La revista Esprit fundada en 1932 por Mounier tuvo desde el principio voluntad de convivencia familiar, y después de diez difíciles años pudo lograr comprar una finca para llevar a cabo su proyecto personalista y comunitario en Châtenay-Malabry, un entorno de unos mil campesinos a las afueras de Paris, una hectárea seiscientos, decenas de árboles, alguno de ellos raro y gigantesco. Con mucho esfuerzo económico, con préstamos y apoyos de simpatizantes, y a un precio muy razonable (250.000 francos), el lugar se convirtió en una familia de familias, cada una en su casa, pero con un proyecto civilizatorio común. Cada apartamento tenía al menos dos habitaciones, una cocina y el aseo, aunque a veces pasan frío por falta de dinero. Aquel pedazo de cielo en la tierra siempre abierto fue habitado por seis familias, todas ellas en torno a la revista Esprit: Emmanuel Mounier y su esposa Paulette, “de la que su marido habla siempre en términos místicos y llenos de énfasis”[1]; Paul Fraisse, cuya misión es la de proteger Les Murs Blancs, muy trabajador pero factor de discordia por sus frecuentes roces con sus compañeros; Jean-Marie Domenach, secretario de redacción de la revista Esprit, que se instala en la comunidad en 1946; Jean Baboulène, llegado en 1947, matemático destacado, cercano y encargado de las cuentas y director adjunto de la revista Témoignage chétien, luego inclinado hacia Mitterrand; Henri Marrou, distinguido, músico y catedrático en la Sorbonne, que llega en 1945 y será el padrino de Anne, segunda hija de los Mounier[2]; y el filósofo Paul Ricoeur, maestro entre otros muchos de Emmanuel Macron, luego presidente de la República Francesa que visitaba a su maestro. Ricoeur leyó Esprit desde su fundación en 1932 y, cuando años después se encontraron antes de la guerra, “Ricoeur quedó como tantos otros fascinado por su carisma, su bonhomía, su humanidad. La admiración fue recíproca. Al volver a casa tras ese primer encuentro, Mounier confía a su esposa Paulette: ‘todos los demás escribirán ensayos, Ricoeur hará una obra’”[3]. Ambos compartieron su condición de prisioneros de guerra, y el último fue además el animador del grupo filosófico Esprit en Estrasburgo, uno de los más activos de Francia. De todos modos, su fuerte no era lo comunitario; como dijo J-M. Domenach, “se puede pedir mucho a Ricoeur, pero no necesitarle”, pues detestaba las responsabilidades comunitarias, era muy distraído, y prefería flotter au-dessus de la mêlée. Único protestante, asiste a la parroquia situada en el centro de Chatenay-Malabry y es hermeneuta, de ahí que diga: “poco importa en qué se cree, si se cree”. Más que decidir, se trataba de interpretar.
En aquel espacio sagrado no sólo se vivía, se habitaba, “los hijos de los miembros de la comunidad debían llamar a los adultos de todas las familias ‘tío’ y tía’, algo que Mounier explicó a su hija Anna diciendo que los otros adultos eran sus hermanos de armas y que, por tanto, los demás niños eran sus primos. Este título de tío y de tía permitía a los adultos de la comunidad ejercer una cierta autoridad sobre los hijos de los otros y considerarlos a todos en un plano de igualdad. Mounier esperaba reforzar de este modo los vínculos como verdadera familia” (p. 87). Todos los adultos se sentían solidariamente responsables de la enseñanza y la educación de todos los hijos, a pesar de las enormes deficiencias habidas, y todos los niños, aproximadamente veinte, debían compartir sus juguetes para evitar los celos. Sin embargo, y esto es relevante, nadie se ocupaba de sus propios hijos ni de los ajenos, pues estaban demasiado ocupados en salvar el mundo” (p. 177), dificultad propia de las conductas postconvencionales: “mientras fueran puntuales para cenar y sacaran buenas notas en la escuela, los niños eran libres para hacer lo que quisieran. Al mismo tiempo, reinaba una gran libertad: nuestros padres decidieron dejarnos libres de elegir o no nuestra religión, lo cual hizo de la mayoría de los niños de los Muros Blancos unos buenos pequeños ateos. Los adultos consideraban que la fe forma parte de la libertad individual de cada uno y, aunque una vez crecidos pudieran sus hijos decepcionarles al no compartir sus creencias, estaban al mismo tiempo felices de su emancipación, los niños jamás fuimos obligados a creer” (p. 160). De hecho, los niños fundaron su propio movimiento político, la Association des enfants des Murs Blancs, así como su propio periodiquillo, Murs Blancs cancans, es decir, Muros Blancos de chismes y danzas. Como vemos, aun en libertad recibían la influencia de sus padres.
“Nadie nos explicaba verdaderamente qué era el personalismo ni por qué estábamos instalados aquí, o de qué hablaban los adultos entre ellos en sus famosas reuniones, pero nosotros nos bañábamos dentro de ello” (p. 191). Esta confesión de Claire Fraisse ya adulta retrata aquel síndrome: “durante la adolescencia tomé conciencia de quiénes eran las gentes que me rodeaban. A los catorce años supe que Mounier era mi padrino. Resultaba inimaginable plantear cuestiones a los adultos” (p. 192). La hija de Ricoeur, Noëlle, comenzó estudios de filosofía, pero los abandonó. Su hijo mayor, Jean-Paul, luego psiquiatra, relata: “he trabajado sobre Lacan, el enemigo jurado de mi padre que detestaba a esa traza de intelectuales católicos que venían de Esprit, y sin embargo no he hablado nunca con él de eso”. La actitud paterna era la de cortar inmediatamente, aunque no tenía ningún problema en hablar con los otros de sus escritos o de filosofía” (p. 193). Cuando dijo a su nieta Nathalie “echo de menos que mis hijos nunca hayan leído mis obras”, ella le contestó: “tus hijos tal vez necesiten un padre, pero no un filósofo”, y Ricouer no respondió nada. Geneviève Fraisse recuerda haber conversado con Ricoeur a propósito de la relación de los niños de los Muros Blancos con el exterior, y él respondió: “nosotros no somos más que simples profesores de universidad”, respuesta que según ella no era producto de la falsa modestia, sino que verdaderamente no comprendía el problema” (p. 194). No tenía conciencia del peso que cargaba sobre sus espaldas.
Sin embargo, al mismo tiempo Esprit recibía cada día decenas de amenazas de muerte. La pasión que abrumaba el día a día de Mounier y los suyos contrastaba con la lasitud e indolencia en la educación de los propios hijos. Cualquiera que -como nosotros mismos sin ir más lejos, a una escala muy inferior- haya padecido esa tensión, comprende la irresolución de la cuadratura del círculo: o pasas demasiado tiempo con tu burbuja familiar y no haces nada real contra el sufrimiento de otras familias, o siendo tacaño con el tiempo dedicado a los otros te sientes indigno. Personalmente dudo que tan grande aporía pueda ser resuelta, pero me resulta insoportable la buena conciencia de quienes se creen en el fiel de la balanza cuando en realidad se inclinan hacia la posición egoísta convencional, la cual ni siquiera evita el fracaso de los papás hiperprotectores, algunos de cuyos hijos les salen ranas.
También algunos hijos de Les Murs Blancs, carentes de madurez, se comportaron en mayo del 68 como blanditos hijos de papá. Precisamente en mayo del 68 vivió Paul Ricoeur todo esto doblemente en primera línea de fuego. En efecto, cuatro años antes había abandonado su confortable cátedra de la Sorbona para dirigir el departamento de filosofía de la nueva universidad de Nanterre con su amigo Mikel Dufrenne, a donde llevó a filósofos y catedráticos de renombre como Enmanuel Levinas o Henry Duméry. Y, aunque detestaba los cargos institucionales, acepta en 1969 -como el rompeolas pacificador de las dos Españas Julián Besteiro- el nombramiento de Nanterre y, pese a los altercados permanentes provocados por los universitarios enragés de Nanterre, como decano defiende las reivindicaciones estudiantiles sobre los derechos humanos, pero sin aceptar su maltrato de las instituciones. Finalmente, habiendo rechazado toda protección policial, ve invadido su despacho, es amenazado e insultado cotidianamente, e incluso recibe el golpe de una papelera en su cabeza. En marzo de 1970, luego de unas manifestaciones estudiantiles memorables, las fuerzas represivas del Gobierno, sin el permiso de Ricoeur, hieren a 187 alumnos, y Ricoeur presenta amargamente su dimisión pasando a la universidad de Chicago para enseñar la mitad de cada año muriendo en 2005.
Pero a este drama exterior del Ricoeur se une otro interior aún más cruel: el apenas veinteañero Olivier Ricoeur se compromete con el FHAR, Front Homosexuel d’Action revolutionnaire, deviene drogadicto y alcohólico, y en 1986 salta por la ventana antes de haber cumplido los cuarenta[4]. Ante los Ricoeur, inconsolables y autoculpabilizados, el pastor protestante se dirige en su homilía fúnebre a la comunidad instando a la humildad: “¿quiénes sois vosotros para sentiros responsables de la muerte de Olivier?” (p. 275). Olivier no deja ninguna carta ni testamento, sólo una sociedad de producción a la que había bautizado Les Murs Carnivores, ¡pobres Murs Blancs! El drama de la crueldad paradójica abre un panorama desolador: el catedrático Ricoeur, a quien le cuesta decider o decidir en las cuestiones de la vida práctica comunitaria, no puede evitar el decider o suicidarse de su hijo. Inexplicable metamorfosis de las generaciones. De todos modos, la relación causal que pueda existir entre las acciones mentales de cada persona y su contexto familiar y social no son lineales.
En la comunidad de Châtenay todos coincidían en que Mounier era el padre; tenía un don, una dulzura y una sensibilidad rara para encontrar el lugar justo frente a su interlocutor y en la vida de las gentes, y a este culto de la comunidad se unía el que le rendían fuera de ella, hasta el punto de pedirse hoy su canonización por la Santa Sede, dada su fe en Dios, en el hombre, y en sí mismo, Empero, “a diferencia de los demás compañeros instalados en Los Muros, ninguno estaba tan animado como Mounier por la revolución personalista y comunitaria. Sin embargo, las familias Mounier, Fraisse, Domenach y Marrou se batieron para defender a su país en cualquier momento por la causa de Francia que les parecía justa” (p. 80). Todos eran patriotas por Francia, pero Mounier, que también lo era, buscaba la revolución en la guerra yendo más allá de esta última; como en la contienda civil española, y a diferencia de los comunistas, Mounier quería con los anarquistas la revolución total, personalista y comunitaria. Esto explica muchas cosas de aquella historia y de la española.
Su gran personalidad le permitía ser el guía comprometido y el místico, el más capaz de ir a fondo con la mayor radicalidad evangélica posible, el padre espiritual, y hasta el de mayor capacidad letífica, como puede verse en el divertido preámbulo de las cuatro páginas de la Constitution murblanquiste: “Los Muros Blancos no son nada. Los Muros Blancos no son todo. Los Muros Blancos son: es todo. Y eso ya es mucho. Este documento ha sido testado, historizado, filosofado, estetizado y secretarizado al pie del cedro de la justicia el 10 de diciembre de 1946”. Personalmente admiro su escritura siempre profunda, conceptual, clásica y satírica cuando quiere serlo. Los Muros Blancos se convirtieron pronto en un Think-tank, un laboratorio de ideas parisino en el que se formaban investigadores, filósofos, periodistas, escritores, sociólogos, artistas y políticos que construyeron el mundo de ideas en el que hemos vivido hasta Donald Trump. Una cincuentena de amigos de Esprit, convertidos casi en una marca, comparten allí su visión del mundo y sus propuestas con plena libertad y entusiasmada dialéctica cada semana, como lo prueba el elenco descomunal de autores célebres que por allí pasaron: “por lo general la gente ya no recuerda la celebridad de las gentes de los Muros Blancos durante los años 1960-1970. Pero eran Le monde. Esos intelectuales eran estrellas” (p. 261). Las generaciones pasan y a veces su generational gape, no se entiende. Paul Ricoeur muere en 2005.
Poco duran las comunidades por lo general, y de eso tampoco se libró la de Mounier. Pese a todo, en septiembre de 1949 escribe Mounier: “la guerra ha hecho que Châtenay no sea lo que yo había pensado: una unidad de hombres de la misma edad elegidos por amistad y que avanzan sobre la misma línea” (p. 97). Cuando los sabios tienen demasiado ego es casi peor que cuando los sencillos se dejan dominar por un tirano. Humana fragilitas. En estas circunstancias, a los 45 años (1905-1950) muere Mounier, “el padre” de la comunidad. Para los funerales Emmanuel y Paulette no tienen ni un franco, deben incluso dinero a la comunidad. Al final se logra abrir por suscripción una tumba para los miembros de la comunidad, será la tumba de Murs Blancs, esa familia que había elegido Mounier. El 26 de marzo el hoy viejo cementerio de Châtenay-Malabry jamás estuvo tan lleno. Una inmensa multitud se reúne para el último adiós. En la pequeña capilla, codo con codo, escuchan la homilía de Depierre, sacerdote obrero amigo de Mounier. François Mauriac escribe el lunes 27 de marzo de 1950: “aún queda bastante santidad en el mundo para salvar al mundo”. Se enterraba a un gran hombre. Todos deciden por unanimidad crear una asociación para mantener viva la memoria de Mounier, y en 1”52 fundan la Association des Amis d’Emmanuel Mounier y una biblioteca personalista, cuya sede social se instala en Les Murs hasta 2012. Paulette Mounier se dedicará en adelante a tiempo pleno a vivir la memoria de su esposo, era la “viuda profesional’ hasta su muerte en 1993.
Cualquiera que conozca aquella época tiene más fácil la comprensión de la presente. Cuando en 1988 Olivier Mongin pasa a dirigir Esprit, la grandeur de la Francia posmoderna había dejado de ser cultural para convertirse en política, y Esprit también. Mientras la memoria de Mounier se iba desvaneciendo, a partir de los años 1980-1990 Ricoeur -menos enragé socialmente- se había ido convirtiendo sobre todo en un filósofo de referencia en Francia, y en el mundo occidental entero, hasta su muerte ocurrida en 2005: “los nuevos de la revista no juraban sino por Ricoeur y trataban a Mounier y al personalismo con condescendencia” (p. 289) Esprit terminó siendo -y sigue siéndolo- una revista política para expertos en un mundo donde el comunismo es en gran medida capitalismo, el cristianismo es en gran medida ajeno a la causa misma de Jesús y en gran medida aburguesado, a falta de un nuevo sujeto histórico.
[1] Domenach, Lea et Hugo: Les Murs Blancs. Ed. Grasset, Paris, 2021, p. 82. Los autores son nietos de Jean-Marie Domenach, secretario de Esprit.
[2] La primera, Francoise, nació con encefalitis y hubo de ser internada en un instituto especializado hasta su muerte en 1954. Nunca pudo caminar, hablar, ni comunicarse con el mundo.
[3] Domenach, L et H: Les Murs Blancs. Ed. Grasset, Paris, 2021, p. 133
[4] En el presente revival donde los nietos no teniendo nada que contar de sí mismos se dedican a las exégesis progres de sus padres y abuelos muertos, Christophe Donner, que al parecer tiene poco en común con donner le Christ, escribe lo siguiente desde Palermo en su libro L’Esprit de vengeance (Ed. Bernard Grasset, París, 1992): “Olivier era verdaderamente un símbolo de resistencia extraordinario, que llevaba continuamente a los Muros Blancos a los chicos con que se acostaba. Su furor alcanzaba el más alto grado, prácticamente un punto de odio, todo el peso de su vida en esa especie de cólera demente, funesta y dice a Paul Ricoeur, su padre: o ellos o yo. El espíritu de venganza es la energía que mantiene la memoria, una venganza está en el aire y no se borra jamás” (pp. 316-319). Si estos fueron los “símbolos de resistencia”, ¿qué era para ellos lo irresistible, a no ser ellos mismos?