Fue justo el día 26 de abril de 1986, cuando el nombre de este punto geográfico en el mapa de la inmensa URSS – en el territorio de la entonces República Socialista Soviética de Ucrania – se hizo a conocer en el mundo entero. Apareció en esta noticia difundida por la “Voz de América”, una emisora norteamericana que emitía en diferentes idiomas extranjeras, entre ellos en ruso:
“Cerca de la ciudad ucraniana de Chernobyl se ha producido una avería en la central nuclear allí instalada, en su bloque número 4 (tenía cuatro en funcionamiento y otros dos se encontraban en construcción), que ha ocasionado la explosión del reactor y la destrucción de las instalaciones de la sala de máquinas, con una fuga a la atmosfera de elementos radiactivos que han contaminado todo el territorio colindante”.
Mientras ninguna emisora, ningún medio de comunicación de la URSS estaba confirmando este notición. Sólo lo hicieron dos días más tarde, cuando ya no se podía ocultar lo ocurrido y todos los gobiernos del mundo se dirigían a las autoridades soviéticas para averiguar qué había ocurrido realmente y cuál era el peligro para la población soviética y de sus vecinos.
La primera que rompió el mutismo fue la agencia oficial de noticias TASS, transmitiendo un escueto comunicado que decía: “Se ha producido una avería en la central nuclear de Chernobyl. Está dañado uno de los reactores. Se están tomando medidas para minimizar las consecuencias de la avería. A los damnificados se les está prestando la ayuda necesaria. Se ha creado una comisión para la investigación de lo ocurrido”.
Así empezó un auténtico culebrón sobre lo que se estaba sucediendo en aquella pequeña ciudad ucraniana con un nombre tan melódico, pero fatídico: “Chernobyl” que significa en ruso la “Negra Realidad”).
Desde el primer momento, tanto las autoridades locales ucranianos, como las del gobierno central de la URSS en Moscú, intentaban ocultar y minimizar la gravedad de esta “avería” que resultó ser una de las más grandes catástrofes tecnológicas producidas por el hombre.
Y aunque entonces ya había empezado la “Perestroika” del nuevo Secretario General del PCUS, Mijail Gorbachov, que en su programa de la apertura política prometió una plena libertad de expresión, “Glasnost” (“transparencia informativa”), ésta todavía no había llegado a todos los rincones del enorme país – sólo había transcurrió un año desde que Gorbachov había asumido el poder – y los dirigentes regionales y locales todavía seguían el hábito de mentir y engañar a su pueblo, practicado en la Unión Soviética durante los 70 años del gobierno comunista.
Esta ocultación de datos y de información real, producida en toda la cadena del mando ejecutivo – desde los jefes de la propia central nuclear de Chernobyl, pasando por las autoridades locales, “republicanos” (de la República de Ucrania), y hasta el propio Gobierno central – ha causado víctimas y daños añadidos que podían haber sido evitados si la información no hubiera sido ocultada y las medidas necesarias se hubieran tomado sin retraso, sin perder el tiempo muy valioso.
La explosión se produjo a las 01:23 el día 26 de abril, pero la evacuación de toda la población de un área de 10 kilómetros alrededor del epicentro de la explosión, que incluía a la ciudad de Pripiat, de 50.000 habitantes donde vivía el personal de la central con sus familias, sólo empezó a las 14:00 horas del día 27 de abril.
Al principio, las autoridades locales propusieron empezar la evacuación de la población en la misma mañana del día 26, cuando los servicios de emergencia, que acudieron a la central fuertemente dañada, comunicaron que los niveles de radiación eran extremadamente elevados. Pero Moscú no autorizó la operación para no “crear la situación de pánico”.
Así que durante todo el día 26 y la parte del 27 la ciudad de Pripiat, situada a sólo tres kilómetros del epicentro de la explosión nuclear, llevó su vida cotidiana. Nadie, excepto el estricto grupo de las autoridades locales, sabía que una invisible nube radioactiva estaba cubriendo la ciudad y sus aledaños, donde vivían cerca de 110.000 personas, y todas ellas quedaban expuestas a una continua lluvia radiactiva: hombres, mujeres, ancianos, niños.
Incluso, cuando ya se empezó la evacuación, a las gentes, “para no crear pánico”, tampoco les avisaron de la gravedad de la situación. Se les prohibía llevar cualquier cosa consigo, prometiéndoles que volverían a sus casas al cabo de tres días, a ninguno de los evacuados se le informaba sobre la existencia de un elevado fondo radiactivo ni se le explicaba cómo protegerse de la contaminación. No volvieron nunca más a sus hogares ya que el perímetro de 30 kilómetros alrededor de la central fue declarado zona inhabitable.
Y todo esto estaba ocurriendo mientras el resto del país y del mundo entero no sabía nada de lo que realmente estaba pasando en Chernobyl. El bloqueo informativo impuesto por las autoridades ucranianas durante la primera semana posterior al accidente fue casi absoluto. Incluso, arriesgando la salud de los millones de sus ciudadanos, las autoridades locales no suspendieron los festejos masivos al aire libre, incluida la manifestación popular en Kiev, frente a la tribuna donde se encontraban los miembros del Gobierno ucraniano, celebrando el día “Primero de Mayo” (Día Internacional de los Trabajadores), que en la URSS era una fiesta estatal. Todo tenía que parecer “normal” (a pesar de los insistentes rumores en contrario) y que no “cundiese el pánico”. ¿Cuánta gente recibió en aquel momento unas altas dosis de radiación, que de una u otra forma afectaron su salud, y que podía haber sido evitado si las autoridades a todos los niveles se hubiesen portado de una forma civilizada y no “soviética”?
Hay que reconocer que varias semanas más tarde el propio Gorbachov dio órdenes de suprimir cualquier censura y la ocultación de la información relacionada con el accidente en Chernobyl. Incluso fue creada una Comisión de Investigación, formada por los expertos soviéticos y extranjeros, cuyo objetivo fue determinar las causas que llevaron a una explosión del reactor en la central de Chernobyl.
Y ¿Cuáles fueron las causas? Pues, vamos a ello.
Las causas principales fueron “sistémicas”, o sea, relacionadas con el propio sistema soviético. Los dirigentes de la URSS, en su afán por alcanzar y superar económicamente a las potencias occidentales para demostrar así al mundo entero la superioridad del sistema social-comunista sobre el capitalista, necesitaban una energía barata y que les permitiese ir aumentando la producción a gran escala.
Sólo la energía nuclear respondía a esas exigencias. Un kilo de uranio en una central nuclear produce una energía equivalente a tres millones de kilos de carbón utilizado en las centrales térmicas. El combustible atómico era más rentable que el petróleo y sus derivados – por ejemplo, el gasoil – o que el gas natural. Así que la URSS apostó muy fuertemente por la construcción de centrales nucleares.
Pero a diferencia de los países occidentales, que también habían visto las ventajas de la energía nuclear, los ingenieros soviéticos, por las exigencias de sus dirigentes, habían elegido entre los diferentes diseños de las centrales nucleares que existían en aquel momento el que era más barato en construcción, en ciclo tecnológico y en mantenimiento. Lo que obligaba a prescindir de los costosos sistemas de control automático de los procesos, apostando por el manual que aumentaba el riesgo del “factor humano”, mejor dicho, el riesgo del error humano.
La tecnología occidental era más sofisticada. Se basaba precisamente en la máxima utilización de los elementos de control automático, con objetivo de reducir la dependencia del hombre. Pero las centrales de este tipo resultaban bastante más caras, incluso exigían la creación de una industria especial para la fabricación de las principales piezas con las que se montaban estas centrales, entre ellas una enorme cúpula de acero de gran grosor, que blindaba el reactor y lo aislaba del exterior. Todo esto necesitaba tiempo y subía costes.
Pero la URSS, por razones económicas, para sacar la máxima rentabilidad de sus centrales y construirlas con más rapidez para cumplir cada vez más crecientes objetivos de los Planes Quinquenales del desarrollo económico del país, había elegido para su red de centrales nucleares, precisamente, el tipo de reactor y de la construcción más baratos aunque mucho MENOS SEGUROS. Lo que precisamente demostró el accidente en la central de Chernobyl, donde fueron ubicados bajo el mismo techo, sin ninguna protección exterior especial, cuatro reactores a la vez. En fin, la propaganda de los grandes logros de la economía socialista estaba por encima del riesgo para las vidas humanas de sus ciudadanos. Muy típico de un régimen totalitario como era el de la URSS.
La central de Chernobyl era la más grande de todas las que estaban funcionando en la URSS y en los países occidentales. Era un orgullo del sector energético nuclear soviético, un símbolo de su poderío y del avance industrial del sistema socialista soviético. El Bloque número 4 era el más nuevo de todos, solo llevaba funcionando unos tres meses.
Pero la buena racha se cambió el día 25 de abril, cuando los técnicos del turno de noche procedieron a unas comprobaciones programadas con antelación y destinadas a mejorar el nivel de seguridad del reactor en una supuesta situación crítica. Durante estas tareas, como el control de varios elementos de seguridad era manual y visual, y cuando los operadores cometieron algunos errores, resultó que en una de las pruebas principales la situación escapó a su control y el reactor explotó.
Tal vez si esas mismas labores se hubiesen hecho en un reactor de tipo occidental, la pérdida del control habría sido imposible, ya que los sistemas automáticos no lo habrían permitido. De hecho, algo parecido se produjo en 1979 en una central nuclear norteamericana en Pensilvania, pero allí no se llegó a una explosión del reactor, precisamente porque la central tenía un diseño más seguro y automatizado.
También en el accidente de Chernobyl hubo fatal coincidencia de varios factores que no tenían relación directa con el mal diseño del reactor, pero uno de ellos otra vez “sistémico” (soviético): las “malas” fechas elegidas para el experimento – justo unos días antes de la celebración de la gran fiesta nacional soviética del Primero de Mayo. Los trabajos estaban programados para el turno de día de 25 de abril, pero la administración decidió posponerlos al turno de noche, ya que la parada del reactor, necesaria para la realización de la revisión y puesta a punto, disminuía en un 25% la producción eléctrica de la central.
En consecuencia, las autoridades locales no permitieron hacerlo durante el día porque esa electricidad era necesaria para el funcionamiento de todas las empresas ucranianas que aquellos días estaban trabajando a tope con objeto de poder cumplir, para finales del mes de abril, en vísperas de la fiesta, con el plan mensual de producción, que era, dentro del “sistema soviético”, de obligado cumplimiento para todas las empresas y organizaciones del país. El “sagrado” Plan debía cumplirse a cualquier coste y la reducción en la producción de energía eléctrica en aquel momento podía impedirlo.
Así que la profilaxis de la central debería hacerse por la noche. Pero en el turno de noche trabajaba el personal de guardia. Eran los técnicos menos cualificados para realizar los trabajos programados, ya que su preparación era menor que la de los ingenieros y científicos que habitualmente trabajaban en el turno de día. Así que, si no hubiera producido este cambio “circunstancial”, ¿quién sabe?, quizás unos profesionales más experimentados habrían podido evitar el desastre que se produjo.
Que la causa del accidente en Chernobyl era “sistémica”, lo confirmó el propio primer ministro, Nikolay Ryzhkov, que presidía la alta comisión operativa formada por miembros del Politburó y del Gobierno para controlar y coordinar todas las labores de liquidación de las consecuencias de la avería: “La avería de la central atómica de Chernobyl no fue una casualidad. La industria soviética de energía nuclear, inevitablemente, iba caminando hacía un suceso tan grave. La avería de Chernobyl fue la apoteosis, el punto máximo de aquel modelo económico que se practicó en nuestro país durante muchos años”. Fue una crítica del primer ministro del Gobierno de la “Perestroika” de Gorbachov, un gobierno que pensaba ir cambiando las cosas en la colapsada economía de la URSS a mediados de los años 80 del siglo pasado.
El daño material, económico, en vidas humanas y a la naturaleza causado por el accidente resultó ser brutal.
Si el edificio de la central nuclear de Chernobyl, donde estaba ubicado el reactor número 4, hubiera tenido una cúpula protectora de acero de gran grosor como blindaje, ella no habría permitido que una gran cantidad del material altamente radiactivo habría sido expulsado directamente a la atmosfera desde el reactor explosionado, contaminando todo alrededor y más allá, grandes territorios tanto en Ucrania como en su vecina Rusia y Bielorrusia, según en qué dirección estaban soplando los vientos aquellos días.
Según los datos oficiales, más de 200.000 kilómetros cuadrados de las tres repúblicas citadas fueron contaminados por la radiación. Casi la mitad de la superficie de España. Más de 5 millones de personas que vivían en las zonas contaminadas recibieron grandes dosis de radiación. Sin hablar de unas 240.000 personas que a lo largo de varios meses, turnando, participaron en las tareas de la liquidación de las consecuencias producidas por la explosión del reactor. Varios centenares de ellos, que acudían a estas tareas durante los primeros días – bomberos, los efectivos de las tropas de emergencia del ejército – recibieron unas dosis mortales. Con el tiempo, más de 4.000 personas murieron de cáncer provocado por la radiación recibida.
El coste global para la economía de la URSS alcanzó la astronómica suma de 80.000 millones de dólares. Para una economía en profunda crisis y en el pleno proceso de reorientación a una economía más abierta y menos centralizada, fue un golpe durísimo y tuvo un fuerte efecto negativo para todo el programa de las reformas liberalizadoras de Mijail Gorbachov. Fue una auténtica bomba atómica a la “Perestroika”.
También fue el primer golpe duro a la imagen de la energía atómica como una alternativa más rentable y más “limpia” a las energías basadas en los combustibles fósiles, proclamadas “altamente contaminantes” por los falsos ecologistas de los movimientos “verdes”, con el apoyo de los partidos y gobiernos de izquierdas en la mayoría de los países europeos. De tal manera que, con el tiempo, en estos países, que al principio habían apostado por la construcción masiva de las centrales nucleares, finalmente, decidieron a reducir su número y más tarde, incluso, a prohibir por ley la construcción de nuevas centrales nucleares.
Esto obligó a apostar por unas energías renovables – mayoritariamente eólicas y fotovoltaicas –, con unos enormes costes, que llevaron a una enorme subida de los precios de la energía en los países occidentales, encareciendo la producción de sus productos y la perdida de la competitividad ante el resto de los países, como China e India, que seguían utilizando a tope las energías basadas en los combustibles fósiles (petróleo y carbón). España se convirtió en el líder mundial de esa política antinuclear y la sigue aplicando, incluso, cuando hoy en día los altos dirigentes de la Comunidad Europea están reconociendo como un grave error la suspensión de la energía nuclear en la estructura de la producción de la electricidad en los países comunitarios.
La otra lección importante de Chernobyl que quisiera resaltar es que ha demostrado claramente que la energía nuclear en manos de los países autoritarios, donde las decisiones de su uso se toman por un reducido grupo de los gobernantes, partiendo de los intereses ideológicos, políticos y propagandísticos, sin control riguroso y constante por los organismos internacionales competentes, puede presentar un grave riesgo no sólo para las poblaciones de estos países, sino para las del mundo entero. La nube radiactiva de Chernobyl dio una vuelta al mundo, dejando sus huellas en Asia, Europa y América.
Con eso termino. Para los que quieran conocer más detalles de aquella “negra realidad” de Chernobyl, recomiendo mi libro La caída del Imperio Soviético (Editorial ACTAS, Madrid, 2021). En él cuento con todos los detalles, algunos muy poco conocidos hasta el día de hoy, lo sucedido, ya que en aquellos días me encontraba en Moscú y pude ser testigo presencial de todo el desarrollo de la catástrofe de Chernobyl.