El fiscal jefe anticorrupción del Tribunal Supremo, de algún modo, se ha rebelado contra Teresa Peramato por su intromisión, desconcertante para él y humillante para ella, de prohibir la rebaja de pena de Aldama por colaborar con el tribunal. En realidad, por esclarecer los turbios enjuagues del Gobierno de la supuesta organización criminal. Luzón ha sorteado el veto impuesto por la fiscal general acogiéndose al artículo 25 del Estatuto Orgánico del Ministerio Fiscal que establece que “el fiscal que reciba una orden o instrucción concerniente al servicio y al ejercicio de sus funciones, referida a asuntos específicos, deberá atenerse a las mismas en sus dictámenes pero podrá desenvolver libremente sus intervenciones orales en lo que crea conveniente al bien de la justicia”. El fiscal anticorrupción, así, se ha reafirmado en sus conclusiones finales al solicitar al tribunal aplicar a Aldama la atenuante cualificada por su colaboración, relevante y veraz que ha permitido desentrañar buena parte de la supuesta trama de corrupción del Gobierno durante la pandemia. Y el tribunal puede asumir dicha atenuante de oficio y rebajar aún más la pena del empresario por mucho que despotrique la fiscal general y patalee Sánchez. Literalmente, Luzón ha declarado que, “si no se recompensa a quienes salen del entorno criminal y lo denuncian, la ley del silencio se impondrá en las investigaciones de corrupción". Y, quizás para contentar a la fiscal general del Estado y apaciguar al presidente, ha añadido que “Sánchez no era el numero 1 de la trama”, como declaró Aldama.
Pero lo más preocupante para el presidente, que se encuentra desquiciado por su inquietante situación penal visto lo visto en el Supremo, es que Aldama, en lugar de arrugarse como Peramato, está dispuesto a morir matando, a llegar hasta el final, perdidos al río, y denunciar con pruebas los todavía innombrables abusos del presidente. Pues guarda numerosos documentos que piensa sacar a la luz para demostrar las tropelías e ilegalidades que presuntamente ha cometido Sánchez en el Gobierno y en el PSOE. Desde los atracos petroleros en Venezuela hasta los turbios enjuagues en Marruecos. O desde los pucherazos en las primarias del partido hasta los que estaría urdiendo para las elecciones generales. Colecciona ingentes pruebas del rescate de Air Europa, con Zapatero en primer plano, del cupo de Hidrocarburos, con la sonrisa histriónica de Montero, y de más colaboradores necesarios de la trama. Y también guarda una pista decisiva para descubrir los montones de basura que esconde bajo las alfombras de La Moncloa.
Pedro Sánchez no sabe con quién se la está jugando. Aldama no es un dócil ministro que traga carros y carretas con tal de seguir en su pomposa poltrona. Es un tahúr peligroso, un ejecutivo implacable que dispara con artillería pesada y que ahora pretende que el presidente sufra en sus carnes el daño que le hace al intentar prorrogar sus años de cárcel por pura venganza.
Peramato, en fin, deja atrás su falsa pose de independencia, acata cobardemente la orden del mandamás y se une al núcleo duro de los que maniobran para politizar y asaltar la Justicia impuesta por Sánchez, Delgado, Garzón y compañía. Aldama, en cambio, nada tiene que perder. Pero Sánchez, además de salir por la puerta de atrás de La Moncloa se arriesga a entrar por la puerta grande de Soto del Real. El presidente debería haber calculado mejor. Por mucho que se crea todopoderoso, puede dar con sus huesos en la cárcel si Aldama aporta las pruebas que dice tener. Pues, según sus allegados, guarda cargas de dinamita que podrían derribar la torre de marfil donde habita el autócrata.