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Cuba fue Camelot, no un proyecto histórico, y no fue mesa redonda sino un sillón de rey

Carlos Ramírez
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carlosramirezhhotmailcom/14/14/22
miércoles 25 de marzo de 2026, 19:47h

La victoria guerrillera en Cuba el 1 de enero de 1959 después de siete años de combate en las montañas de la Sierra Maestra fue recibida con euforia porque parecía representar la posibilidad de un gobierno que representara al pueblo y no a las oligarquías políticas. Sin embargo, el régimen castrista representó solo la voluntad del líder Fidel y construyó a Cuba como su Camelot sin mesa redonda y solo un rey sin corona y con puño de hierro.

A lo largo de 67 años, primero Fidel Castro y Raúl desde el 2008 cerraron Cuba a piedra y lodo, se confiaron en la fuerza personal de Fidel y ni siquiera los soviéticos que mantuvieron a la isla durante casi 30 años pudieron influir en la reorganización del régimen castrista.

Fidel Castro impuso en Cuba el viejo razonamiento de los dictadores, sobre todo en momentos de adversidad: si la realidad no se ajusta a los deseos del gobernante, peor para la realidad.

Este modelo está mostrando que los gobernantes poscastristas y la sociedad cubana prefieren ahogarse en el de desmoronamiento del país en modo --por así decirlo-- haitiano, en lugar de realizar desde 1989 --largos 37 años-- reformas económicas y gubernamentales que distensionaran las relaciones con la Casa Blanca sin necesidad de modificar el régimen autoritario comunista.

Pero el problema real de Cuba no ha sido su muro de agua como isla, sino la incapacidad de sus gobernantes para modificar la estructura de su gobierno o para reorganizar su proyecto de desarrollo. La poca apertura a la inversión extranjera turística no tuvo efectos en el bienestar de los cubanos.

Y allí se localiza el otro problema que está mostrando al mundo como una nación se puede ahogar por decisión de sus habitantes. La mayoría de los cubanos --y hay que reconocerlo así-- puede no estar de acuerdo con su bajo nivel de vida, pero el discurso político de Fidel Castro lo tienen incrustado en la cabeza como chip: morir como comunistas, aunque pudieran tener alguna especie de salvación mínima como socialistas o populistas.

Fidel logro meter en el inconsciente colectivo el factor de repudio absoluto a todo lo estadounidense, aunque buena parte de las familias dependen de las remesas que envían los que pudieron fugarse hacia Estados Unidos y trabajan ahí y les envían dólares: Vviven de la moneda gringa, pero siguen repudiando al sistema económico estadounidense.

Cuba tuvo la posibilidad de seguir modelos comunistas mixtos: autoritarismo político sin derechos, pero economía privada a nivel de subsistencia, lo que salvo a Vietnam después de su victoria militar contra Estados Unidos. Rusia y China son regímenes políticamente comunistas y no democráticos, pero con funcionamiento de células empresariales que generan riqueza, manejan empresas y aceptan empleo privado.

Fidel Castro y ahora Raúl y últimamente la burocracia militar-civil nunca aceptaron que el mercado también podría funcionar en sociedades comunistas, porque para ello requería del reconocimiento a la iniciativa productiva del pueblo. Pero a pesar de situaciones de escasez cotidiana en modo de hambruna, ni el gobierno ni la sociedad se movilizan para generar unidades mínimas de producción que puedan proveer bienes y servicios mínimos.

El problema de Cuba no radica en una sociedad ideologizada hasta en situaciones de no convencimiento real y motivacional, sino en una sociedad incapaz de protestar contra la falta de bienes y servicios indispensables para la vida cotidiana. Hoy los cubanos están prestos para salir a las calles a gritar contra el imperialismo yanqui y para defender su sistema político autoritario, pero son pocos los que se movilizan a favor de una agenda democrática mínima que sea más correspondiente con la búsqueda de espacios de mercado sobre bienes indispensables.

La represión cubana ha sido legendaria y solo equiparable a las dictaduras militares de América Latina y a las policías soviéticas y chinas. Los pocos períodos de protestas sociales llevaron a encarcelamientos de ciudadanos y de políticos disidentes, pero no parecieron convencer a las mayorías que prefieren gritar contra Estados Unidos y no por la falta de alimentos en sus hogares.

Ahora mismo Cuba se enfrenta nuevamente a una oportunidad perdida de antemano: Estados Unidos puede invadir sin ningún problema la isla o bombardearla con drones sin necesidad de poner en riesgo a sus marines. Pero los sectores castrenses de decisión saben que sería una guerra sin sentido porque no habría nada que conquistar: Cuba no posee ninguna riqueza real, y como triunfo político tendría más bien costos que ningún presidente americano ha querido pagar.

Cuba ya no patrocina guerrilla, su discurso ideológico en términos sencillos no sirve para nada, el simbolismo de Fidel Castro perdió brillo y ejemplaridad y la Revolución Cubana hace tiempo que está momificada en las catacumbas dictatoriales.

Hay indicios de que el propio Trump parece haber llegado a la conclusión de que la conquista de Cuba no sería una medalla sino una carga social que nada representaría en la geopolítica.

En este sentido se puede concluir que las campanas no están doblando por Cuba.

Carlos Ramírez

Maestro en Ciencias Políticas

Periodista, Maestro en Ciencias Políticas, columnista político desde 1990, director del Centro de Estudios Políticos y de Seguridad Nacional S.C., director del portal indicadorpolitico.mx

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