Las continuas transferencias de competencias del Gobierno a Cataluña y el País Vasco para amarrar los apoyos parlamentarios de los separatistas suponen el primer paso para cuartear la unidad de España y, por tanto, desguazar subrepticiamente la Constitución. Pero no sólo aniquilan la igualdad entre los españoles, como la inminente independencia fiscal catalana. También tienen consecuencias catastróficas para el futuro de la convivencia.
El traspaso al País Vasco de la competencia en Instituciones Penitenciarias ha permitido que sean excarcelados en los últimos 5 años más de 100 asesinos etarras y, casi peor, que los criminales de la banda sean homenajeados por sus compañeros de fechorías cuando salen a la calle. Al tiempo, ha resucitado y redoblado el terrorismo callejero, la llamada kale borroka, que ha vuelto a provocar asiduos altercados y enfrentamientos violentos ante la pasividad de la Policía vasca, dirigida por el tándem PNV-Bildu y la complicidad del PSOE.
Las habituales algaradas que se están produciendo también forman parte del entrenamiento de los cachorros terroristas ante la posible victoria electoral de la derecha en 2027. Resulta fácil imaginar que si algún día llegara Alberto Núñez Feijóo a La Moncloa, la izquierda en general y los separatistas en particular organizarán permanentes y violentas algaradas en las calles de toda España para enfrentarse a ese Gobierno. Incluso, para denunciar la ilegalidad de su victoria, que estaría jaleada por el propio Pedro Sánchez al estilo de Trump con el asalto de sus seguidores al Capitolio. Los batallones de los CDR catalanes y los seguidores de los partidos de la extrema izquierda, incluso del PSOE, también se unirían al vandalismo callejero para torpedear la estabilidad e impedir que el nuevo Gobierno pueda actuar con normalidad.
Pedro Sánchez no sólo maniobra para dar un golpe a las urnas ante el riesgo de ser derrotado. Tiene un plan B. Un plan para deslegitimar a un posible Gobierno del PP. Y el probable apoyo de Vox sería la excusa perfecta para agitar a los seguidores de la izquierda y tomar las calles contra “el fascismo”. Una falacia clásica de la falsa “progresía” con la coartada de defender la democracia. Sánchez y sus compinches son capaces de todo con tal de esquivar la derrota que se avecina y, quién sabe, si también verse obligados a sentarse en el banquillo de los acusados por las innumerables corruptelas, trampas e ilegalidades cometidas en estos 8 años de Gobierno Frankenstein. Y, llegado el caso y a la desesperada, plantar cara a la Justicia por “aliarse con el fascismo”.