planetario de Washington que se desensambló con la desaparición de la Unión Soviética y el triunfo capitalista de la historia se desfondó con la globalización productiva que dispersó el poder económico.
En pocas palabras --y es posible que a muchos analistas españoles no les guste la percepción--, Trump no está loco ni tampoco su estrategia de abrir zonas de guerra en todo el planeta está buscando la desaparición de las reglas --tesis en El País del domingo 8--; desde el punto de vista de la geopolítica y los intereses de seguridad nacional, Trump estaría buscando la reconfiguración de nuevos equilibrios que les regresen a Estados Unidos la centralidad como primera potencia nuclear, económica y comercial, aunque la argumentación de la Doctrina del Destino Manifiesto pueda causar confusiones.
El discurso político de Donald Trump busca recuperarle a EE UU el punto referencial como dinamo que corresponde a su papel como productor y consumidor de bienes y servicios, sobre todo porque considera que la globalización solo desarticuló cadenas productivas que afectaron el poder central de la industria americana que se basa en su capacidad tecnológica y ningún otro país u otro bloque pudo consolidarse como centro económico mundial.
La argumentación política de Trump para justificar sus guerras de recuperación de hegemonías es religiosa porque su discurso carece de ideas filosóficas y por ello acude al modelo de las guerras religiosas que en el pasado configuraron límites imperiales y construyeron consensos. Trump argumenta la religión frente a los musulmanes también religiosos, pero al mismo tiempo construye un discurso de dominación geopolítica militar frente a la Europa que perdió la gran oportunidad de la desaparición de la Unión Soviética para poder potenciarse como un verdadero bloque generador de tecnología y comercio y solo se centró en la balanza de exportaciones e importaciones. Solo China parece estar pensando en que la disputa del futuro es la inteligencia artificial.
Un grave error de interpretación estratégica consiste en señalar que Trump estaría --en modo del Nerón Golden de la novela de Salman Rushdie-- reproduciendo la imagen del emperador romano que ve incendiarse Roma mientras tocaba la lira, Porque están a la vista las evidencias de que la guerra de Estados Unidos es por territorios de dominación, el regreso al comercio como poder político, la búsqueda de nuevos productos que requieren las tecnologías superiores y que están enterrados en países subdesarrollados o dependientes y la imposición de gobernantes a partir de los intereses de la nueva economía estadounidense como una manera de replantear los términos de las soberanías.
Trump está haciendo lo mismo que Putin y Jinping, pero nadie parece acusar al ruso y al chino de locura en modo de Nerón. China y Rusia aprovecharon la frivolidad y falta de pensamiento geopolítico y estratégico de los presidentes Bill Clinton, George Bush Jr., Barack Obama y Joseph Biden, pero también hay que subrayar ahora que el primer Trump tampoco tenía una idea estratégica clara en su primera presidencia y solo se aferró al discurso muy lógico en la configuración racial de Estados Unidos de que los migrantes sobre todo hispanos podrían convertirse tarde o temprano en la mayoría estadounidense, pero no tanto por ser hispanos sino porque la cultura de origen peninsular en América no fue capaz de generar futuro o tecnología.
Si se revisan en una lectura geoestratégica y de seguridad nacional las decisiones superficialmente imprudentes de agresivas de Trump en varias partes del planeta, ahí podrían encontrarse elementos suficientes para considerar que Trump no está rompiendo el orden internacional per sé --tocando su lira--, sino que está creando sus nuevas reglas de relaciones internacionales que pudieran estar muy en el ámbito del enfoque de Putin en la justificación de la invasión a Ucrania: la nueva definición de líneas rojas de sobrevivencia de países imperiales –y EE UU, China y Rusia lo son-- y por ello están destruyendo el viejo orden de las soberanías nacionales, de las uniones de países como los de Europa que hoy no se pueden poner de acuerdo entre ellos, de la reconstrucción de sistemas productivos que se balcanizaron en aras de disminuir los precios pero que no provocaron un mayor capacidad de producción e invención tecnológica en los países que atrajeron empresas americanas.
En una equidistancia con la consolidación y expansión de áreas de influencia de Rusia, China, la India y en menor medida Brasil, Trump claramente está buscando reconcentrar la capacidad productiva de Estados Unidos con acciones arancelarias y de castigos a las empresas que salieron de Estados Unidos porque ahí se encontrará en la capacidad de dominio económico de los países más fuertes.
Eso sí, tienen razón todas las acusaciones contra su estilo agresivo, vulgar, nada diplomático y en modo de bullying que usa Trump para desdeñar a presidentes de otras naciones, como las burlas a la presidenta de México. Pero hay que suponer que hasta ese estilo de agresividad diplomática tiene que ver con la venta de una imagen de fuerza y dominación imperial.
La guerra de Trump contra Irán quiere superar el ciclo de los ayatolás y regresar al modelo del Sha que impuso --no hay que olvidarlo-- un golpe de Estado operado por la CIA de la Casa Blanca. Y el Escudo de las Américas está sustituyendo la inservible OEA, está creando una Nueva Alianza de ejércitos conservadores y esta impulsando la lucha contra los cárteles del narcotráfico no por la droga sino por el control de los recursos económicos de los narcos.
Las ciencias sociales tienen un desafío interpretar a Trump.