Wether it be in West (Asia) or North (America) the journey varies little in essential plot.
“Carretera asfaltada de dos direcciones” (1971) es un film revelador de lo que representa la existencia profunda fenoménica en Estados Unidos de América y que se puede trasladar a través del viaje mítico transcontinentalmente hasta cruzar un estrecho en otra inmensidad.
Dos personajes cuyos nombres son simbólicos (los actores sin embargo eran conocidos cantantes) van por una carretera interestatal (route 66) sin más consideración que la conducción, sin apenas cruzar palabra y participando de vez en cuando en carreras de apuestas para la financiación de su viaje en un Chevrolet gris y usado pero dotado de un motor de combustión de mucho cuidado.
En un momento dado (casualmente como suele suceder casi siempre) en el camino emprendido the two freaks encuentran a un rival fácil de batir (easy rider?) con quien acuerdan jugarse el coche (the pinks) para quien llegue antes al punto final en su misión de atravesar no el Golfo Pérsico sino un vasto continente de capital a capital.
Hasta Ormuz, aunque alejado en el espacio (eso no importa demasiado transculturalmente) han llegado los barcos de guerra norteamericanos, donde hay igualmente una carretera para el tránsito internacional mercante que dispone de dos direcciones (una para salir y otra para entrar) y por donde circulan a raudales los tank oils, aunque ahora con sus respectivas tripulaciones estén allí atrapados sin poder pasar.
¿Una carretera en el mar para atravesar un cuello de botella (chokepoint) es lo más antitético a la gran carretera por la que van the driver and the mechanic por mitad de America septentrional? No, no hay periclitaciones en las comparaciones si son legendarias las (di)visiones.
Un TSS (Traffic Separation Scheme) divide el estrecho de Ormuz en dos carriles (two lanes, two miles each) separando el tráfico de entrada y de salida para evitar colisiones; un sistema establecido por la OMI (Organización Marítima Internacional) en 1968 que sigue siendo la referencia mundial, aunque ahora esté en suspenso y los barcos prefieran la ruta que les ofrece Irán o la tutela estadounidense.
Esa existencia que se autorepresenta como camino revestido más conspicuo por su contenido que por su continente no resulta más evidente en su proximidad que en la lejanía. La película bituminosa que al final se consume delante del espectador que aturdido se tiene que levantar y marchar de la butaca del cine, representa la emulsión del soporte intemporal.
El estrecho de Ormuz está considerado jurídicamente como un estrecho de paso en tránsito internacional cuya condición principal consiste en estar situado en el mar territorial. El paso del cuello de botella que se estrecha en su parte más ancha y condiciona el traspaso solo supone un camino (puede que a ninguna parte) carente de regulación específica y que se considera incluido en el sistema previsto en la Ley del Mar.
El paso por el estrecho, como en la película de culto estadounidense, tendrá un final abrupto y a ese efecto nos resultará de utilidad la metáfora fílmica, si bien las dificultades marítimas que ofrece en la práctica son tan notables que su control militar se torna casi una imposibilidad.
Se pueden establecer líneas y planes (lanes and schemes) y también tener la aprobación internacional, pero no es lícito imposibilitar el paso con minas o con gravámenes fiscales. El TIS de Ormuz de doble vía alcanza por igual a lo peculiar y a lo trascendental porque en el pasaje internacional de un estrecho por mar (que todavía es más mítico) está antes lo existencial que lo esencial.