Cuando el presidente del gobierno de España ha soltado la proclama de “¡No a la guerra!”, me pareció que él había copiado lo que está diciendo continuamente el presidente norteamericano, Donald Trump, desde que llegó a la Casa Blanca. Y no sólo lo está diciendo, sino también actuando, con que ya había parado 8 conflictos bélicos en diferentes partes del planeta, entre ellos uno que ha surgido entre las dos potencias nucleares: India y Pakistán.
Y ahora está intentando acabar la guerra, que el Irán de los ayatolás (recién llegados al poder) había empezado en 1979 contra los Estados Unidos. Una guerra encubierta, utilizando los ataques terroristas contra los objetivos estadounidenses, tanto militares como civiles, situados en diferentes lugares del planeta.
Desde entonces, todos los presidentes norteamericanos habían intentado, de una u otra forma, llegar a un acuerdo de paz y convivencia con el beligerante régimen iraní, especialmente cuando Irán empezó el desarrollo del programa nuclear con el fin de producir la bomba atómica, que les permitiría destruir el Estado judío de Israel y chantajear al “Gran Satanás”, como ellos llaman a los Estados Unidos de América.
Todos los esfuerzos estadounidenses para apaciguar a Irán no dieron un resultado positivo y, cuando los técnicos iraníes, con la ayuda directa de Rusia y China, estaban ya a punto de producir una primera decena de bombas atómicas, el presidente norteamericano, Donald Trump, ha decidido dar una batalla final a su enemigo para acabar con una guerra que ya está durando 47 años. ¡No a la guerra! de Irán contra los Estados Unidos. ¡No a la guerra! de los fanáticos antisemitas contra el pueblo judío de Israel. ¡No a la guerra! de unos islamistas radicales y totalitarios contra la civilización occidental con sus profundas raíces cristianas.
Cuando estoy escribiendo estas líneas, la guerra de Estados Unidos junto con Israel (los dos aliados que han unido sus fuerzas para acabar con un régimen que representa una grave amenaza al resto del mundo, incluso a sus propios vecinos países musulmanes) está en pleno auge, con una fundada esperanza de que el que había empezado la “Yihad” (la “guerra santa) contra todo el mundo no musulmán, acabe perdiéndola para el bien de toda la humanidad.
Por tanto, la actual guerra en Irán no se la puede ver como un enfrentamiento meramente local, entre los tres países involucrados en él, como pretenden presentarlo muchos de los analistas miopes, con las gafas de dos cristales, uno antitrumpista y el otro antisemita.
Esta guerra es una batalla preventiva, un “NO” a otra guerra, a la del futuro, mucho más cruel y desastrosa, que se nos avecina a los que vivimos en el mundo libre y democrático si no tomamos todas las medidas necesarias para parar los pies a nuestro enemigo global, formado por los países más totalitarios, más revanchistas y más fanatizados, en sus intentos de acabar con el mundo libre y establecer un GULAG universal.
Y ¿quién es este “enemigo global”? – preguntará el lector. Es el así denominado CRIC, por las siglas de los países que están formando esta alianza: China, Rusia, Irán y Corea del Norte. Una alianza estratégica militar no declarada, en la sombra, que se hizo visible sólo cuando empezó la intervención militar rusa en Ucrania.
Cuando de repente hemos descubierto que los drones que estaban atacando las posiciones del ejército ucraniano eran de procedencia iraní, los misiles que destruían objetivos civiles y de la infraestructura vital en Ucrania eran de fabricación norcoreana y que la “economía de guerra” de Rusia la sostiene China, que compra los sancionados hidrocarburos rusos y suministra unos elementos vitales para la industria militar rusa que produce las mortíferas armas “inteligentes”. Incluso, hemos visto a los soldados norcoreanos en los campos de batalla en Ucrania, ayudando a las tropas rusas matar a los soldados ucranianos.
Sin estas ayudas de sus socios del CRIC, Rusia no hubiera podido mantener la guerra en Ucrania tanto tiempo (el quinto año consecutivo) y ya se habría empezado a negociar la paz con Ucrania, lo que el presidente norteamericano, Donald Trump, intenta conseguir desde que había llegado a la Casa Blanca, con su política de “¡No a la guerra!”, que he mencionado al principio del artículo. Esta vez “¡No a la guerra!” más sanguinaria y más despiadada – desde que acabó la Segunda Guerra Mundial – que ha desatado Rusia contra la soberana Ucrania.
Surge la pregunta: ¿Hasta qué punto es realmente grave esta amenaza del CRIC al “Occidente colectivo”, como se suele llamar a los países democráticos de Europa y de América? Voy a poner algunos datos para que el lector pueda sacar sus propias conclusiones.
En enero de este año, en los Estados Unidos fue publicada la nueva Doctrina (Estrategia) de la “Defensa Nacional” (no confundirla con la Doctrina “Trump-Monroe” sobre la Seguridad Nacional, ampliamente comentada en los medios), que ha pasado prácticamente desapercibida, pero que es la clave para comprender la política de la defensa estadounidense para un futuro a corto, medio y largo plazo, así como para entender las actuaciones de la administración del presidente Trump cara a los desafíos que representan para los Estados Unidos las acciones del CRIC dentro y fuera de sus respectivas fronteras.
El documento confirma que los principales focos de atención son y serán – aparte del continente americano – China e Indo-Pacifico, Rusia, Irán y Corea del Norte. Por lo tanto, los Estados Unidos y sus aliados en las zonas referidas deberían prepararse para posibles actuaciones hostiles del CRIC.
China figura como un contrincante más peligroso no sólo en su “propia” área, sino también en otros rincones del mundo, como América Latina, Europa, Oriente Medio, África, donde su política expansionista puede chocar con los intereses estadounidenses. Rusia figura como una amenaza en Europa e Irán en el Oriente Medio.
Otra pregunta es: ¿Están preparados los países occidentales a este posible enfrentamiento en el futuro con los países del CRIC para disuadirlos de sus agresivas políticas contra las potencias democráticas? Pues, vamos a verlo.
El dominador común de los países del CRIC es su continuo aumento de los presupuestos militares.
China, por ejemplo, en 10 años, ha aumentado sus gastos en defensa en más del 50%, creciendo su presupuesto militar los últimos cuatro años al ritmo del 7 – 7,2% anual, que alcanzaría en 2026 unos 240.000 millones de euros.
El gasto militar de Rusia se ha triplicado entre 2021 y 2025, pasando de 80.000 millones de euros a unos 250.000 millones (la mitad del presupuesto total y el 10% del PIB, según el BND: el Servicio Federal de Inteligencia de Alemania).
Más humilde es el presupuesto militar de Corea del Norte, unos 4.000 millones de euros, pero estos gastos representan casi 25% de su PIB, lo que permite a Pionyang mantener el cuarto ejército más grande del mundo (1,2 millones de efectivos en el servicio activo y 600.000 reservistas); un arsenal nuclear y una considerable producción de los misiles balísticos de alcance intermedio (hasta 2.200 km), capaces de llevar las cabezas nucleares; los ingenieros norcoreanos están trabajando para fabricar los misiles balísticos de un alcance superior a 10.000 km, lo que presentaría una amenaza directa a los EE.UU.
Irán en los últimos 20 años, a pesar de las sanciones impuestas por los EE.UU y los países europeas (por oponerse Teherán a cesar su programa nuclear con fines militares) estaba gastando en un promedio del 14% (dos veces más que su aliado China) de su presupuesto público a los fines militares, especialmente al desarrollo de la bomba atómica y del arsenal de los misiles de diferente tipo y alcance, así como a la fabricación en masa de los “drones”, un arma que ha revolucionado la guerra moderna, como lo está demostrando el conflicto bélico entre Rusia y Ucrania.
Mientras que los países de la Unión Europea gastaron todos juntos en defensa, en 2025, unos 381.000 millones de euros, un 11% más que en 2024, debido a la guerra en Ucrania. El presupuesto militar de los EE.UU sigue siendo el más grande de todos y asciende a más de 830.000 millones de euros (unos 960.000 millones de dólares).
Según estos números, el gasto en defensa del “bloque occidental” supera en 2,5 veces al del CRIC, lo que parece que a primera vista le da una gran ventaja al Occidente en un eventual enfrentamiento con el “eje del mal” y podría servir de un elemento de disuasión para el CRIC. Pero existe un importante matiz del que no se habla mucho a la hora de valorar el poderío militar occidental en comparación con el de los países del CRIC. Y es la “capacidad de producción del armamento y la munición”.
Y en este aspecto la superioridad de los países occidentales ya no es tan abrumadora como en los gastos en la defensa, incluso resulta a veces por debajo de la capacidad de producción de determinados tipos de armamento y munición por los miembros del CRIC.
Eso se debe a que a lo largo de varios decenios los países desarrollados, principalmente los europeos y los Estados Unidos, siguiendo el camino de la renovación tecnológica, iban cambiando la estructura de sus economías, aumentando cada vez más en sus respectivos PIB el porcentaje de los servicios (hasta más de 70%) y disminuyendo, al mismo tiempo, el peso específico de la producción industrial (hasta 20-13%).
Lo que no había pasado (todavía) en los países menos punteros tecnológicamente hablando. Por ejemplo, el porcentaje de la producción industrial en el PIB de los EE.UU es inferior al 15%, mientras que el de China no baja del 40%, o sea, casi 3 veces superior al de los Estados Unidos. Y es que la capacidad de la producción industrial determina la capacidad de la producción militar. Otro ejemplo: la actual capacidad de la producción naval china supera a la norteamericana en… ¡300! veces.
En la práctica esta disminución de la producción industrial se traduce en que los países occidentales, aunque tuvieran un PIB superior y gastasen más en la defensa, no son capaces de fabricar en cantidades suficientes el determinado material militar por falta de una estructura productiva. El ejemplo más relevante es el caso de Rusia, cuyo PIB es 10 veces inferior al de la Comunidad Europea, pero su producción militar supera en 4 veces la de todos los países de la OTAN, según las palabras del propio Secretario General de la OTAN, Mark Rutte. El presidente ruso lo valoraba en 10 veces. Y lo hemos visto durante la guerra en Ucrania, donde los países aliados de Ucrania no fueron capaces de abastecer a Ucrania con los proyectiles más usados para la artillería común, lo que permitía a las tropas rusas tener una superioridad de 10 veces en la potencia de fuego en los primeros años de la guerra.
Trump y sus expertos conocen perfectamente todos estos “matices”, por lo cual, la Casa Blanca ha emprendida una política dirigida, por un lado, al aumento de los gastos de parte de los países occidentales (incrementar la aportación de cada miembro de la OTAN al presupuesto de la Alianza del 2% al 5% de su PIB nacional) y, por otro lado, a la reindustrialización de las economías del bloque occidental, para, entre otras cosas, poder producir más material militar, superando al de los países del CRIC y de esa forma disuadirlos en un futuro de algunas acciones hostiles contra EE.UU o sus aliados.
La tan criticada política de Trump sobre la subida de los aranceles tiene precisamente el objetivo de aumentar el porcentaje de la producción industrial en el PIB norteamericano, incentivando a los inversores, tanto nacionales como extranjeros, a invertir más y más en el sector productivo en los EE.UU y no en sus rivales del CRIC, principalmente en China.
La misma política debería haber seguido la Comunidad Europea, pero parece que no está por la labor y sus gobiernos son muy sensibles a los “movimientos pacifistas” en sus respectivos países.
También en los Estados Unidos, el Partido Demócrata está a favor de ir reduciendo los gastos en defensa, intentando obstaculizar la política del rearme del presidente Trump. Mientras en la ya citada nueva “Estrategia de la Defensa”, se pretende aumentar el gasto militar estadounidense en próximos años en 50% (del actual presupuesto militar de 960.000 millones de dólares hasta 1,5 billones de dólares en 2027). Duras batallas esperan a la administración de Trump en el Congreso para conseguir este objetivo.
Pues, la actual operación militar de los EE.UU e Israel contra Irán hay que analizarla en el contexto del enfrentamiento global con el CRIC. Es un claro intento de debilitar el “eje del mal”, empezando por la completa destrucción militar de su eslabón más débil, Irán, no permitiéndole la creación de su propia bomba atómica y la producción de misiles capaces de llevar las ojivas nucleares contra los objetivos occidentales.
Por otro lado, el desarme de Irán debilitaría a otro eslabón del CRIC, Rusia, a la que Irán estaba ayudando, como ya he comentado antes, en su guerra contra Ucrania. Lo que, probablemente, empujaría a Kremlin a buscar el fin de la guerra, al estar escaseando cada vez más los recursos propios y ajenos.
Al mismo tiempo, la derrota de Irán también afectaría negativamente a China, si los Estados Unidos consiguen el control del Estrecho de Ormuz, a través del cual se transita casi la mitad de todo el petróleo que el gigante asiático consume anualmente.
Esta clara desventaja estratégica de china frente a su rival norteamericano, obligaría a Pekín a frenar sus desmesuradas ambiciones expansionistas, para evitar el choque frontal con el gigante norteamericano. Lo que contribuiría al mantenimiento de la paz en las zonas conflictivas.
Esperemos que estas previsiones se cumplan plenamente y la Paz en el mundo se haga más fuerte que nunca, una vez desactivado por completo el centro del terrorismo mundial en el Oriente Medio y las armas dejen de disparar en el frente ruso-ucraniano.
Así la doctrina de Donald Trump “La Paz a través de la fuerza” de nuevo demostraría su eficacia real.