Aunque Rollo May, uno de los discípulos de Freud a quien tengo en altísima estimación, incurre en el mismo defecto que la mayoría de los psicólogos cuando analizan la noción de intencionalidad, a la que pese a todo conceden un valor central. Ese defecto es que no han estudiado la fenomenología a partir de Husserl, les falta la filosofía. Por eso el propio May llega a escribir: “la intencionalidad también procede del objeto. La intencionalidad es el puente entre ambas cosas”[1].
Sin embargo, los objetos-cosa carecen de intencionalidad, son realidades mostrencas, están ahí sin flujo noético, ni libertad, ni creatividad, ni saben qué son sus propias circunstancias; por el contrario, es el sujeto humano el único que, gracias a su intencionalidad, convierte en deseable a aquellos objetos-cosa a los cuales afronta. Somos únicamente nosotros, los sujetos humanos, los que conferimos estructuras de significación a las cosas, no a la inversa. La intencionalidad no es un puente ni una pasarela neutra entre dos realidades igualitarias, persona y vaso de agua no son dos manos que se estrechan con idéntico sentido reconciliatorio, sino que la energía protensiva y extensiva entre los dos extremos yo-y-cosa corresponde exclusivamente a la intencionalidad del ser humano. Aunque no lo parezca, aquella cesión de la responsabilidad intencional a los objetos cósicos convierte al cosmos en su totalidad en una realidad pensante, según lo desean las cosmovisiones empeñadas en conceder a las realidades astrales, míticas o mágicas un poder de imantación capaz de llegar a determinar la vida personal, tal y como lo hacen los horoscopistas, los aficionados al cabalismo y los todólogos charlatanes. Este animismo difuso y confuso elimina la importancia cualitativa de la persona humana sobre el resto del mundo, transpersonalismo cósmico alienante incapaz de interpretar la realidad humana sin cosificación.
Pero la intencionalidad no es café, copa y puro para todos los invitados al simposio de la razón, la intencionalidad no es tan democrática. Hay dos clases de intencionalidad: la intentio prima que se refiere al conocimiento que tiene la persona de las cosas particulares, y la intentio secunda, los conceptos generales segundos que constituyen el conocimiento por conceptualización. La intencionalidad conciencial humana contiene el sentido de las realidades-cosa, pero éstas son un mero ser-ahí donde las sitúa la mente humana, no un ahí de suyo y por naturaleza, digámoslo sin Heidegger y también contra él. Los objetos-cosa son conformados por nuestras categorías o formas apriori intencionales de conocer. No habría conciencia si la intencionalidad no le prestase sentido, a pesar de las enormes dificultades de las vivencias subconscientes y aun conscientes, casi podríamos decir que la con/ciencia es también sin/ciencia, pero nunca existe en un vacío de sentido, aunque sea ciencia que se busca, en continua modelación y remodelación. No estamos en un callejón de ratas donde los muertos pierden sus huesos.
Dicho esto, la tendencia de la intencionalidad es in/tendencia, procuración de sentido; tender a o hacia es siempre tender para, tender teleológico. El conocimiento es acting Person, razón por la cual toda intencionalidad contiene un compromiso de realización actia, es siempre maestra interior: si no quiero realizar algo no lo conoceré nunca, y si no quiero conocer algo tampoco lo puedo querer, aunque sí pueda desearlo preintencionalmente, pues desear algo no es todavía quererlo, el mero deseo no pasa de ser una querencia infantil, un querer suplantador, una rabieta. El conocer y el querer forman una mancuerna inseparable, lejos de las posiciones dualistas que disocian memoria, inteligencia y voluntad como si fueran tres “potencias del alma”, de ahí las impotencias de esas almitas con dedos de cristal.
La gente acude a los terapeutas para hallar sustitutos de voluntad perdida, más que para reconstruir su memoria ni su inteligencia. Pero conocer es una totalidad que abarca saber, querer, poder, deber, hacer y esperar[2]. Toda persona madura se con/mueve y co/intende. Por tanto, quien se mueve exclusivamente por sensaciones, sentimientos y voliciones no alcanza un nivel de conducta personal y espera que el azar domine su existencia. De donde se desprende que, si no hay que confundir los procesos intencionales con los meramente reflexivos, tampoco con los meros deseos; la intencionalidad volitiva tampoco es el deseo, aunque éste mueva a aquélla, según Aristóteles. Los cuerpos incurvados sobre sí mismos que rechazan la voluntad de otras alteridades no hablan el lenguaje de la intencionalidad. El cuerpo no sólo expresa la intencionalidad, sino que la comunica; si no es voluntad de participación profunda no pasa de una mera descarga biológica instintiva.
Lo que nos daña son los deseos de niño malcriado; el deseo es una posibilidad para la voluntad, sin cuyo ejercicio esta última quedaría abúlica. Yo soy quien tiene los deseos, los deseos no me tienen a mí. Tengo la posibilidad de un in-sight, una vivencia intencional dirigida hacia adentro, y no solamente de impulsos dirigidos ciegamente hacia afuera.
Tampoco es la intencionalidad una cuestión meramente especulativa, aunque no la excluya, sino que supone una respuesta antropológicamente responsable. La intencionalidad desdobla entre el espectador y el actor, como lo subrayó Paul Ricoeur. A diferencia del sentimentalismo barato, la intencionalidad afectiva piensa en el sentimiento experimentándolo genuinamente mediante la acción correctora del mal y la propalación del bien. Cuidar no es pensar en alimentar, sino alimentar. Quien cuida participa en el hecho objetivo, hace algo en la situación, toma una decisión y la ejerce. Y aquí es donde se unen el amor y la voluntad: “en todo acto de amor y voluntad -y en el fondo amor y voluntad están presentes en todo acto genuino- nos modelamos a nosotros y simultáneamente modelamos nuestro mundo. Eso es lo que significa abrazar el futuro”. Hermosas palabras de Rollo May con que finaliza su libro Amor y voluntad.
Nuestras vidas serían charcos estancados si careciesen de intencionalidad. De la riada sólo podría salvarlas el fiat libre y responsable, y no la bancarrota causada por el papirotazo de unos dedos sucios. En este sentido, la vagina de la mujer no es una trampa de oso que se apoderase del pene del varón, ni el hombre una verga devastadora. Muchas veces será necesario ejercer la noluntad o voluntad de negación presente en la voluntad de afirmación. No pocas veces la noluntad aparece como sentido del deber, el cual no tiene tan solo perfil de aguafiestas.
La aminoración o el desmoronamiento de la intencionalidad marca el ocaso de toda vitalidad, individual o comunitaria, ocaso que viene a sustituir obscenamente la malevolencia psicótica del dictador, cruce de animal que confunde ideas con idealidades con resultado de muerte. El héroe neurótico no cumple su voluntad, sino que la desrealiza en su hipertrófico desear. Esa fiera corrupia nunca llega a captar la intencionalidad ajena, su acting out rezuma incomprensión de sentido y genera una creciente ansiedad. No sirven las meras terapias de conducta, es necesaria la psicoterapia integral, pues “participamos en la emoción del futuro en virtud de concebir nuevas posibilidades para convertirlas en actualidad”[3]. Siempre me ha parecido que los ciclicistas para los cuales todo se repite son neuróticos para quienes los hechos pasados ejercen un efecto compulsivo irrefrenable en cadena de repetición predecible en los actos futuros.
A pesar de las tendencias emotivistas al uso -vivimos en una era de in/consciencia y de hiper/voluntarismo irracional salvaje de mérito muy dudoso, que no pasa de ser un entrenamiento sistemático en la indecisión-, el terapeuta, al clarificar conceptualmente la realidad del paciente, lejos de convertirse en un policía psíquico de él y de la sociedad, ayuda palmariamente a la realización del primordio de la salud mental. La intencionalidad del buen querer o bienquerer implica escuchar, distinguir las voces de los ecos. Esta hoja de papel en mi escritorio está esperando el toque mágico intencional que la convierta en escritura comunicativa, carente al menos de la habilidad papirofléxica que adornaba a don Miguel de Unamuno.
[1] May, R: Amor y voluntad. Las fuerzas que dan sentido a nuestra vida. Eds. Gedisa, Barcelona, 1984, p. 182.
[2]
[3] Ibi, p. 79.