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TRIBUNA

¿Hacia la implantación del Estado inmoral?

lunes 16 de marzo de 2026, 20:16h

El fin del progresismo es crear una especie de Estado inmoral. En principio opuesto al Estado Moral de Rousseau, cuya principal consecuencia fue iniciar la ideologización del pueblo y moralizar la política. A tal efecto el pueblo sería convertido en sociedad para luego ser más o menos absorbido por el Estado. El Gobierno progresista de la Moncloa es una versión demoniaca del poder, que se cree propietario del poder político y su Presidente intenta que su mandato no esté sujeto a prescripción. Se entiende que el Gobierno no se atenga a ninguna norma moral, ni acepta que sus actos sean democráticamente controlados. Además de querer llevar al Estado a su disolución, su interés prioritario será mantenerse en el poder, como si pudiera paralizar el tiempo, sin aceptar los cambios que con seguridad se darán en el futuro.

El Ejecutivo y sus apoyos continúan la idea del viejo revolucionarismo de oponerse a los principios morales. Para llevarlo a la práctica fomentan la delincuencia y la desaparición de las normas morales y la normatividad jurídica. Intentan compatibilizar el interés ideológico de destruir el Estado y la Nación, con el deseo personal de mantenerse en el poder a costa de lo que sea. Su objetivo más importante será eliminar tres sistemas de normas y principios: todos los que procedan del cristianismo, en especial la bondad y la caridad; el bien de la moral y el derecho en cuanto perteneciente al pueblo. No pretende sustituirlos por una moral de circunstancias, sino propiciar la inmoralidad y el desorden.

Siendo el Gobierno progresista el que más ha extendido las conductas inmorales, no obstante, el principal responsable es el sistema político que lo permite. El sistema es el causante de que haya enfermado el cuerpo político, al propiciar unos “estrechos lazos” de inmoralidad, que se manifiestan en la precipitación de la mayoría social hacia la corrupción y la delincuencia. Parece que el sistema tuviera interés en que todo el mundo participe en mayor o menor medida del crimen. El desquiciado plan del progresismo se basa en oponerse a toda moral, especialmente la natural. De ahí que los pasos dados desde el inicio de su mandato anticipan lo que habrá de ser un Estado inmoral. Un Estado en el que se podrá traicionar, ser infiel, desleal, violar los derechos de las personas y romper con un sistema de valores. En él, se impondría una sociedad de estafadores mutuos, donde cada uno buscaría cómo engañar y despojar al otro de sus bienes y de su vida.

En un Estado inmoral no existiría el ciudadano, y cada uno sería luchador de su propia causa sin atenerse a ninguna regla, pues se haría realidad el imaginado y falso “estado de naturaleza, la “guerra de todos contra todos”. En el cual no se podría confiar en quien tiene por comportamientos normales la estafa, la mentira y la violencia. Desaparecería el Estado de derecho, siendo el fin de las garantías jurídicas y de la seguridad jurídica. El gobernante se haría con la propiedad del poder, con fuerza ilimitada. La sociedad dependería del capo político. No habría ninguna convergencia entre sus integrantes. Desaparecerían los intereses comunes, al igual que la distinción entre moral pública y privada, ya que las conductas quedarían absorbidas por el imperio de la inmoralidad. Desaparecerá la benevolencia, el sentimiento noble, el pudor, la honradez…. Dominaría la vulgaridad, la grosería, la ordinariez, la falta de educación y de cultura, la agresión verbal. Un estado delincuente, tendría que mostrarse como tal fuera de las fronteras. De modo que en el sistema internacional sería tratado como estado enemigo, pues nadie podrá confiar en quien usualmente participa de todos los actos criminales.

Cualquier extendido tejido de la delincuencia siempre se sostiene sobre quienes en mayor medida tienen conductas morales, porque son los únicos en que se puede confiar. Los seres inmorales dependen de la gran cantidad de gente que observa una conducta moral. En el Estado inmoral el dominio de las situaciones lo tendría la parte de la sociedad abonada a la delincuencia. Pero no acepta que es imposible que una sociedad pueda sobrevivir sin un código moral, en una sociedad donde el gruesso de la gente se compusiera solo de delincuentes. Sólo los más fanáticos progresistas, serán incapaces de entender la dificultad de montar un estado delincuente donde el asesinato se convierta en un acto ordinario, al igual que el robo, las agresiones sexuales, las estafas de cualquier tipo, los secuestros, la extorsión, los fraudes, el allanamiento de morada, la trata de personas. Se infiere que el progresismo antimoral tendrá que admitir que deberán ser respetados varios principios morales. En realidad, lo que se pretende es conseguir una solución demoniaca: una moral obediente para muchos, y una libertad total de dominio para los privilegiados y sus secuaces.

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