Aristóteles: “entendemos por retórica la facultad de teorizar lo que es adecuado en cada caso para convencer”[1]. Cicerón, máximo orador romano, como Demóstenes en Grecia, proponen la quintipartición de la retórica. El discurso debe componerse del exordium que prepara a los oyentes para el contenido del discurso de la manera más favorable al orador. La inventio es una labor de investigación del orador consiste en hallar pruebas, argumentos y ademanes pertinentes de acuerdo con las palabras. Si lo consigue, el auditorio devendrá benévolo, atento. La narratio relata cómo ocurrieron los hechos. La divisio parte el discurso en dos segmentos; el primero dice en qué se está de acuerdo o en desacuerdo con los adversarios, el segundo dice de forma breve lo que se va a relatar. La confirmatio da convicción, autoridad y respalda a la causa que se defiende por medio de argumentos. La conclusio cierra el discurso triplemente; primero, recapitula los argumentos de todo el discurso, luego provoca la indignación del auditorio, y finalmente la lamentación para conmoverlo: “el supremo orador es aquel que al pronunciar un discurso convence, deleita y conmueve el ánimo de los oyentes. Es un deber persuadir; deleitar, un regalo; conmover, una necesidad”[2].
En cuanto a la preparación del orador, Cicerón menciona la literatura, fuente de la elocuencia perfecta, la filosofía, madre de todas las buenas acciones y palabras, el derecho civil para defender con pericia las causas privadas, y la historia de Roma para aportar testimonios históricos elocuentes de los antepasados[3]; además, recuerda que Caton, el mejor retórico de la educación, definía al orador como vir bonus dicendi peritus, hombre experto en el decir bueno y sabio, no sólo con una aptitud excepcional para hablar, sino también con las virtudes del alma entera[4].
El libro Sobre lo sublime, de autoría dudosa en torno al siglo I d.C., cifra en cinco las características necesarias para alcanzar la sublimidad estilística, de las cuales es la primera y más importante el talento para conseguir grandes pensamientos, y la segunda la pasión vehemente y entusiasta, ambas innatas. Las demás se alcanzan gracias a la formación de figuras de pensamiento y figuras de dicción, junto con la noble expresión, a la que pertenecen la elección de palabras y la dicción metafórica y artística[5].
El estilo es el orden y el movimiento que se pone en los pensamientos. Escribir bien es pensar bien y a la vez sentir bien, tener a un mismo tiempo ingenio, alma y gusto, pues el estilo presupone la reunión de todas las facultades intelectuales. Sólo las ideas forman el fondo del estilo. La armonía de las palabras es sólo lo accesorio y depende de la sensibilidad de los sentidos; basta con un poco de oído para evitar las disonancias y ejercitarlo y perfeccionándolo con la lectura de poetas y oradores. Además, nunca la imitación ha creado nada; así, esta armonía de las palabras no forma el fondo ni el tono del estilo y se encuentran en escritos vacíos de ideas. Sólo las obras bien escritas pasarán a la posteridad, no el caudal de los conocimientos, la singularidad de los hechos, o la novedad misma. Si no pasan sino de nimiedades, si están escritas sin gusto, sin nobleza y sin talento, perecerán porque los conocimientos, los hechos y los descubrimientos se arrebatan fácilmente, se transfieren e incluso mejoran cuando son empleados por manos más hábiles. Estos son exteriores al hombre, en cambio, el estilo es el hombre mismo. El estilo no puede ni arrebatarse, ni transferirse, ni alterarse; si es elevado, noble, sublime, el autor será admirado en todos los tiempos, pues sólo la verdad es duradera y hasta eterna. Un estilo bello lo es por el número infinito de verdades que presente. Todas sus bellezas intelectuales, todas sus relaciones son verdades tan útiles -y posiblemente más preciosas- forman el fondo del tema”[6]. Para Georges Louis Leclercc, conde de Buffon, la precisión expresiva era una virtud cardinal, cuya Historia universal resultó uno de los grandes éxitos del siglo XVIII, por encima de la Enciclopedia, y cuya Historia del hombre, según Darwin, trató el origen de las especies antes que nadie, pasando en 1753 a formar parte de La Academia Francesa con su Discours sur le style, cuya lectura concluyó, contra las costumbres de la época, con una nutrida ovación por los asistentes, y Luis XV le otorgó en 1773 el título de conde.
Según Buffon, quienes escriben como hablan, aunque hablen muy bien, escriben mal; quienes se abandonan al primer arranque de su imaginación toman un tono insostenible; quienes temen desperdiciar los pensamientos aislados, fugitivos y en distintas ocasiones escriben trozos sueltos, no los reúnen jamás sin transiciones forzadas, ésta es la razón de que haya tantas obras hechas de retazos y tan pocas fundidas de un solo golpe: “nada se opone más a lo naturalmente bello que el trabajo tomado para expresar cosas ordinarias o comunes de una manera singular o pomposa; nada degrada más al escritor. Lejos de admirarlo, nos causa lástima por haber empleado tanto tiempo en hacer nuevas combinaciones de sílabas para no decir sino lo que todo el mundo dice. Éste es el defecto de los espíritus cultivados pero estériles; usan palabras en abundancia, pero no ideas; trabajan sobre las palabras y se imaginan haber combinado ideas porque han combinado frases y haber depurado el lenguaje cuando lo han corrompido al torcer el sentido de las acepciones. Estos escritores carecen de estilo, no tienen sino su sombra. Aunque el estilo debe trabajar los pensamientos, ellos no saben sino trazar palabras. Con el desprecio de todo lo que no sea más que brillo y una repugnancia constante por lo equívoco y lo cómico, el estilo tendrá gravedad y hasta majestad. En fin, si se escribe como se piensa, si se está convencido de lo que se quiere persuadir, esta buena fe para consigo mismo -que hace la honestidad para con los demás y la verdad del estilo- le hará producir todo su efecto, con tal de que esta persuasión interior no se caracterice por un entusiasmo demasiado fuerte, con más razón que vehemencia”[7].
Por mi parte disfruto al mismo tiempo a Góngora y a Quevedo, el cual, desde su enconada oposición al culteranismo y con su propio conceptismo, consideraba el defecto y la debilidad como los constituyentes esenciales del ser humano. Lo malo es que él mismo compró la casa de Góngora arruinado por las deudas de juego: no vivió en ella, pero pisó el alto orgullo de éste. En Quevedo falta la ternura, su alma era un hervidero de pasiones alimentadas por su desgraciado físico. A cambio, hubo de soportar el libelo El tribunal de la justa venganza, erigido contra los escritos de don Francisco de Quevedo, maestro de errores, dotor en sinvergüenzas, licenciado en bufonerías, bachiller en suciedades, catedrático de vicios y protodiablo entre los hombres. Para mí, el estilismo manierista controlado desde las redes sociales y las fábricas de moda, a pesar de su cacareada creatividad, no pasa de ser imitación masiva de alaridos y excentricidades. La carencia de urbanidad potencia la agresividad y la violencia. El verdadero estilo, sin embargo, le es inherente a la persona educada. Menos da una piedra.
[1] Aristóteles, Retórica, Editorial Gredos, Madrid, 1990, p. 173.
[2] De optimo genere oratorum I, 3.
[3] Cfr. Quiñones, J: La enseñanza de la retórica grecolatina en Nueva España durante los siglos XVI y XVII. Universidad Nacional Autónoma de México, México 2012, p. 13.
[4] Institutiones oratoriae, I, Proemium y II 24, 12.
[5] Sobre lo sublime. Editorial Gredos, Madrid, 1979, p. 158,
[6] Buffon, G-L: Discurso sobre el estilo. Universidad Nacional Autónoma de México, México, 2017, p. 19.
[7] Ibi, pp. 26-27.