Para escapar de la realidad, es necesario conocerla muy bien. Una vez que la conoces y la contemplas con los ojos bien abiertos, entonces podrás escapar de ella. Esto es lo que dice el personaje de Kaidoh en la película de anime 100METERS. Y esto es sin duda lo que hace Francisco Bejarano en su último poemario: Muchachos (Pre-Textos, 2025). Ante el paisaje desolado de la vejez, territorio vecino de la muerte, solo caben dos opciones: abismarse en ella y retratar el dolor y las preocupaciones que produce —a la manera de Luis Antonio de Villena en Miserable Vejez (Visor, 2025) — o, como hace Bejarano en este poemario, huir, correr hacia los brazos de un pasado luminoso donde se amó y se fue feliz, aunque el amor no fuese correspondido: "Amé a algunos muchachos con el alma / cuando yo era un muchacho como ellos / sin atreverme a confesarlo nunca. [...] Elegí la amistad, la cercanía,/ el estar juntos sin sospecha alguna, / hablar en los pasos de la tarde, / una mano en el hombro. Eso fue todo, / mucho para quién ama y no lo dice. / No me arrepiento del secreto. Pide / tener al lado la belleza viva / y el que me amaran de distinta forma. / Fui feliz por momentos y eso basta" ("Secreto").
Pero la huida no es solo hacia el pasado; también se huye hacia el presente, a los brazos no ya de los amores idos ("los muchachos que amé han muerto todos"), sino de la renovada belleza juvenil, a la que se canta y se alaba: "La belleza nos salva breve tiempo: / muchachos deseados que no duran, / pero otros los relevan enseguida./ Una inquietante juventud eterna". Y esa juventud eterna se concreta en poemas similares al del resto del libro, es decir, breves, de un verso libre tendente al ritmo endecasílabo, donde se describen a esa nueva remesa del amor, es decir, a esos nuevos jóvenes o muchachos a los que se desea o se ama de manera silenciosa como a los jóvenes del pasado ("En La moderna", "El camarero"...). A veces, en esos jóvenes surge un deseo de inmortalizar esa belleza, que el poeta sabe muy frágil como en "Novillada 2021" o en "Gonçalo": "Llegó de Portugal para un verano / vestido de vampiro y la tez pálida, / ropa negra y amuletos exóticos. [...]/ Pronto se irá. No lo volveré a ver / y seré como un dios: lo haré inmortal / y en mi mente tendrá los mismos años, / la misma juventud de esta mañana". Otro intento de escapada: escapar de la destrucción de la muerte, que aniquila la vida y la belleza.
Como se habrá notado, en este libro late una forma de mirar la belleza completamente deudora de la poesía grecolatina y, por tanto, de su filosofía. Y esto no solo lo vemos en las menciones a poetas homoeróticos como Estratón de Sardes o a filósofos como Sócrates o Marco Aurelio, sino en la forma platónica de entender la Belleza: ese alto valor, esa idea perfecta, a la que la Naturaleza imita siempre con errores. Así, para Bejarano, el Arte juega un papel crucial, ya que permite salvar de la muerte al retratado (“El pajarero”, “El baño del caballo”) y plasmar la Belleza en puridad, sin las interferencias propias de la materia: “Para Canova la Naturaleza / estaba tan plagada de defectos, / que al pensar en el príncipe desnudo / creó una obra maestra. / No hubo necesidad de desnudarlo” (“El príncipe Lubomirski”).
En la sección penúltima del libro, “Devociones privadas”, el lector tiene la sensación de abrir y ver (leer) un álbum de fotos privado. Un álbum en el que se plasman las distintas obsesiones de aquel que ha decidido guardar esas fotografías, en las que se representan distintas figuras de la cultura pop, principalmente actores (“Juan José Ballesta entre lobos”, “Christian Bale, siempre”, “Colin Farrell”, “Matt Damon y Mr. Ripley”...) e incluso un tenista (“Carlos Alcaraz”). Estos poemas son una continuación de lo que habíamos visto: una admiración de la belleza, un álbum de fotos de devociones privadas que consuelan y sirven de lenitivo para el alma. Quizá, sin embargo, sean estos los poemas más flojos del conjunto, poemas que recuerdan a cierto Luis Antonio de Villena o Julio Aumente tanto por la contemplación de la belleza como por la coloquialidad (“En Wimbledon, de lejos, parecía más joven. / El Carlos peligroso que ennegrecía el alma / y causaba trastornos era el de 2020. / Ahora enseña el vientre, punto a su favor”, “”Me enamoré de Alexander —y no en sentido figurado— / cuando ayudaba a miss Marple / a encontrar un cadáver. / Tenía quince años / y yo unos meses más”.
Culmina esta huida hacia los muchachos del pasado, del presente o aquellos inmortalizados a través del arte con un “Recuerdo de Pasolini” que remacha el culturalismo del que se ha ido haciendo gala a lo largo del poemario, un culturalismo que, como se ha visto, no es en absoluto un adorno pedantesco sino una necesidad, una forma más digna de vivir y estar en el mundo: “Los libros nos transmiten la añoranza / de tiempos y existencias no vividos. / Cuando fueron escritos evocaban / perdidos o alejados los recuerdos. / Pasolini en el río Tagliamento / o un domingo en la playa de Caorle / siguen igual que fueron en los libros. / Si de aquellos muchachos vive alguno, / cumplió noventa años. Si recuerda, / sabrá que el verdadero es el escrito: / belleza intacta, adolescente eterno [...]”.
Tolkien reflexionaba en torno a la idea de evasión como uno de los valores más altos de la fantasía y entendía que esta permitía huir de una cárcel para volver a casa. Así, surge El señor de los anillos, una forma de huida hacia un mundo mejor, donde el Bien y la Belleza triunfan. Así, exactamente de esta misma forma, Bejarano construye un mundo inmortal al que mudarse dejando atrás un mundo que se derrumba. El mundo se derrumba y tú escribes poemas, titulaba Juan Cobos Wilkins uno de sus poemarios. Precisamente por eso se escribe Muchachos: porque el mundo se derrumba imparable a cada momento, y aquí, en el Arte, puede uno proteger a los muchachos que amó y hacer que permanezcan para siempre. Y cobijarse junto a ellos.