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TRIBUNA

Marciano Capela y la inmortalidad de la cultura clásica

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 15 de mayo de 2026, 17:51h

La lectura de ese sublime epítome y compendio de todo el Mundo Clásico que son Las nupcias de Filología y Mercurio, de Marciano Capela, nos muestran que Roma no fue más que un puesto avanzado de la Grecia en el Occidente. Cuando la familia de los Fabios acabó finalmente de conquistar la muy resistente ciudad de Veyes, Roma consagró ya entonces ( siglo V a. C. ) al Apolo délfico el diezmo del botín conquistado, lo que revela la conciencia que tenían los romanos de pertenecer a la comunidad helénica. El Parnaso es aquel conjunto de montes que aún contiene la alternativa mejor de la humanidad, con sabor a cordero lechal. ¡Ya quisiéramos muchos, bendecidos por los dioses benevolentes, ser trasladados a aquella época y a aquellos parajes tan continuamente visitados por los seres celestiales que eran ya habitantes de ellos! En esta obra, en la que la desviación amorosa de la norma usual del latín es osadamente máxima, toda la Antigüedad se nos revela, y con ello su misterio, fundamento de este mundo y remedio único para las graves heridas de este mismo mundo vulnífico. Se nos revela en el fondo y en la forma ( satura menippea o prosimetrum, en la que una variadísima gama de metros expresa con gran soltura el fondo de una humanidad inmortal ). Roma ha sido la civilización helénica en continua marcha. Pagano rezagado como Macrobio, Marciano Capela es el último fulgor del mundo antiguo. Tras la caída de Roma, Cartago vivió bajo el reinado vándalo, iniciado por Genserico, un breve renacimiento o despertar, egérsimon, de la Cultura Clásica, y es en este corto periodo en donde se elaborarán Las Nupcias de Filología y Mercurio. Aquellos bárbaros de Europa – “nuestros bárbaros” - no tienen nada que ver con los miembros de esa algarabía que no sale a la calle sin cuchillos asesinos. Su desaforado barroquismo alejandrino y su energuménico saber enciclopédico convierten a esta obra en algo "inopinum intactumque" y todo un Larousse medieval. Al reducir a siete las nueve artes liberales del polímata Varrón, quitando la Medicina y la Arquitectura, Capela abriría el plan de estudios medieval, con su trivium y quadrivium, y criado a los pechos de los más representativos textos clásicos supo apurar en tales pechos la bebida de la inmortalidad clásica, immortalitatis poculum. El dios Mercurio, Hermes, Mayúgena o Cilenio, dios del secreto en el Renacimiento con Giordano Bruno o Francesco Colonna, se quiere casar con la doncella terrenal de Filología, destinada a las estrellas, doncellita de esforzadas vigilias, delicada perseverancia, de continuos ejercicios paléstricos y de inalterable palidez por sus nocturnas elucubraciones, siempre acompañada de sus dilectas criadas Diligencia e Insomnio, y pide permiso a su padre tonante, y éste, tras solicitar el consejo de su mujer y de su hija Atenea, convoca a todos los dioses a un sidéreo estrado para tratar la cuestión. Hasta el contrato nupcial de los propios dioses sigue la Ley Papia-Popea. Allí nos aparecen dioses prácticamente desconocidos y que no aparecen en los grandes repertorios mitológicos, como el de Higino. Todo un numeroso pueblo de dioses paliados. Así, aparece la diosa Neverita, el oscuro dios, lucífugo, Semo Sanco, relacionado con los juramentos, Veyovis, o los dioses Azonos, que no viven en el cielo. En el ínterin Marciano Capela relaciona los números con las consonancias musicales, dando lugar a una página de hondura matemática. Las Nupcias de Filología y Mercurio son una isla, un paradeísos persa, en donde reposar de la mediocérrima locura de un mundo pilotado por la IA. Los zapatos de Filología están hechos de papiro trenzado, el material del que se hacen los libros. La madre de Filología es Phrónesis, esto es, la sabiduría prudente, la sensatez o la sobriedad, lo contrario a la ebriedad. Por eso en griego al ebrio, al antónimo del borracho, kátoinos, lo llamamos émphrôn. El buen filólogo debe trabajar siempre con esa sabiduría prudente. El texto puede ser sublimemente dionisíaco, pero su análisis exige una atención apolínea. Apolo o Delio y Dioniso son complementarios, y por eso ambos habitan en Delfos, cada uno en su época respectiva. Las Nueve Musas adoran a Filología y cada una de ellas le hacen un encendido encomio, porque ella es su mejor aliada y quien garantiza el valor de la creación. Los comentarios filológicos se convierten así en sagrados escritos. Nos enseña Filología que a cada uno de los mortales los dioses asignan un Genio como patrono y timonel, a fin de que proteja las empresas de cada hombre. Esto es, el Ángel de la Guarda es una idea no sólo del mundo semita, sino también de la cultura grecorromana. A estos los griegos los llamaron démones y los romanos Medióximos, o dioses intermedios. Del mismo modo que el divino Dante describió todas las regiones del Infierno, Purgatorio y Cielo, así también nuestro Marciano Capela también expone todos los sectores del Universo y sus respectivos habitantes. Y nos es absolutamente seguro que Dante Alighieri tuvo que leer Las Nupcias de Filología y Mercurio. Toda la obra está poblada de símbolos, rebosante de signos crípticos, que la hacen una selva apetitosa para semiólogos de la categoría de Julia Kristeva. Quizás sea el libro con más hápax de la Antigüedad, lo cual lo convierte en un verdadero tesoro léxico. Aparece también la doncella Gramática, explicándonos que la oración puede enseñarse en tres pasos, a saber: a partir de las letras, de las sílabas y a partir de las palabras. Nos enseña todo tipo de apofonías y fenómenos fonéticos que se dan, sobre todo, en latín. Reflexiona sobre la -a de neutro singular en griego, y de neutro plural en latín. Nos recuerda cómo el emperador Claudio inventó la letra antisigma para representar los sonidos de los grupos consonánticos /ps/ o /bs/, pero no para /ks/ ni /gs/, pues que el latín ya tiene /x/.

Vivimos tiempo duros en que la fría IA intenta sustituir bárbaramente a la bella mortal inmortalizada de la Filología, y una de sus principales actividades más útiles era la traducción; pero ahora esta noble y artística labor la realiza la IA, en la que parecen caben todas las instrucciones que para una recta traducción dictaba el insigne profesor Valentín García Yebra en sus dos tomos de Teoría y Práctica de la Traducción. Ya no es que el pobre traductor deje de pertenecer al digno subproletariado intelectual, con sus cinco euros por página, sino que la IA lo hace innecesario, un instrumento inservible retirado ya al oscuro mechinal en el que se guarda también el Mundo Clásico. El mundo hodierno vomita los Erasmos, Vives, Melanchthons, Vallas, Polizianos, o Bentleys. ¡Qué felices tiempos aquellos en los que aún uno podía disfrutar entre nuestros queridos bárbaros de los tesoros del Mundo Clásico bajo la lira de ocho cuerdas tañida por el vándalo Genserico!

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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