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TRIBUNA

Cronofobia razonable

domingo 19 de abril de 2026, 18:51h

Eso de no poder bañarse dos veces en el mismo río, con el asunto del cambio climático de por medio, puede ser usado de excusa para desmentirlo. Incluso es posible que ni exista ya una mísera gota de lo que fuera ese río. De esta manera, aquellos que sientan que tienen que luchar, que deben enfrentarse con toda la batería de razonamientos y cabezonerías posibles contra el paso del tiempo, verán recompensada su teoría asegurando que las aguas han sido siempre las mismas, que ese río pretencioso no se ha movido un milímetro de su sitio, jamás, y que somos nosotros, en realidad, los que vamos de un lado para otro con nuestro nado. Nosotros ponemos el curso en él, lo accionamos dentro de él con nuestras vidas, y con las mismas somos los dueños de su detención o su continuidad.

Dicho así, resuena lo peligrosamente funesto. Pero la nueva novela de Diego Garrido, ¡Adelante, Cronófobos! Novela contra el Tiempo (1997-, tiende a escoger la segunda vía, deteniéndose para darle vueltas y admirar o reprochar las claridades y oscuridades de la existencia. De ahí su velada solemnidad, pues en el título están todas las claves: sus exclamaciones por la épica que derramamos, la mayúscula del Tiempo por la respetabilidad que merece, el paréntesis de los años sin cerrar para despejar ideas suicidas… ‘Vivo ansioso por recordar una fecha. La fecha en sí, lo que provoque su marca en el calendario, me importa menos —no vale tanto. ¿Y qué pueden hacer frente a eso los escritores? Poca cosa. Si tu libro es mediocre, y lo lee un tipo, digamos enamorado (el estado de locura más total y perfecta), tu libro podrá ser la suma de todo lo bueno y hermoso que ha habido y habrá en este mundo; si tu libro es genial, y lo lee un tipo triste, mosqueado, o simplemente cansado o incómodo, valdrá lo que vale un libro de youtuber. ¿Cuál es el mejor momento para leer un libro, entonces? No lo sé. Para escribirlo sí: los momentos de llaneza, de neutralidad radical. La literatura no deja de ser una medalla de plata —cuando la chica se va, los libros vuelven. La espera es, me parece, la cosa más creadora […]’, dice al inicio, marcando el tono de las páginas siguientes, en la mezcla-según-su-arte de escenas familiares autoficcionadas, reflexiones literario-filosóficas y curas de insomnio veraniego puestas por escrito, lugar y fecha incluidas.

¡Adelante, Cronófobos! quiere dejar de ser una novela para parecerse a un diario, y cuando lo consigue pasa a ser un cuaderno de notas, y cuando lo consigue pasa a ser un ensayo sobre Leopardi con cierto espacio para Emerson, y cuando lo consigue vuelve a la novela. Garrido maneja con soltura los cambios de espacio y tiempo en su obsesión por acercarse al fluctuar de la memoria sobre los hechos. Al igual que el ejercicio que el protagonista y su hermana llevan a cabo con su abuela para rescatar dibujando los recuerdos últimos por salvar de la enfermedad, estos fragmentos se aferran a ser dejados atrás. Se calca sobre lo dicho y pensado por el placer ambivalente de tenerlos una vez más consigo y después sentir que van a ser devueltos a su corriente. La voz del protagonista se mueve entre la inmadurez asumida, el arrebato letraherido, el narcisismo desaforado y la permeabilidad de los autores que lo acompañan. Leopardi, Joyce, Emerson, Unamuno, además de otros llamados a completar la alineación cuasi futbolística y cronofóbica: Dámaso Alonso, Gabriel Ferrater, Víctor Erice, Josep Pla, etc.

Es uno de los libros más divertidos que se haya publicado recientemente sobre el farragoso asunto del tiempo perdido y recobrado. Fuera de Proust, todo pueden ser zarandajas, pero ¡Adelante, Cronófobos! juega en otra liga. No es la actitud de su autor la de enredarse en una búsqueda eterna que intente explicar y explicarse nuestra persistencia frente al tiempo o nuestro vencimiento por el mismo, y aunque desde las páginas amenace a su editora con que esa sería la naturaleza del manuscrito, el intento vira hacia la realidad moliente. Su independencia en el barrio de Legazpi, su infancia y adolescencia entre el de Retiro y los viajes a Zaragoza o las escapadas a El Segadillo. La vida atribulada del Tío Aníbal, la más descacharrante del Tío Gabriel, su hermana Amanda y sus padres. El gato Lucky, que arranca los párrafos más sinceros sobre el desconsuelo ante la muerte de un ser amado. La ex novia Patricia, la causa de los más lúcidos sobre el intercambio que la narrativa es capaz de hacer para sustituir un sentimiento real por otro que consiga parecérsele. Con independencia del resultado, es todo libro que se precie.

Por esa carga de severidad que el tiempo siempre nos pone sin preguntar, es necesario y comprensible que Garrido se tome así de serio el humor que insuflar a su novela, igual que un Buster Keaton esperando que la fachada de la casa, el hueco del ventanuco, coincida con su ensayada impasibilidad. ‘¿Y qué tengo? Un par de buenos amigos, una familia que me quiere, una estabilidad precaria que depende de la inflación o desinflamación de un Bitcoin y una herida de amor pútrida y desagradable que me avergüenza. No es poco. Está todo más o menos bien’.

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