La muerte de Jürgen Habermas (1929-2026) el 14 de marzo motivó el recuerdo de su influyente Teoría de la acción comunicativa (1981). Se asocia al debate sobre la crisis y paradojas de la democracia sometida hoy al populismo y autarquía disimulada. La injerencia del sistema político en la vida de los ciudadanos sería otra patología social del modernismo. La contraposición entre sistema y mundo vital (Lebenswelt) es herencia filosófica de Heidegger y Husserl en la cultura contemporánea. En la obra de Habermas continúa el litigio entre la razón y la praxis (el marxismo late como pulsión de fondo) activado por la teoría crítica de la Escuela de Frankfurt, especialmente Th. Adorno, M. Horkheimer y H. Markuse. Pero debajo subyacen también el pragmatismo y estructuralismo americano, tanto en la órbita de G. H. Mead como de T. Parsons. La Estructura de la acción social (1937) de este sociólogo tuvo relevancia notoria en Europa, España implicada ya con la razón vital y Rebelión de las masas de Ortega y Gasset (1930). El terreno lo habían abonado M. Weber, É. Durkheim, V. Pareto y É. Halévy. Se unían a ello el prestigio creciente de la filosofía analítica, alemana y anglosajona, y la semiología de F. de Saussure bajo el filtro interpretante de la semiótica también americana (Ch. S. Peirce).
En la acción comunicativa resuena además la tradición hermenéutica desde W. Humboldt, F. Schleiermacher y W. Dilthey hasta la estética de la recepción: la obra literaria es tan producto como proceso de actividad y formación social. El horizonte de expectativas (H. R. Jauss) y los huecos de indeterminación (W. Iser) que el lector va ideando reflejan la función de la vida como proyecto existencial. Va incluido en esto el autor de la obra como sujeto de su propio discurso, el cual funciona como escenario de un drama en el que los hablantes son actores. El existencialismo continúa aún vivo.
La urdimbre teórica de Habermas sería incomprensible sin el trasfondo lingüístico que la precede. Entre sistema (lengua) y praxis (habla) fluye el dinamismo significante del lenguaje. Y el eje que lo sostiene es dialógico, intersubjetivo (dramaturgisches Handeln). Los interlocutores hablan sobre algo ajeno que, aun propio, resulta objeto de entendimiento común. Esto dicho en el mejor de los supuestos: que realmente se entiendan. Habermas lo prejuzga si realmente se pretende la verdad y el hablante es sincero. Media, no obstante, el significado de las palabras y su sentido. Lo común de entendimiento tal vez difiera. No todos los hablantes idean lo mismo al pronunciar u oír la palabra democracia o libertad. Las circunstancias, expectativas e intereses condicionan el significado.
La comunicación resulta compleja una vez analizada. El sistema (lengua) nos lleva al código, lo genérico y, la praxis del habla, en apariencia, a lo concreto e instrumental, pero partiendo de ciertas normas. La palabra alemana para acción (Handlung) tiene la raíz de mano (Hand) y sirve también para argumento dramático. La razón litiga una vez más con la experiencia. Y los principios lógicos –maticemos– son vivencias razonadas y no hay tampoco praxis sin expectativa ni intersticios. ¿Y el lenguaje? He aquí el gran mediador, para unos aún lógico; para otros, puro instrumento convencional. Se recurre entonces a la comunicación efectiva, la conducta motivada como respuesta. Tal sería el significado y función del lenguaje, como en el conductismo americano (L. Bloomfield). Pero, para entenderse –repliquemos–, habría que inventarlo antes de comunicarse. El problema se complica.
Partiendo de Humboldt, Saussure, del eje intersubjetivo de comunicación, la triple relación entre emisor, receptor y la referencia sobre lo hablado (el órganon), más las funciones de cada uno de estos factores (simbólica o referencial, sintomática o expresiva y apelativa o señal hacia el receptor), Karl Bühler ideó en 1934 un sistema para explicar el fenómeno del lenguaje: el quadrifolium. Los cuatro campos son los de la acción verbal y el acto correspondiente, ambos en la perspectiva del sujeto hablante, y en consideración intersubjetiva (emisor-receptor), el producto realizado y la forma así establecida en el proceso. El concepto de forma tiene antecedente hermenéutico en Goethe y Humboldt relacionado con el principio activo de configuración (Gebilde) de un material, objeto, persona, etc. Alude al resultado objetivo de un proceso orgánico. En el lenguaje (Sprachgebilde) tiene estructura fónica y gramatical. Por eso introduce Bühler dos grados, inferior y superior, de formalización. Eugenio Coseriu completó luego en 1952 este esquema. Le introdujo, de una parte, el dinamismo energético de la acción (energeia) y su forma consolidada como obra producida (ergon), presentes ya en el fundamento humboldtiano del lenguaje, y, por otra parte, el doble plano de este según Saussure: la langue (lengua) y la parole (habla). Son el nivel sistemático, colectivo, y concreto, particular, respectivamente. Coseriu diferenció además tres conceptos: sistema, norma (modelo o molde comunitario) y habla, muy presentes en Habermas. Es obligado decir que en España ya había pergeñado Amor Ruibal, entre 1900 y 1905, este preámbulo operativo del lenguaje induciendo en él una “razón objetiva” y una “evolución intelectual” de lenguas.
Así pues, y resumiendo, cada unidad idiomática es función relacional de un acto cognoscitivo con proyección objetiva diversa. Crea una red de relaciones paradigmáticas. Cumple decir, por tanto –lo repetimos con frecuencia–, que cada término (palabra, estructura, elemento suyo) es functor relacional (más preciso que relativo) del conjunto formalizado que procesa funcionalmente en otro orden o nivel de configuración: X (R) F. Revierte sobre sí expandiendo relaciones pertinentes. Es recursivo, por lo que genera superposiciones y traslaciones, recubrimientos. Sin embargo, cada acto de habla profiere siempre algo nuevo. Rehace el fundamento del lenguaje. Por ello, en el quadrifolio de Bühler la acción verbal deviene producto lingüístico al determinarse acto con forma concreta.
Lo dicho es solo umbral para exponer el esquema subyacente en la acción comunicativa de Habermas. Parte del hecho concreto de habla, del que inducimos su proceso y cuanto en él acontece. Por eso distingue, como otros autores precedentes (Amor Ruibal, Saussure) un uso cognitivo y comunicativo del habla, lo sistemático, ineludible, y lo funcional práctico. Por mucho que transmitamos algo conocido a otra persona, o solo intencionado, nunca será lo mismo ni lo igual de conocimiento. Median factores perceptivos, sensaciones diversas, aquel horizonte de expectativas antes indicado. No basta la intención comunicativa. El acto verbal presupone entonces “el reconocimiento intersubjetivo de las respectivas pretensiones”, dice Habermas, algo que ya Bühler contemplaba con los campos simbólico y empráctico, situacional, del habla. Solo así podemos obtener, añade Habermas, “un consenso motivado racionalmente”. Y esto de tal modo, que: “Entendemos un acto de habla cuando sabemos qué lo hace aceptable”.
Sócrates perfiló en El Banquete la comprensión mutua de los significados posibles del concepto y palabra eros. Establece por primera vez, a la zaga de Platón, el proceso analítico del significado. Busca la determinación del concepto excluyendo por contradicción las definiciones alternativas de los contertulios. La mayéutica socrática obliga a consentir en la verdad de un término o vocablo cuando su contenido resulta evidente por lo expuesto o no halla alternativa. Y siempre en el supuesto de que los vocablos o conceptos guarden entre sí conexión mental interna. De otro modo, se perdería la relación intrínseca del conocimiento y no habría ciencia posible.
Habermas recurre, en línea pragmática, a lo solo aceptable, en todo caso verosímil. Para ello hay que reconstruir el lenguaje las veces necesarias hasta alcanzar un “consenso motivado”. Confía en el efecto performativo (recurso a los actos de habla en el cognitivismo) o efecto adherente, contractual, del discurso (performative Einstellung) al conseguir “una convicción conjunta”. Así se fundamenta la democracia.
La reconstrucción del lenguaje se produce –evidente–, con los usos del habla y en perspectiva observadora o hablante. En la observación entran los órdenes del mundo, sus horizontes, la naturaleza externa e interna, lo referenciado, la interacción social, etc. Esto conlleva determinadas posiciones respecto de la realidad mundana: objetivadora, normativa y expresiva. Le corresponden, a su vez, tres modos de opción observante: cognitivo, interactivo y también expresivo, los cuales se traducen, con aquellos otros, en actos comprobativo, regulativo y representativo. Y toda esta gama de relaciones la refleja la gramática con tres tipos de oraciones: enunciativa, imperativa y vivencial, donde entrarían los actos irreflejos, espontáneos, los éxtasis temporales –Heidegger– o modulaciones correlacionadas de espacio-tiempo (añadamos Einstein), y las maneras de comunicarse. Téngase presente que el habla ya modela el espacio y el tiempo, simultáneos, al articular los sonidos con valencia fono-fonológica, significativa.
Así va diferenciándose lo común del mundo de la vida del mundo objetivo inmediato (la red instrumental), sujeto a condiciones no razonadas o coercitivas, y de los criterios normativos que muestra el lenguaje. El habla adquiere cuerpo como tercera persona observante, un yo-tú o sujeto-objeto común a emisor y receptor, donde la razón aparece vinculada con el mundo y el lenguaje se objetiva: “sustrato sígnico, significado y denotatum”. A esto se refiere Amor Ruibal como nexo ontológico trascendente del hombre en la naturaleza. Para Habermas, la trascendencia es solo, sin embargo, como el entorno en Niklas Luhmann, el contexto de la forma constituida, lo cual crea una certidumbre y fiducia discursiva o potencial dramático de razonamiento. En el entendimiento habría un telos inmanente que reorienta el lenguaje en función del tema o contenido expuesto. A esta inmanencia corresponde el vínculo cognoscitivo de la representación conceptual –recordemos a Sócrates– garantizado por las funciones de entendimiento mutuo, de coordinación de las acciones (la cohesión, coherencia y los turnos de la gramática textual) y la socialización de los hablantes convertidos en actores –actantes, dice la semiótica estructural (Algirdas J. Greimas)–. El proceso del lenguaje socializa normativizando. Las reacciones suscitadas entran como recursos vitales que contribuyen asimismo a establecer los criterios de validez, verdad y rectitud normativa. El problema surge, no obstante, y referido a la filosofía analítica –es otra objeción–, con las condiciones de verificación, pues también ellas requieren ser verificadas. Pura petición de principio.
Habermas confía en la norma social y la gramática como fundamento veritable de lo que se habla: “las oraciones gramaticales quedan insertas de tal suerte en referencias a la realidad, que en el acto de habla aceptable siempre hacen simultáneamente presencia fragmentos de la naturaleza externa, de la sociedad y de la naturaleza interna”. A la razón instrumental y estratégica, fragmentada, del uso la complementa la razón con n-potencia discursiva. El significado y con él la verdad del tema propuesto quedan a expensas de las “correspondencias gramaticales” y de la acción social reglada.
Esta teoría presupone un diálogo ideal siempre posible o presencia continua de habla, como un remanente fático o de contacto funcional, en el sentido de B. Malinowski y R. Jakobson. Una vez producido, el lenguaje mantiene potencialmente la presencia expresiva siempre que haya interlocutores. El problema es ahora –ya antes– la ausencia y los intersticios vitales –huecos– de las palabras, oraciones, textos. ¿Quién representa a los hablantes ausentes o inaudibles? ¿Qué valor tienen los argumentos en representación de actores desaparecidos? ¿Quién los sustituye, con qué rostro, crédito? ¿Los suple la mediación social de cada circunstancia? ¿Una sincronía societaria inmanente?
Los muertos ya no acceden al estrado de la verdad con argumentos que los justifiquen. Tampoco los marginados del poder y del discurso establecido tienen voz suficiente para hacerse oír ante la asamblea y jurado de la historia. Sin una inherencia objetiva de la forma de conocimiento en la realidad y, viceversa, de las cosas –su proceso predicativo– en la mente (Logos), seguimos en la relación ideal del mundo mediado el lenguaje como instrumento y estrategia suya –strategisches Handeln– de verdad aparente, todo más aceptable. Y si la forma gramatical alcanza huellas y fragmentos de la realidad objetiva, no solo social, dispondríamos, sí, de un principio activo –relacional trascendente– “inserto”, al menos, en la naturaleza humana. Pero Habermas no le reconoce esta facultad, como Luhmann, al individuo. La conciencia moral del lenguaje no depende solo del cumplimiento de las intenciones que argumenta. La simple pretensión de validez sujeta a corrección normativa y sinceridad de los hablantes –actores– no avala ni fundamenta lo dicho de una proposición y el mejor argumento posible de la asamblea. Prejuzga una fe dialógica solo discursiva. Hay tantos textos posibles como individuos. Y a la opinión (doxa) también la colonizan el poder social, económico y político. El descentramiento del mundo vital respecto del objetivo (¿alusión a los círculos sistemáticos de Luhmann, autopoiéticos?) requiere saturar y justificar los intersticios y transiciones del nexo tan dialógico cuanto ontológico.