Hace escasos días, los medios de comunicación informaban del fallecimiento del que fuera primer lehendakari de la Comunidad Autónoma Vasca, Carlos Garaikoetxea. Hombre formado, de origen burgués -por lo tanto urbano- el pamplonés unía condiciones que, a la vez, generaban tanto la suspicacia como la admiración en unos y otros sectores del partido fundado por Sabino Arana. No era rural, como se acostumbra en esos pagos, y era navarro, lo que acercaba al PNV a acariciar el sueño de una Euskadi peninsular completa, paso previo para la conquista de los tres territorios del País Vasco-Francés, cuestión esta última que se antojaba harto más complicada.
Mas allá de la lucha protagonizada por el desaparecido dirigente nacionalista por la centralización del territorio en cuestión, contestada por el foralismo que, a la postre, se impondría sobre su proyecto, y más allá también de sus desplantes políticos o de sus deserciones (no está clara su actitud respecto del 23-F), todos los obituarios que he leído señalan que fue hombre de trato cercano y amable. En mi relación con él puedo, desde luego, corroborar esta afirmación.
Pero este comentario se refiere a la ocasión en la que le conocí (tiempo después coincidí con él en el Parlamento Vasco). Volvía yo de Madrid una tarde del mes de julio de 1983, cuando mi madre, que esperaba mi regreso, me indicaba su propósito de que fuera con ella a Tolosa, localidad guipuzcoana en la que ETA había secuestrado al hijo de su primo, Antonio Limousin, empresario de Papelera Tolosana, que en el momento de la acción terrorista se había ofrecido a intercambiarse por su padre, cuya edad y estado de salud agravarían sin lugar a dudas las difíciles condiciones a las que se vería sometido en un zulo etarra.
Acepté, sin dudarlo ni un segundo, la petición de mi madre y nos dirigimos a Tolosa. A nuestra llegada, un miembro de la familia Limousin, después de saludarnos, nos informaría de que estaban esperando la llegada del lehendakari. Ante nuestras indicaciones de que tal vez querrían ellos recibir a Garaikoetxea de manera privada nos dijeron que no existía problema alguno con nuestra presencia en la casa, porque nosotros formábamos parte de la familia.
Los Limousin son gente sencilla. Nada tenían que ver con los empresarios de chistera en la cabeza y humeante cigarro puro en la boca que dibujan algunos caricaturistas. Su vivienda estaba separada de la fábrica por un patio medianero, como resultaba habitual en muchas industrias guipuzcoanas.
La visita discurría con la cordialidad característica y la pesadumbre que caracteriza a estas difíciles circunstancias, hasta que mi madre pedía permiso a la familia para decir “dos palabras” al lehendakari. “Lo tienes”, aseguraron los Limousin.
Llegaría el representante institucional que, después de saludar a los asistentes y de preguntar por las últimas noticias que tenían del secuestrado, recibía las palabras de mi madre, que ya no pudo -ni quiso- contenerse. No en vano, ETA había asesinado en marzo de 1980 a Enrique Aresti, socio de mi padre, por haberse opuesto a la legalización de una correduría de seguros propiedad de Herri Batasuna, cuyo presidente sería el portero del Athletic y de la selección nacional -paradojas de la vida- José Ángel Iríbar. Se daba la circunstancia de que la sede provisional del Gobierno Vasco se encontraba entonces en la Diputación de Vizcaya, al otro lado de la Gran Vía, en la que vivía el asesinado. Garaikoetxea no tuvo el gesto humananitario de cambiar de acera y manifestar su pésame a la familia, contentándose con enviar a Sagrario Mina, su mujer, a cumplimentar ese encargo.
Sublevada con ese recuerdo, mi madre emprendería una carga dialéctica inmisericorde en contra del lehendakari, ante la satisfacción de la familia más próxima que nunca se habría atrevido a tanto. Garaikoetxea realizó una muy pobre defensa de su posición. Afirmó que les habían llamado “de todo” a los terroristas y, llevado por la ola de las críticas que estaba recibiendo, llegaría hasta a anticipar una especie de organización anti-terrorista como las que, años después, el gobierno socialista y el PSOE articularían a través de los GAL.
Era evidente que no habrían montado un sistema parecido porque, al contrario de las afirmaciones del lehendakari en esa tarde del mes de julio, ETA y el PNV jugaban en el mismo equipo, unos dando leña y otros marcando goles. Lo mismo que ocurre ahora, cuando los asesinos -o sus conmilitones- de Aresti o los secuestradores -o sus compañeros de banda- del joven y valiente Limousin salen de las cárceles amparados por el gobierno nacionalista de los tiempos modernos. Un gobierno que ya no preside un navarro procedente de la burguesía de Pamplona sino un joven nacido en la margen izquierda de la vizcaina ría del Nervión, que fuera punta de lanza del socialismo obrero, procedente -el actual lehendakari- de una familia carente de orígenes nacionalistas, un nacionalista neófito, eso sí, ferviente, como ocurre con todas las hornadas de los conversos.
Aunque los de Batasuna se siguen llamando Otegi, y los de ETA Josu Ternera, Txeroki, Anboto…
Pasan los años, se van algunas personas… pero el paisaje humano y político no cambia.