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TRIBUNA

No todos somos iguales

viernes 20 de marzo de 2026, 19:51h
Actualizado el: 20 de marzo de 2026, 21:15h

Pasada la borrasca de las elecciones castellanoleonesas, aumenta la motivación para confiar más en las posibilidades de la derecha de desbancar a Sánchez y su cuadrilla de los asientos azules del Congreso. Pero no es solo oro todo lo que reluce. Resulta desalentador comprobar que, a pesar del torpe empeño que el desaliñado equipo gubernamental pone en desacreditarse ante el ciudadano, la aceptación que le sostiene pasa por alto el castigo que merece. Incluso admitiendo que la resistencia del sanchismo se debe a su capacidad de fagocitar a la extrema izquierda, el que haya aumentado en escaños y algo de porcentaje, aunque sea a costa de fagocitar a la ultraizquierda, deja en el aire un desagradable aroma, el de la connivencia, complacencia o insensibilidad de muchos ciudadanos que pasan por alto la degeneración política, el latrocinio indisimulado, la desfachatez, con tal de que “los nuestros” no sean relevados de la gobernanza por los opuestos mediante una renovación democrática.

Descorazona admitir que un tercio o acaso más de la ciudadanía comulga con las ruedas de molino de la corrupción, del abuso de poder y de una debilidad parlamentaria que impide incluso sacar adelante una ley de presupuestos constitucionalmente imperativa. Dejan claro que les da lo mismo una cosa que otra cuando, como no se atreven a confesar su tolerancia con la indecencia, repiten con aparente candidez que, al fin y al cabo, todos son iguales. Aunque seas escoradas por los tertulianos de uno u otro signo acaban conociendo las mismas noticias, oyen por la radio o leen en la prensa la misma información, pero, sea lo que sea, lo pasan por alto por complicidad o por rechazo ideológicos. Cuando ya no queda nada que decir, los azorados recurren a la manida simplicidad de que todos son iguales. Fingen que da lo mismo que manden unos u otros, que es lo mismo robar cuando se gobierna que reparar en los juzgados los daños cometidos en el pasado. Mantienen vivo el recuerdo de lo ya purgado para negarse a ver la carcoma que corroe en la actualidad al gobierno y al partido que lo sustenta.

La última radiografía muestra que el apoyo electoral es persistente. Una buena parte del electorado es impermeable a la evidencia de la corrupción, porque está dispuesta a disimularla, negarla o minusvalorarla. La manida y aterciopelada fórmula de que “todos son iguales” camufla socialmente su disposición vergonzante de aceptar lo despreciable con tal de no dar una oportunidad a la alternancia política. Resignarse a aceptar por cortesía social esta actitud desvergonzada contribuye a desmoralizar la buena fe del ciudadano y a desvirtuar el valor de la oposición en la democracia. Quienes así se expresan dan a entender que, si estuvieran en lugar de aquellos que nos mandan porque nos representan, también harían lo mismo, pues, al fin, todos son o somos iguales. La vaguedad conformista de que, al fin y al cabo, “todos son lo mismo” esconde la falta de argumento para no interferir en lo que haga un gobierno de maleantes.

No todos somos ni todos son iguales. Cierto, disponemos del mismo ADN, por lo que pertenecer a la misma especie de seres humanos nos hace igualmente humanos, ante la ley, pero no igualmente despreciables. Ni social ni moralmente somos iguales. Unos más altos, otros más bajos; unos más listos, otros más necios. Si física e intelectualmente somos cada uno distinto de los demás, también somos distintos social, moral y políticamente. Unos mejores y otros peores, unos se sacrifican y otros ni se arrepienten. Unos purgan sus delitos políticos en los tribunales y otros tratan de amañar a los fiscales que representan el ministerio público. No todos los dirigentes de este país son corruptos, ni todos han financiado las campañas electorales con los beneficios de la explotación de una red de prostíbulos, no todos han utilizado una cuadrilla para amañar las elecciones primarias de su propio partido. Bajo el argumento de que todos somos o son iguales se justifica pasar por cualquier atrocidad siempre que sea el vecino paciente quien sufra las consecuencias. Argumentar políticamente que todo es lo mismo no es como resignarse estoicamente ante la fatalidad, es complicidad con la inmoralidad pública, con una fanática intemperancia ante cualquier proyecto de cambio orientado a mejorar la convivencia viciada o a subsanarla. El todos somos o son iguales malogra cualquier proyecto de organizar libremente la convivencia, pues es un modo de negar la posibilidad de enderezar democráticamente la gobernanza hacia un fin general compartido en común entre disidentes.

No es lo mismo desear una España en que se pueda expresar en el Parlamento o en la opinión pública claramente las discrepancias con el que manda, que condicionar a la justicia, a los fiscales o a la abogacía del Estado para que no coopere con la depuración de lo indeseable, taponar los oídos para olvidar la información o taparse la nariz para no oler la podredumbre. La España donde el ejercicio de las libertades públicas o los frenos del Estado de Derecho sean posibles, es imposible con un Sánchez empecinado en acabar con cuanto dificulte que su conveniencia personal se convierta en dictadura para los demás. No vale encogerse de hombros ante una situación que pende del oportunismo gubernamental. No somos como los cerditos de Orwell tan iguales que unos eran más iguales que otros.

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