Una de las revelaciones periodísticas y literarias de esos últimos años es Daniel Ramírez García-Mina, periodista y escritor que acredita su valía diariamente en sus colaboraciones en Onda Cero, en el programa del gran e irónico analista Carlos Alsina, y en El Español, y que ha acreditado también predilección por temas como la Guerra Civil, el franquismo, la Transición y el terrorismo, lo que le permite conectar con escritores de generaciones anteriores.
Y en esta novela, que tiene un título tan seductor, como Los días que no existieron, Ramírez consigue insertar todas sus debilidades temáticas con acierto, de modo que el resultado es una recreación de momentos remotos y otros más recientes de nuestra historia que devuelven al lector episodios que desacreditan la condición humana: la crueldad del nazismo y la de ETA. Ambas son comparables en cuanto que su fin era el exterminio de etnias, en un caso evidenciado, y en otro encubierto de un falso afán liberalizador y revolucionario.
La valentía de Ramírez en este planteamiento es llevada a buen puerto por el discurso narrativo que se alimenta de una progresiva intriga y por la empatía que poco a poco va despertando en el lector la protagonista, Julia, y su hábil conexión con Ramón, el veterano librero y los secretos documentos que atesora.
La audacia de Ramírez es haber escrito una historia coincidiendo con el insólito e inmoral encubrimiento de la crueldad etarra, convertidos sus herederos en cogobernantes de un país que tiene aún fresca en su memoria la sangre de casi un millar de ciudadanos que fueron asesinados por un grupo que reivindicaba esas muertes como actos de libertad y con solo un argumento, que no razón: el desprecio por la vida humana, el odio por los ciudadanos con los que llevan cientos de años conviviendo, por considerarles de inferior condición.
Ramírez urde con precisión el avance de la intriga, que en realidad se inicia en la página noventa del libro y desde ese punto mantiene un sobrio relato con momentos de gran brillantez como cuando Ramón, el entrañable librero le contesta a la pregunta de Julia de “necesito saber quién mató a mi abuelo” con esta sabia reflexión: “Acabarás sabiéndolo tu sola. Los prejuicios nublan la vista. Tienes que acercarla con ojos nuevos, con ojos nuevos” (página 159) o cuando Julia concluye después de arrancarle su historia al veterano alemán: “Un hombre en soledad es un hombre que, de repente, como si reventara una botella de champán, arroja sus recuerdos ante el mero encuentro con alguien que consigue conectar con él”.
La sabia combinación de la curiosidad de la periodista Julia por averiguar quién mató a su abuelo, con la obsesión del viejo librero, Ramón, que como ella no es capaz de olvidar ni de enterrar un pasado que marcó su vida, ofrece al lector un riguroso y vibrante libro de “suspense” prolongado, combinando con habilidad el misterio de ambos secretos.
Gracias a ellos, esta novela es un viaje a los silencios más incómodos de nuestro pasado, y en este caso a un pasado en el que los asesinos de entonces ya no ejercen su miserable misión, pero que han dejado en la sociedad un inmenso daño al que ha venido a sumarse la humillante tolerancia hacia los verdugos, lo que indigna aún más a las víctimas.
Simultáneamente a su afán investigador, Julia, como periodista, debe enfrentarse en su faceta profesional a los temas de actualidad, cargados de corrupción, a la incomodidad de algunos debates televisivos, asuntos que, pese a su gravedad, tienen menor interés que los horrores del pasado.
Como acertadamente señaló el escritor Andrés Trapiello en la presentación de esta novela, el personaje de Julia crece en intensidad y en dimensión humana a medida que el libro avanza, de modo que página a página el lector sintoniza con la fuerza y la motivación que le lleva a atreverse a descifrar un crimen del que está prisionera desde su infancia. «Toda vida – destacó Trapiello– es una novela de acción si se sabe contar. Julia, treinta años y periodista, vive la suya sin saber que es, además, una magnífica novela».
Como conclusión, Ramírez, de cuya juventud literaria cabe esperar aún mayores realizaciones, ha conseguido que Los días que no existieron, sea una novela que combina con sabiduría misterio y emoción a través de personajes que se enfrentan a momentos decisivos de sus vidas, en un clima de melancolía, lo que contrasta un tanto con el sano dinamismo del autor en su trato público y personal. Y lo hace con un estilo periodístico, sin caer en el regodeo por la frase o la búsqueda de excesivas descripciones
He aquí pues un libro de lectura muy recomendable para lectores que saben apreciar la combinación de la creatividad con el interés humano, político y sociológico.