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TRIBUNA

La lógica, la existencia y el diálogo

jueves 19 de marzo de 2026, 20:28h

Permítaseme comenzar con una advertencia al lector: lo que sigue no pretende ser un ensayo filosófico ni una lección académica. Es simplemente una opinión. Y como toda opinión, nace más de una intuición personal que de una demostración rigurosa.

Hace algún tiempo escribía en estas mismas páginas de El Imparcial que opinar es, ante todo, un acto de libertad: el gesto humilde, y a la vez arriesgado, de quien se atreve a decir “yo pienso así”, sabiendo que podría equivocarse. No es un saber definitivo, sino una forma de participar en la búsqueda de la verdad desde la propia experiencia vivencial.

Con ese espíritu me atrevo a compartir una reflexión que quizá pueda resultar sugerente. Al menos a mí me lo parece cuando observo cómo el pensamiento del último siglo ha intentado comprender qué significa realmente ser humano, y lo hago aprovechando la noticia del fallecimiento del insigne filósofo Habermas, para quien el diálogo era el núcleo central de su pensamiento.

Si miramos con cierta perspectiva el pensamiento de este último siglo, aparecen tres grandes formas de entender la razón humana: la lógica, la propia existencia y el diálogo.

La primera tiene que ver con la lógica formal, esa formidable herramienta intelectual que la filosofía y las matemáticas del siglo XIX y comienzos del XX pusieron a disposición del pensamiento científico. Filósofos y matemáticos como Gottlob Frege o Giuseppe Peano mostraron que el lenguaje del pensamiento podía formalizarse con una precisión desconocida hasta entonces. Gracias a esa clarificación conceptual, la ciencia ganó en rigor y en coherencia. La lógica se convirtió en el instrumento que permite verificar si nuestros razonamientos se sostienen o se contradicen.

Su importancia es enorme. Sin ese trabajo de depuración conceptual, gran parte de la ciencia moderna simplemente no existiría. Pero precisamente por su propia naturaleza, la lógica tiene también un límite: examina la coherencia de nuestras proposiciones, aunque no siempre alcanza a responder por sí sola a las preguntas más profundas que esas proposiciones plantean. El Bien y el Mal, por ejemplo, quedan fuera de toda lógica.

Ahí es donde el siglo XX introdujo un segundo giro filosófico: el existencialismo. Pensadores como Martin Heidegger o Jean-Paul Sartre recordaron que el ser humano no es simplemente un sujeto que formula proposiciones sobre el mundo. Es ante todo una existencia concreta, situada en el tiempo, enfrentada a decisiones, posibilidades y responsabilidades.

La verdad desde esta perspectiva, deja de ser únicamente una propiedad de los enunciados para convertirse también en una cuestión que afecta a la propia vida. No se trata sólo de saber si algo es correcto desde el punto de vista lógico, sino de comprender qué significa vivir en un mundo donde esas afirmaciones adquieren sentido, pero un sentido que va más allá de toda racionalidad. Sentido pensado y experimentado en toda su dimensión real.

El ser humano, la persona, es un ser que “se-siente”, “se-piensa” y “se dice”. Realidad dialéctica intrínseca en esa tridimensionalidad.

Sin embargo, tampoco esta mirada parecía agotar el problema. En la segunda mitad del siglo XX, el pensamiento de Jürgen Habermas introdujo una nueva dimensión que merece atención: la dimensión comunicativa de la razón. Pero que realmente implica a toda su realidad tridimensional. Este aspecto sería confirmado posteriormente desde el pensamiento personalista comunitario.

Para Habermas, los seres humanos no buscamos la verdad únicamente razonando en soledad ni enfrentándonos individualmente a nuestras decisiones existenciales. La razón se despliega también en el espacio del diálogo. Argumentamos, discutimos, contrastamos ideas y tratamos de entendernos unos a otros - aunque no siempre -. En ese proceso de comunicación libre de imposiciones es donde las afirmaciones pueden justificarse y aspirar a ser reconocidas como verdaderas.

La verdad, desde este punto de vista, no aparece sólo como coherencia lógica ni como experiencia interior, sino como el resultado siempre provisional de un diálogo racional entre interlocutores. Y, sin embargo, incluso aquí podría plantearse una pregunta más profunda: ¿qué es lo que hace posible ese encuentro entre interlocutores?

Algunos filósofos del siglo pasado respondieron a esta cuestión desplazando la atención hacia la persona misma. El personalismo de Emmanuel Mounier y la filosofía del encuentro de Martin Buber insistieron en una intuición que merece ser recordada: el ser humano no se comprende plenamente ni como un sujeto aislado que piensa ni como un simple participante en un intercambio de argumentos. Es, ante todo, una persona llamada a la relación, pero desde esa relación intrínseca en la que cada persona se cuestiona a sí misma y a la vez se siente llamada. Aquí ampliamos, ensanchamos y profundizamos el ámbito del diálogo de Habermas.

Desde esta perspectiva, la relación no es simplemente un medio para intercambiar ideas. Es el ámbito donde la persona llega a ser verdaderamente ella misma. El yo no aparece primero como una entidad cerrada que luego se abre a los demás. Más bien se descubre en el encuentro con el tú semejante. Esta relación “Yo-tú”, es “inter-pelativa”, más que “inter-comunicativa”, reflejo de la relación primordial de todo ser personal ante su Tú primordial. Quien está en la relación, participa en una realidad plena, es decir, en un ser, que no está únicamente en él ni únicamente fuera de él. De ahí la expresión: Yo sin ti no soy yo, pero sin mí tampoco.

Quizá por eso las distintas corrientes filosóficas del último siglo parecen iluminar aspectos diferentes de una misma realidad. La lógica formal nos muestra cómo se articulan los enunciados verdaderos. El existencialismo nos recuerda que esa verdad afecta a una existencia concreta. La teoría de la acción comunicativa señala que la búsqueda de la verdad se desarrolla en el espacio del diálogo. Y el personalismo comunitario añade todavía un matiz decisivo: ese diálogo sólo es posible porque existen personas capaces de reconocerse mutuamente en la alteridad.

Por todo ello, tal vez, comprender al ser humano consista precisamente en no olvidar ninguna de estas dimensiones.

Pensamos con lógica, vivimos en la existencia y buscamos la verdad dialogando con otros. Pero todo ello ocurre en el ámbito más profundo donde la vida humana adquiere su verdadero significado: el encuentro entre personas en el que la palabra primordial es “Yo-Tu”. No “yo” y “tu”

En definitiva: la razón puede organizar nuestros pensamientos, la existencia nos obliga a decidir, y el diálogo nos ayuda a “comprender-nos”. Pero quizá lo verdaderamente decisivo ocurre cuando un ser humano se reconoce en otro como un tú semejante, y no simplemente como un objeto del mundo. En ese instante discreto —tan cotidiano que apenas lo advertimos— empieza tal vez la forma más humana de entendernos. Pero al final de todo el creer sobrevuela al saber y al comprender, y la opinión es la válvula de escape de la tiranía del saber determinista. Ese saber que siempre acaba en ley.

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