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Carta con fondo histórico

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 19 de diciembre de 2008, 22:26h
Madrid, a 12 de enero de 1947



Querida Madrina:
Hoy estoy especialmente contento. Tu maravillosa madre me ha dedicado su libro “Young gentlemen Round”, que recoge una serie de relatos breves de argumento tanto rural como urbano verdaderamente exquisitos. En todos ellos late un fin moral, expuesto sin ninguna concesión a la beatería o gazmoñería santurrona. En su prosa pulula una poesía de enorme belleza. Doña C. es, desde luego, una artista incombustible; los años no le hacen perder un ardite de imaginación ni poderío técnico. Tienes una madre, amor mío, que nos durará muchos años, si Dios quiere. Su salud, sólo quebrada por la vista, es como la del monte de Valdecebollas.

Soy muy feliz a tu lado, como un dios, que diría con todo el acierto del mundo la sin par Safó. Aunque sé muy bien, amor mío, que nuestra felicidad es un hilo de oro fino sobre el que uno camina, con peligro siempre de caer al abismo con que sólo en un segundo trastabillees. Felicidad y equilibrismo. Podrías escribir una Tercera para el ABC con ese tema. En todo caso no podemos permitir que llegue a rasgarse la tenue membrana de sentimiento que separa nuestros yoes del mundo.

Todos los hombres y mujeres del mundo deberían estar enamorados. Es algo así como anticipar el Cielo en la tierra. Pero, desgraciadamente, en la mayoría de las ocasiones el amor se acaba, acaba agostándose, esa brasa divina se ahoga entre las mezquindades propias de la tierra, de este ámbito sublunar. Porque quizás el amor sólo pueda vivir en el cuerpo azulado de la cóncava bóveda del cielo. El amor no es un habitante propio del mundo, pero su atracción también nos señala que quizás los hombres tampoco seamos los verdaderos habitantes de este mundo ordinario, sino de otro al que estamos abocados, y no sabemos aún, a ciencia cierta, dónde puede estar.

Tú y yo hemos aprendido a amarnos soslayando la carne, de suerte que no volvamos a caer en una locura moral, en donde las culpas se choquen entre sí como ciegos y repugnantes murciélagos bajo nuestra bóveda craneana. El recuerdo de ningún cálido goce de allá, de la montaña primaveral, de nuestros trémulos cuerpos sedientos de antaño, nos puede a ambos volver a sumir en una infinita oscuridad, ahogados por la vergüenza, el dolor y la locura. Sabemos que nos podemos amar con pureza, incluso más, porque ésta exige sacrificio, y en ese sacrificio nos entregamos uno al otro, nos damos uno al otro, nos mortificamos por amor.

Me ha encantado tu novela religiosa sobre el obispo mártir Florentino Asensio y Barroso. Y también me ha emocionado la personalidad santa de este obispo de origen vallisoletano que fue a morir como Obisbo de Barbastro en manos de unos milicianos enloquecidos por el odio y el frenesí de la sangre. Es espantosa la escena en la que el oculista Martínez le practicó amputaciones horribles e inverecundas, cuyas espantosas heridas luego saturó con alambre para que pudiera ir con su propio pie al lugar del fusilamiento. Queda clara la responsabilidad de Durruti en el martirio de los 51 seminaristas claretianos de Barbastro, además de la del obispo castellano, claro. Es seguro, amor mío, que has tenido que sufrir muchísimo en la redacción de las últimas páginas de tu novela, cuando no muriendo en el acto el Sr. Obispo se fue desangrando durante dos horas entre las otras víctimas, teniendo ánimos para incorporarse y bendecir a sus verdugos de catadura infernal, que le atravesaron su mano derecha bendecidora de un tiro. Por fin, tras oírle muchos ayes y suplicando que le abriesen las puertas del Cielo, un enemigo piadoso le remató con un balazo en la frente. La verdad es que no se puede llamar fusilar lo que les hicieron al obispo y al grupo de clérigos que lo acompañaban. Un miliciano les puso en fila india y disparó sólo una bala que atravesó a todos hasta encajarse en el Obispo, que era el último de la fila. Terrible novela por su contenido y hermosa por su forma, que nunca llega al estilo tremendista de Cela, que hubiese hecho toda una narración tremebunda describiendo a Martínez paseando los testículos del Sr. Obispo por las tabernas de Barbastro. Otra cosa que me ha gustado es que no es una novela elaborada para la venganza, para ninguna venganza, sino sólo para ensalzar a aquellos que aceptan la muerte antes que renunciar a su amor por Dios, que en esencia es amor infinito y, quizás por ello, Ser único, del que nuestro propio amor participa.

De todas formas, ¿qué pasó en Barbastro para que, además del Obispo, objeto de tu novela, fueran martirizados 51 seminaristas claretianos y, además, cerca de 1.000 católicos fuesen ejecutados durante veinte meses en el marco de una ciudad de 7.000 habitantes, que se había convertido en una comunidad de centenares de hombres impotentes golpeando con rabia los muros de la mazmorra del destino? ¡Qué horror! ¡Qué odio a la religión católica el de la República! ¡Ya podía haber liberado la ciudad mucho antes el general Solchaga con sus valientes brigadas navarras! Y no deja de ser significativo que en 1938, después de haber sido liberada la martirizada ciudad de Barbastro, el cínico Negrín impulsara en Barcelona la creación de un Instituto Católico de Estudios Religiosos. Hace falta tener cara. Por cierto, el noble y neto monarquismo de Don José Solchaga le ha apartado de los resortes del poder en este nuevo Régimen político, que ya tiene una década.

Enhorabuena por tu nuevo libro, que es ya el tercero.
Tuyo hasta el fin,
Luis de Santullán

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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