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TRIBUNA

Ratas, haberlas, haylas

Juan José Vijuesca
miércoles 13 de mayo de 2026, 19:18h

No me gustan las ratas. No entiendo nada de este repulsivo roedor; ni falta que me hace. Es más, al tratarse de un sórdido animalito, me produce una sensación de bajos fondos con esa atmósfera oscura y sucia de siniestros callejones y cloacas expulsando humo en blanco y negro. Es complicado opinar acerca del hantavirus a partir de este punto.

Una cosa conduce a otra: como no soy virólogo ni epidemiólogo, es mejor que me calle y espere. Lo que sucede es que, con un simple parpadeo, los platós de televisión se han llenado de tertulianos polivalentes que tienen conocimiento sobre la mala fe de las ratas y su repugnante comportamiento social. A partir de ese momento, el diálogo se centra de nuevo en la erótica de la opinión exprés, donde se habla tanto del proceso de apareamiento de los ratones como de la fecundación in vitro de la medusa Carybdea marsupialis o avispa de mar.

Lo malo de todo esto es que vuelve a comparecer Fernando Simón y con él regresan los fantasmas del pasado con la alteración exacerbada de los adentros, causante febril de aquella agitación masiva para comprar papel higiénico. (Por cierto, fenómeno sociológico aún pendiente de razonada explicación). El inexplicable episodio del coronavirus, tan inhumano como maléfico, nos hizo reflexionar sobre la materia y la espiritualidad de lo que somos como especie; al menos eso creímos mientras sufríamos la devastación y el severo confinamiento de aquellos 99 días de condena. Sin embargo, la condición humana es un verdadero enigma y lo acontecido dio paso a lo que somos a pesar de los pesares: una especie que siempre espera de la vida lo que se anhela y que rara vez llega o lo hace tarde.

Seis años después del covid-19, nos visitan otros virus que parecen salir de factorías diversas. Perdón por el sarcasmo, pero quizás sin tantos virus a nuestro alrededor, no seríamos capaces de sobrevivir. Y lo digo porque ante cualquier dolencia corporal, el comodín del virus casi siempre entra en escena. La situación vírica que vive el mundo actual, cuando no es una rata, es un pangolín o tal vez un experimento detrás de otro nos afecta a todos por igual. No obstante, debieran preocuparnos estas sobreexposiciones escénicas alrededor de la salud universal que, bajo la bandera humanitaria, se adoptan ciertos postureos con fines bien diferentes. Es de ley hacer las cosas como requiere el deber de buenos samaritanos, faltaría más; ahora bien, la crisis del MV Hondius y el hantavirus se nos está vendiendo como una gesta memorable cuando cualquier país avanzado como España lo puede resolver sin grandes problemas.

Recurrir al humor del momento es cosa muy seria, pero no me negarán ustedes que esto de los virus nos coloca de nuevo ante el dicho coloquial de que “más vale reír que llorar”, porque estamos en manos de un destino que puede ser tragicómico, según sea el precio de mercado. En cualquier caso, estos aconteceres les sirven a algunos o algunas para venderse ante las cámaras, haciendo valer su ejemplaridad ante la adversidad. Aquí no duelen prendas si ello sirve para tapar otros agujeros de mayor enjundia o aprovechar el tirón mediático para empolvarse la nariz y asegurar poltrona en el circo político de las vanidades. Por supuesto que no niego la mayor; si el hantavirus viene de nalgas, pues ya sabemos que en España nunca hay razones para alarmarse, hasta que explota el drama.

El caso es que un barco de origen argentino con bandera holandesa y cargado de virus ha llegado a Canarias para mayor gloria de cuantos viven de la loa; eso sí, mientras que para la ocasión se han desplegado todo tipo de medidas profilácticas, los cayucos cargados de inmigrantes irregulares del más allá entran a cuerpo gentil sin mayores controles y al grito de ¡Viva Pedro Sánchez! Que, a fin de cuentas, es el pagafantas de la movida; pero a cargo de todos los españoles.

Lo de ser más bueno que nadie es digno de elogio, pero no estaría de más bajar la fiebre de convertir España en el nuevo paraíso perdido de Shangri-La, aquel lugar mítico y utópico creado por el escritor británico James Hilton. Al mismo tiempo, las ratas del hantavirus, transitando por el espacio Schengen, en nada que hayan desembarcado en Canarias. Porque aquí, ratas haberlas, haylas, pero no todas son de cuatro patas.

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