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TRIBUNA

Seleccionar a los votantes

Martín-Miguel Rubio Esteban
sábado 02 de mayo de 2026, 09:07h

Cuando uno llega al poder por los votos – una forma aristocrática de arribar – es porque ha convencido y persuadido al cuerpo electoral de que es la mejor opción. El que la persuasión haya usado de la mentira, el pucherazo y el soborno es otra cosa en la que aquí no queremos entrar, porque demostraríamos quizás que el voto personal no es tan personal y está condicionado por los demás y por la psicología histórica del pueblo al que uno pertenece. Pero también se puede llegar al poder con los votos de un cuerpo electoral de adictos, previamente seleccionado. Es lo que está llevando a cabo el camarada Sánchez con la escandalosa y perturbadora “españolización” de más de un millón de extranjeros; cada uno de su padre y de su madre, pero que estarán vitaliciamente agradecidos al camarada Sánchez, que ha estirado la hermenéutica de la Constitución hasta deshilachar las hojas que la componen, que ya eran bastante incongruentes y confusas algunas de ellas. Tener un millón de votos más en un país sociológicamente de centro-izquierda es prácticamente garantizar que la izquierda ganará las elecciones durante un largo ciclo. Se trataría de despatriotizar la patria para convertirla simplemente en un botín particular. Ahora bien, la desfachatez que supone construir el cuerpo electoral de acuerdo a partir de los afectos y desafectos de los votantes supone jugar con las cartas marcadas, pero no es ninguna originalidad. Sánchez nunca ha sido un creador político, sino que ha practicado siempre un desaprensivo eclecticismo oportunista. Ya un partido ( “hetaireia” ) ateniense en el 411 a. C., tras el desastre del viejo general Nicias en Sicilia, consiguió que una casi vacía y abatida Ekklêsía cambiase la Constitución, para seleccionar un nuevo cuerpo electoral. A este nuevo gobierno se le llamó el de Los Cuatrocientos. Afortunadamente para la Democracia Ateniense duró menos de un año. Lo mismo ocurrió en Roma entre el 91 y el 88 a. C., durante la llamada Bellum Sociale, o Guerra de los aliados itálicos ( socii ), que exigían la concesión de la ciudadanía romana, también exigida por los “populares” en la propia Roma, que eran la izquierda de entonces, conocedores de que tal concesión supondría el triunfo de los populares en los comitia centuriata, los comitia tributa y, naturalmente, en los concilia plebis, pues sabían que aunque muchos extranjeros pertenecerían a las dos primeras clases, de las cinco que había en Roma, y que de esas clases salían la mayor parte de las centurias electorales, estaban convencidos de que incluso las oligarquías de las ciudades aliadas votarían a los populares por agradecimiento, sentimiento noble, sin duda, pero que mal gestionado te puede convertir en lacayo. Aquello trajo dos dictaduras igualmente sangrientas, la de Mario primero, y luego la de Sila. Los extranjeros acabarían irrumpiendo por entre los montones de escombros de aquellas 193 centurias electorales hiriendo de muerte a la República.

Electoralmente hablando toda España, España entera, ya es un burgo podrido, “rotten borough”, por seguir con la denominación que en la época del Primer Ministro Robert Peel se daba a aquellos distritos electorales que representando a muy pocos ingleses pesaban más en el Parlamento que un millón de escoceses. Y este millón de inmigrantes nacionalizados por vía de urgencia, re urgenti, serán el burgo de bolsillo, pocket borough, del camarada Sánchez. El pillo y tramposo de Luis Bonaparte, protagonista del espléndido libro de un Marx aún joven, El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, y muy parecido sin duda a nuestro “tôvarich” Sánchez, iba cambiando el cuerpo electoral según las circunstancias; de “enragé” republicano a emperador corrupto. Al menos el Segundo Imperio puede ser recordado por el gran Ministro de Educación que fue Víctor Duruy. No hay artería novedosa en el camarada Sánchez. Lo único llamativo es su megalómana desfachatez ilimitada, acrecentada por su posición cómoda y facilona, pero a la larga irresponsable, ante la estúpida guerra montada por Donald Trump, otro narcisista de aúpa.

Debemos cuidar nuestra ciudadanía con celo, como yéndonos la vida en ello, no por dinero ni interés económico, sino porque nuestro carácter nacional, nuestra identidad cultural, nuestro ser nacional, depende de que España siga siendo una nación de hijos de españoles. Me repugna cierta derecha que sólo ve peligro en esta bárbara inmigración por razones procedimentales y de posibilismo, porque ponga en peligro nuestro estado del bienestar, por el empeoramiento de la crisis de la vivienda, o de la de la Salud y de la de la Educación, cuando la cuestión es mucho más vital, de vida o muerte de la soberanía de los verdaderos españoles. Esa cierta derecha no es genuinamente patriótica, sino que participa de esa plutocracia hipócrita que me recuerda a las prostitutas de Corinto que describe el gran Aristófanes: “De las cortesanas de Corinto se dice que si por ventura es pobre el extranjero que las solicita, no le prestan atención alguna; pero si es un extranjero rico, en seguida le presentan el culo”.

En la Democracia Clásica Ateniense la nacionalización de extranjeros era prácticamente imposible. Sólo podía llegar a ser próxeno – amigo de la pólis – y poseer una fracción de suelo ático – que sólo la podían poseer los ciudadanos – un evérgeta; esto es, aquel extranjero que había hecho un gran beneficio a la pólis a sus expensas o por su actuación en política exterior en provecho de la pólis. Apenas conocemos el nombre de cinco evérgetas. Y el extranjero que hiciese la “gracia” de introducirse en la Asamblea del pueblo era condenado a muerte. Los atenienses, que eran la sociedad más abierta de entre las griegas, se tomaban muy en serio eso de que su política fuera auténticamente autóctona. “Autóctono” quiere decir etimológicamente el que ha nacido del propio suelo, “chthôn”, un mito que acaba sencillamente significando lo que hoy, originario del país. Sánchez quiere hoy destruir la autoctonía como base de la nacionalidad española. El mayor crimen contra la patria que se pueda imaginar. Joseph de Maistre sostenía que “todos nacemos déspotas”, y es la familia, la escuela, el trabajo, la religión y, en general, la sociedad la que nos va desdespotizando. Sánchez es irreductible. Y, finalmente, decía Turgot que “si la barbarie iguala a todos los hombres, el progreso está basado en la desigualdad de las naciones”.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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