No seré yo el que critique la visita del presidente del Gobierno español a China. Está claro que...
No seré yo el que critique la visita del presidente del Gobierno español a China. Está claro que la alianza predominante de nuestra nación debe ser con los Estados Unidos de América por evidentes razones económicas, ideológicas y geopolíticas, pero eso no quita que convenga a España mantener relaciones fluidas con China, país que bordea ya el liderazgo mundial. Transcurrió allí para mí el exilio al que me envió el dictador Franco por la publicación en 1966 de un artículo en ABC titulado La Monarquía de todos. Montó en cólera, me calificó como “el mayor enemigo del régimen”, ordenó el secuestro de ABC en los quioscos, en los transportes públicos, en los domicilios de médicos y curas de muchos pueblos españoles y me instaló en el exilio. Elegí Hong Kong y eso me permitió conocer de cerca la crecida fulgurante de la China de Mao.
Se podrán criticar los acuerdos de Pedro Sánchez con Pekín si cuando los conozcamos resultaran lesivos para el interés de España y los españoles. Pero no que viaje a China y que procure mantener buenas relaciones con el coloso asiático. Naturalmente que será necesario estudiar en qué ha consistido el fondo de la presencia sanchista en Pekín, pero la conveniencia de mantener amistad fluida con China resulta evidente, a la vista de la situación geopolítica actual en el mundo. Perder la objetividad al juzgar los movimientos de Pedro Sánchez sería un gran error. Parece lógico que la oposición le niegue el pan y la sal, porque en eso consiste en gran parte la política democrática, pero el periodismo es distinto. Hay que criticar a Pedro Sánchez cuando se equivoca, hay que denunciarlo cuando abusa del poder y hay que elogiarlo cuando acierta. El viaje a China resulta, como tal viaje, un acierto. Otra cosa es el contenido de ese viaje, que será necesario analizar cuando dispongamos de suficiente información contrastada.