Una de las asimetrías geopolíticas y estratégicas de Cuba podría ser un elemento que ayude a explicar por qué hasta hoy el presidente Donald Trump ha fracasado en su objetivo de --siguiendo tu lenguaje-- “cenarse” a la isla caribeña: con todo o a pesar de todo, Estados Unidos es una democracia en la que los presidentes duran cuatro o hasta ocho años en el poder, en tanto que La Habana es un régimen autoritario que es gobernado en carne y en espíritu por Fidel Castro desde 1953 en que inició su lucha con el asalto al cuartel Moncada.
La otra simetría es la más obvia: EE UU es un país imperial que se ha dado para sí el “destino manifiesto” de ser el ombligo del mundo y para ello se ha armado como la primera potencia militar del planeta. Cuba, en cambio, exploró con ineficacia la exportación de su revolución y luego se conformó con construir un bloque de alianzas con países progresistas, populistas o revolucionarios a la cubana. En este sentido, la Casa Blanca tiene más que perder que el Palacio de la Revolución en La Habana.
Y la herencia histórica del comandante Castro logró convertir un tema geográfico en un principio geopolítico: la cercanía de Cuba a 90 millas de Florida, un detalle que los estadounidenses se sorprendieron en 1962 cuando descubrieron de existencia de misiles soviéticos ofensivos o militares que estaban terminando de instalar apuntando hacia territorio del sureste americano. Castro siempre supo --y sus herederos también lo saben-- que Estados Unidos no iba a provocar una guerra civil o una guerra revolucionaria en Cuba porque de inmediato contaminaría Florida, y no sólo por la cercanía sino por la presencia de una amplia comunidad cubana en ese estado americano.
Aunque los términos de movimientos militares en modo geopolíticos se toman a partir de una serie de elementos de seguridad que escapan, desde luego, de cualquier intento de análisis intelectual de cuándo Estados Unidos podría engullirse a Cuba, de todos modos hoy se percibe que Estados Unidos carecería de un proyecto de transición para la isla caribeña, que Trump simplemente quiso tener un argumento para decir que el sí y John F, Kennedy derrocaría a los revolucionarios cubanos y habría de colocar a Cuba de regreso al redil estadounidense, que en el pasado, por cierto, no llegó a más allá de un burdel, de un casino y de un país folclórico.
El gobierno del general de Ejército Raúl Castro y del jefe político subordinado Alejandro Díaz-Canel tiene muchos años lidiando voluntarismos negativos estadunidenses en contra del Gobierno de La Habana y también hasta de voluntarismos positivos como el del presidente Obama que quiso ayudar a Cuba a transitar a un país con reglas mínimas de convivencia interna que le ayudarán a que Cuba dejara de ser un dolor de cabeza para Washington.
Cuba están negociando sin negociar desde su posición de fuerza de que una ruptura social violenta interna podría estallar en guerra civil --quizá hasta en modo extremo como Haití-- y que el más afectado sería el Gobierno de Estados Unidos, porque el primer indicio de una ruptura social estaría en la huida de cubanos en masa a territorio estadounidense.
El otro dato que ha beneficiado al régimen de los hermanos Castro ha sido la inexistencia de una estrategia de transición de la comunidad migrante de Cuba en Estados Unidos y el dominio muy evidente de los grupos radicales que no quieren evolucionar a la isla sino que hay aspiran a un acto de venganza en contra del grupo de revolucionarios que los desplazó de su propia tierra.
Inclusive, no se tienen muy claros los pensamientos reales del secretario de Estado, el cubano nacido en territorio americano Marco Rubio, por qué se tiene la impresión de que en su mente política todavía no había avanzado una solución desde sus prioridades para el caso Cuba, pero la segunda victoria de Donald Trump en la presidencia y su posición actual como el encargado de la geopolítica del imperio le cruzan muchos cables que pudieran provocar cortocircuitos o sacar chispas en su carrera --aparentemente adelantada por el propio Trump-- hacia la candidatura presidencial estadounidense para las elecciones de noviembre de 2028, una fecha de la vuelta de la esquina. Y para terminar de enredar las cosas, el propio escenario estratégico de Rubio ha sido desdeñado públicamente por Trump y quedó atrapado entre su origen cubano, su compromiso de rescatar la isla y sus aspiraciones presidenciales, al grado de que el propio Trump medio desdeño el capital político de Rubio al decir que sería un buen presidente de… Cuba.
El primer indicio de que Trump tuvo que recular en Cuba fue la autorización a un buque ruso para entregar energéticos en modo de ayuda humanitaria a Cuba porque los indicios de la CIA estaban hablando ya de violencia callejera de la sociedad que ya no aguanta las restricciones mínimas en las ciudades y el campo y parecería estar dispuesta a pasar de los cacerolazos a rebeliones armadas contra las autoridades oficiales.
Ahí puede interpretarse que estuvo uno de los datos más importantes de la seguridad nacional de Estados Unidos en el sentido de que Cuba podría estar a medio paso de una guerra civil violenta sin control. De la llegada del barco soviético a la fecha, unos cuántos días, el Gobierno de Castro y Díaz-Canel se fortaleció y ahí está como prueba la entrevista con una carga entendible de arrogancia del presidente cubano con una ingenua reportera del programa Meet the Press de NBC News realizada en La Habana. Fueron los días en que Trump se tuvo que distraer con el fracaso de su estrategia en Irán.
Así que podría decirse que el espíritu de Fidel Castro sigue dictando el rumbo político de Cuba.