“De cada cinco personas sólo una o dos son creyentes de alguna religión. Por tanto, las perspectivas teológicas, incluido el budismo, dice el actual Dalai Lama, tendrían que justificar la moral desde la razón, no desde la religión. Por eso considero que es muy importante tratar los principios morales sin ninguna vinculación religiosa”1. En mi opinión, el Dalai Lama responde de una forma demasiado light y además fuera de la tradición clásica del budismo, donde religión y filosofía son lo mismo. Desde luego, hay modalidades de budismo, de protestantismo, de hinduismo o de islamismo. Algunas religiones cambian demasiado: ¿qué hinduismo es el actual, comparado con el de los Rig-Veda, Yahur-Veda, Sama-Vedas y Atharva-Veda? Nada que ver con el actual budismo Smirti devocional, el Smirti Purana, el Radhakishnan o el de Krishnamurti. El budismo, herejía del hinduismo alcanza desarrollos muy distintos en el budismo chino, el japonés, el tibetano tántrico, etc. Tanta evolución ha disuelto religiones como la egipcia, y traído al mundo a otras, como las pararreligiones posmodernas, la religión civil, o la Iglesia de Diosito Maradona. Tampoco faltan religiones dogmáticas inmóviles, cuyo riesgo es el fundamentalismo.
Capítulo aparte merecería la conexión entre psicología individual y religiosidad. Las personas narcisistas con problemas de autoestima tienen dificultades para construir simultáneamente la conciencia de su propio yo y de las ajenas. O lo contrario: el creyente estará tan absorto por la conducta de la estructura eclesial, que la idealizará, la verá tan omnipotente, que perderá su sentido del propio yo. Para ellos, las posiciones sociales de sus Iglesias no son de derechas ni de izquierdas, sino siempre de arriba.
Respecto al budismo dalailamano, está adquiriendo una deriva posmoderna. A la pregunta al Dalai Lama del psicólogo Lee Yearly “cuando en la Alemania nazi vi a un guardia de un campo de concentración cuya ira condujo a asesinar a alguien, me di cuenta de que era un buen padre y una persona que merecía vivir, sin embargo, comprendí que la única forma de eliminar su odio era destruyéndole, ¿significa eso que una persona nunca ha de intentar matar a alguien que va a actuar de forma destructiva, sólo porque no sea capaz de evaluar sinceramente sus propios motivos o intenciones?, ¿quiere decir que nunca debería tomar una vida porque puede hallar alguna justificación engañosa que lo convertiría en un acto negativo?”, el Dalai responde: “pongamos como ejemplo a un monje o a una monja que tienen que enfrentarse a una situación en la que sólo hay dos alternativas, la vida de otra persona, o la suya propia. Bajo tales circunstancias entregar la propia vida está justificado para evitar la de otro ser humano, pues eso implicaría la transgresión de uno de los cuatro votos fundamentales. Por supuesto, esto implica la teoría de la rencarnación, pues de no ser así resultaría absurdo. Si está realmente claro que otra persona está planeando matarte, puedes quitarte tu propia vida para protegerla del estado de matar”. He ahí con toda claridad la interacción entre filosofía y religión, que el propio Dalai cuestionaba.
El actual budismo dalailamano acentúa cada vez más inmanencia, y en eso continúa la tradición, pero en Europa con formato de un estoicismo como el de Marco Aurelio: “cuando quieras alegrar tú corazón piensa en las virtudes de tus compañeros; el dinamismo de uno, la modestia de otro, la generosidad de un tercero. Nada nos proporciona tanta alegría como los ejemplos de virtud cuando se manifiestan en el carácter de nuestros compañeros; al margen de lo que digan o hagan los otros, mi obligación es ser bueno. Lo que no beneficia a la colmena, tampoco beneficia a la abeja. Hay que soportar casi cualquier cómo; y creo que todos conocemos a alguien que responde del mejor modo posible a un destino difícil, convirtiendo la tragedia en un triunfo humano”2; “es propio del hombre amar incluso a quienes le ofenden. Esto ocurre cuando piensas que son tus semejantes y que han errado por ignorancia y sin querer; cuando piensas que, en muy poco tiempo, ambos estaréis muertos y que, sobre todo, no te ha perjudicado, pues no ha dañado tu guía interior, que continúa tal como era”3.
Este estoico/budismo sentimental, familiar, a medias preconvencional (sólo para mi sanación), y convencional (para la mía y la de los míos), carece del universalismo de que habla el nieto de Víktor Frankl: “cuando hablamos de acompañar a las personas en sus dificultades, pienso en mi abuelo y en el capítulo más oscuro de su vida. En los campos de concentración no tenía nada que ofrecer a sus compañeros de prisión en términos de consuelo o de certeza, pero trató de ofrecer lo que se podía, un recordatorio de lo que parece perdido, todavía hay algo que la vida nos pide, algo que aún puede tener sentido. Él no intentaba hacer que las personas se sintieran bien, como muchas veces intenta la terapia, incluso hoy, sino que pudieran soportar lo que era malo. Su objetivo no era el bienestar, sino la fortaleza. Quería ayudar a sus compañeros a volverse, como diríamos hoy, resilientes, capaces de enfrentar el sufrimiento sin derrumbarse en la desesperación, capaces de soportar la dificultad sin perder la conciencia de su libertad interior. Creía en el poder desafiante de todo espíritu humano y en que sentirse bien no es una meta que se pueda humano se le puede arrebatar todo salvo una cosa, la última de las libertades humanas, elegir su actitud ante cualquier circunstancia dada, elegir su propio camino. Esa frase se ha citado muchas veces, tantas que corremos el riesgo de olvidar que no era un eslogan. Elegir una actitud que afirma la vida no significa negar el dolor. Significa tomar posición dentro del dolor, a pesar de él, e incluso por causa de él. Acompañar a alguien en la adversidad significa estar a su lado mientras recupera la fuerza para adoptar esa actitud, para encontrar una postura que sea buena y amiga de la vida. Mi abuelo describió tres caminos principales por los cuales el ser humano descubre el sentido. No se trata de ideas abstractas, son puertas concretas que podemos ayudar a abrir a las personas, a veces las tres al mismo tiempo. podemos preguntarnos dónde sigues siendo necesario, o qué posibilidades del mundo están esperando ser realizadas por ti; con qué pequeño acto o iniciativa podrías mejorar el mundo hoy. Nunca romantizamos el dolor, pero cuando el sufrimiento no puede eliminarse, podemos acompañar a las personas en su capacidad de transformarlo ayudándolas a buscar el por qué o el para qué que les permita soportar el cómo”.
Pero el budismo ético separado de lo religioso tampoco fragua siempre en psicología: las personas que en Oriente recuerdan sus vidas anteriores, serían llevadas en Occidente a una clínica psiquiátrica para ser tratados como esquizofrénicos con alucinaciones. Pero algunos esquizofrénicos hablan de un modo que, quizá contemplados desde perspectiva budista u otra tradición mística, podrían parecer seres iluminados.
En resumen, la actual psicología orientalizante ha abandonado la dimensión político-social-trasversal de la psicología, el “nosotros”. Pese a la bonhomía de Marco Aurelio, sus veinte años como emperador se vieron empañados por continuas guerras crueles, abriendo un hiato entre lo dicho y lo hecho. Lo dicho: “aceptar sin orgullo, renunciar sin apego”. Lo hecho: “si quieres la paz, prepara la guerra”. El vicio del estoicismo es la hipérbole de su virtud. La lucha contra el mal global no sale de la suma de los individuos separados. Aquella señora a la que el psiquiatra dice “en la próxima semana hablaremos del inconsciente”, responde. “no creo que venga mi marido”. Nos falta trabajar el inconsciente colectivo.
1 In Goleman, D: La salud emocional. Ed. Kairós, Barcelona, 2009, p. 27
2 Ibi, 1999, pp.199-200.
3 Marco Aurelio: Meditaciones. Ediciones Temas de Hoy, Madrid, 1994, Libro VII.