En su libro Retratos y Perfiles (Editorial Planeta, 2005), el expresidente español José María Aznar registró una conversación privada --no secreta-- con el comandante Fidel Castro Ruz en alguna cumbre iberoamericana y contó que el legendario guerrillero de Sierra Maestra le había dicho que todavía necesitaba una generación más de cubanos educados en el discurso antiestadounidense.
"Castro me contestó, literalmente, que él "necesitaba el embargo para esta generación y la siguiente". Esas fueron sus palabras. Me pareció asombrosa la crueldad y la hipocresía de ese doble discurso de quien manifiestamente está utilizando a su pueblo como una moneda de chantaje para denunciar a supuestos enemigos extranjeros y perpetuarse en el poder. Es evidente que el embargo es una de sus bazas para continuar en el poder y para perpetuar el régimen en el futuro".
Y aunque muchos quieran negarlo hoy, parece ser que Castro tenía razón en su estrategia: Cuba lleva ya un mes de aislamiento energético y en estas semanas el saldo de la falta de petróleo básicamente para el uso de la energía cotidiana ha condenado a los cubanos a falta de luz y gasolinas, pero es la hora en que no se ha generado ningún movimiento social espontáneo o articulado que pudiera convertirse en factor de presión para que la nomenklatura militar habanera se puede ver obligada a buscar algún pacto político con la Casa Blanca.
Las versiones que salen de Cuba al exterior e inclusive de fuentes disidentes no alcanza a dibujar que todo el sentimiento de queja de los cubanos pudiera de alguna manera convertirse en algún movimiento social como el de la primavera árabe o inclusive en una versión caribeña de los indignados españoles. Los cubanos a favor o en contra del bloqueo energético solo muestran la pasividad que estaría reflejando las razones del comandante Castro cuando convirtió a Estados Unidos en la némesis diabólica el sueño comunista.
La sociedad cubana hoy está a la espera de nuevos enfoques analíticos que superen los argumentos del pasado, pero al mismo tiempo que puedan de alguna manera ilustrar que escenario se plantea en el corto plazo si el presidente Donald Trump decide mantener su estrategia de bloqueo energético y sigue manteniendo a los cubanos sin gasolina ni diésel para los transportes indispensables y la luz en los hogares.
Los cubanos anticastristas que siguen en la isla nunca se pusieron el objetivo de construir un discurso social alternativo que no dependiera de Estados Unidos y los cubanos asentados en Florida y Washington D. C. tampoco construyeron una opción que no dependiera del discurso comunista de la Plaza de la Revolución.
Los cubanos dejaron pasar dos oportunidades --con Clinton y con Obama-- para encontrar formas de entendimiento con los intereses geopolíticos de Estados Unidos en la región, inclusive sin siquiera preocuparse por utilizar algunas de las experiencias de Corea del norte, China y la Unión Soviética-Rusia, a pesar de que los problemas de sobrevivencia cotidiana existieron desde la llegada de los revolucionarios a La Habana el 1 de enero de 1959 y a pesar también de que han sido 67 años de racionamiento de bienes de consumo, de subdesarrollo, de dependencia de tarjetas de control de bienes indispensables.
El modelo de "patria o muerte" podría ser el argumento que salve a los cubanos de la debacle final si acaso la Casa Blanca de Trump se da de golpes en la cabeza ante la tozudez caribeña o si Washington quisiera o pudiera aplicar la amenaza en modo Irán para desaparecer un país de la faz de la tierra.
El problema de Cuba no es en sí mismo el modelo comunista, sino el control de la sociedad a través del discurso de advertencia del demonio estadounidense. Una revisión somera a la situación social de Cuba de finales de los años cuarenta y la mitad de los años cincuenta no aporta elementos racionales como para suponer que en esos años Estados Unidos fuera el diablo, sobre todo porque la economía cubana dependía de la americana. Y el modelo de dictadura de Batista tampoco llegó a niveles de esclavitud criminal y se centró en la persecución fallida de los guerrilleros del movimiento del 26 Julio.
El éxito de Fidel Castro en el poder fue convertir a Cuba en un Camelot caribeño, aunque en modo de sacrificios cotidianos de la sociedad. Y tampoco puede decirse que la malograda invasión a través de Bahía de Cochinos-Playa Girón hubiera sido suficiente para potenciar el nacionalismo cubano que ya hacia 1961 estaba en problemas sociales, a pesar de los apenas tres años de gobierno castrista.
La aureola revolucionaria de Cuba tuvo más estímulos en sectores radicales de la izquierda y la intelectualidad latinoamericanas, pero sin tener elementos sólidos como para suponer que los cubanos pudieran sentirse los creadores de una nueva raza revolucionaria, sobre todo porque la sociedad cubana en general compró el apotegma de “patria o muerte” pero no se militarizó en su totalidad.
La gran victoria de Fidel Castro Ruz fue haberle instalado en el inconsciente colectivo de los cubanos el chip antiestadounidense, a pesar incluso de los que salieron huyendo en balsas o en fugas masivas o en deportaciones arregladas. Sociedades progresistas en América latina fueron en diferentes momentos críticas, distantes o contrarias a Estados Unidos, pero sin repetir Cuba, con excepción de Nicaragua, quizá por la leyenda de la guerrilla castrista del sandinismo posteriormente traicionado.
Sociológicamente, Cuba no tiene ninguna alternativa al castrismo, y lo único que puede esperarse en el corto plazo es el relevo inevitable de liderazgo revolucionario por la inminente muerte del general de Ejército Raúl Castro Ruz, con 94 años a cuestas y la falta de un liderazgo simbólico en una sociedad que sigue añorando a Fidel.
Así que Cuba es un enigma político y social.