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EDITORIAL

El Gobierno, a la espera de que termine y se olvide la pesadilla del Tribunal Supremo

EL IMPARCIAL
viernes 10 de abril de 2026, 08:52h
Actualizado el: 10 de abril de 2026, 09:25h

Encogidos, demacrados, avergonzados, escondidos en un rincón de la sala del Tribunal Supremo, el otrora poderoso ministro de Sánchez y su “escolta” escenifican como nadie el que debería ser el final de un Gobierno indecente que ha llevado a España al estercolero de la política. Del denigrante espectáculo de los políticos que venían a terminar con la corrupción y han terminado enfangados en la mayor corrupción que se conoce. Que han construido una mafia para enriquecerse a costa del dinero de todos los españoles. Y, mientras, Pedro Sánchez se atrinchera en La Moncloa y calla, queda a la intemperie, situado en el centro de toda la basura que desborda el Consejo de Ministros.

Sabíamos de las enchufadas que cobraban sin trabajar, de los chalés de lujo a cambio de comisiones, del trasiego de dinero negro por la sede socialista, de los rescates bolivarianos con Zapatero de protagonista, de la corrupción pura y dura del Gobierno. Pero resulta repugnante asistir a la retahíla continuada de tanta indecencia, al paseíllo de los distribuidores de la basura, del aberrante espectáculo en medio de la sala del Tribunal Supremo. Las declaraciones de las novias, sobrinas o lo que sean de Ábalos, del hermano de Koldo, de la empresaria Carmen Pano y su hija demuestran que el Gobierno de Sánchez fue y es el mejor ejemplo de las maniobras de la mafia cuando asalta el poder. Nadie sabe quiénes son ni de dónde salen los testigos que declaran en el Supremo. Porque sólo son los enmascarados sicarios del poder sanchista.

Pero, a pesar del aberrante espectáculo, sorprende el silencio y la pasividad de la izquierda que enarbola la pancarta pacifista y antisemita, de los manifestantes contra la corrupción de la derecha, de los que se creen los escuderos de la democracia. Callan, como calla Sánchez. Y tienen la desfachatez de seguir dando lecciones de moral, de decencia y de valores. Los “progresistas” parecen estar anestesiados, aunque en realidad temen perder sus privilegios.

Hay que imaginar lo que ocurriría si por parecidas indecencias políticas se sentaran en el banquillo del Supremo los dirigentes del PP, por ejemplo, en lugar de los ejecutores de la mafia sanchista. Arderían las calles, los tertulianos monclovitas despotricarían a gritos por tanta basura acumulada, tomarían las calles con pancartas y cócteles molotov. Pero callan. Callan y se esconden como Sánchez a la espera de que se aleje la tormenta, a la espera de que todo se olvide tras las pancartas del “no a la guerra” y los recurrentes y desaforados insultos al fascismo que acecha.

Porque esa es la estrategia. Callar, esperar y amedrentar a los españoles con la llegada al poder de la derecha. Que todo se tape hasta que se celebren elecciones. Que no quede ni rastro de las novias de Ábalos, del trasiego de dinero negro en Ferraz, de los sobres repletos de chistorras, de los prostíbulos atestados de ministros y amigos de los ministros, de diputados ocupando chalés de lujo por la cara, de las maniobras de Zapatero para forrarse con el narcotráfico de Maduro. Que se acabe la pesadilla. Pero el gran peligro es que, una vez más, Sánchez y sus sicarios lo logren. Sean capaces de engañar a los españoles con sus falsas pancartas pacifistas y democráticas. Y que, como escribió Luis Cernuda, todo quede “allá, allá lejos; donde habite el olvido”.

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