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TRIBUNA

La supremacía inmoral de la izquierda

martes 26 de mayo de 2026, 20:37h

El Comando de Información Sincronizado, cuenta con que el afín no da crédito a jueces instructores fascistas y se nutre de la escaleta que proporcionan diariamente RTVE y la SER. El fin de la inocencia llegó por sorpresa al izquierdista cuando la reputación del íntegro Zapatero se desintegra de un solo golpe al confirmar la plataforma de PRISA que la instrucción no procede de un juez Peinado ni de un querellante ultra y es ratificada por el telediario oficial de la tropa Intxaurrondo. Aunque se disfrace como intromisión de la CIA en el sistema judicial para castigar el “no a la guerra”, ya no cabe restablecer la integridad del maleante. Caído su pedestal, al sanchismo no le queda más acomodo que culminar el golpe de Estado que viene sigilosamente incubando estos años para desenlace de la legislatura. Necesitaría un pucherazo que la internacionalización del juicio por corrupción impulsa tanto como le dificulta al sanchismo llevarlo a la práctica, pues pone en evidencia que es la única puerta de salida para Sánchez.

¿Por qué llamar moral a un referente inmoral? Nunca hubo nada ejemplar en Zapatero ni en la izquierda que le apoya haga lo que haga. ¿Por qué regalarles el oído con el atributo de “supremacía moral”? Profesar que se trabaja para todos para ejercer con más tranquilidad lo contrario de lo que se predica, muestra infamia moral, no supremacía. Feijóo hace un pleno cuando dice: “hay que estar podrido moralmente para leer el auto y salir a dar apoyo a Zapatero”. El izquierdismo es tan inmoral que promueve simultáneamente valores contradictorios: feminismo y burka, antirracismo y antisionismo, igualitarismo y teocracia, pacifismo y yihadismo. La guerra santa del pacifismo progresista.

El izquierdismo escuda su resentimiento por el fracaso comunista tributando una moral pública. Revestir de supremacía lo público sobre lo privado no cambia que el desempeño público sirva al interés privativo del que lo gestiona. Tildar lo público de “moralmente superior” es la coartada para disculpar la inmoralidad cuando se mete la mano en la caja. “Supremacía moral de la izquierda”, es un eslogan que disfraza la maniobra demagógica de engatusar al ciudadano crédulo haciéndole creer que el socialismo consiste en quitar al que más tiene para repartirlo entre quien tiene menos con el fin de igualar las oportunidades. Anteponer lo público a lo privado es el barniz que moraliza el latrocinio. Meter mano en la hucha común es más inmoral cuando el que la mete se aprovecha de la ventaja que obtiene el servidor público por estar encargado de que no se meta. El sistema democrático aborda la corrupción presumiendo que lo importante es limitar las posibilidades de meter la mano, arbitrando procedimientos para impedirlo, dividiendo los poderes, desechando que haya “supremacía moral” al aceptar ser responsable de la moralidad pública. La supremacía moral no se presume, se demuestra.

Se dice que la corrupción desgasta poco porque la alternancia justifica que “toca a los nuestros”. Es la actitud útil a una política que, como la marxista, busca deslegitimar la alternancia democrática. Destruido el PSOE por la corrupción el problema actual es no disponer de sustituto para una alternancia digna. La caída de la socialdemocracia europea no ha sido propiciada solo por la floración de populismos extremistas. No se hubieran extendido de no haber sido incitados por la desilusión de un respaldo popular que asoció la rapacidad recaudadora a la superioridad moral socialdemócrata. El ciudadano se dejaba esquilmar en la confianza de que el socialdemócrata distribuye ejemplarmente sin pérdida de productividad. La opinión pública fue perdiendo su confianza al comprobar que no existen ideales que descontaminen de la corrupción. Lo que acabó con el carisma de Felipe González fue la corrupción. Lo que acabó con Rajoy fue la corrupción. La corrupción acaba con Sánchez. Lo que más anima a la renovación electoral es la decepción que suscita el corrupto cuando queda marchita su presunción de honradez. La prueba de que la corrupción cala en el electorado explica que, quien más la predica para ganar una moción de censura, es el que más se esfuerza en esconderla cuando toca su turno. Ni la eficacia ni la presunción ni el dogmatismo marxista evitaron la purga del socialismo en Francia, Alemania e Italia. En España la derecha ha purgado penal y electoralmente su latrocinio, mientras que la izquierda, amparada por la “supremacía moral” de su ideal, sigue pendiente de pagar la deuda contraída por corrupción. A menos que el sanchismo consiga subvertir el Estado de Derecho, todo apunta a que el PSOE en trance de pagarla, deja sin sustituto a la alternancia. El problema del futuro es evitar el pucherazo y gestar un recambio.

El político no es corrupto por definición, sino porque todos somos igualmente propensos a corrompernos al oficiar de políticos o de ciudadanos. ¿Supremacía moral de la izquierda? Esta expresión reviste a la izquierda de una ventaja que en la línea de salida cuenta con la presunción de inocencia. Cuando la presunción llega a la meta se encuentra con que Rodríguez Zapatero, Ábalos y Santos Cerdán estaban en el pelotón de salida. Al ministro Bolaños, de justicia, le falta explicar en que se distinguen ahora la presunción de inocencia de Zapatero de la de Sánchez Cerdán y Ábalos. En la meta donde se refugian el ministro, Sánchez y el sanchismo, aguarda a todos la misma presunción.

En el arte de la guerra Sun Zu sugiere que una retirada a tiempo evita una derrota segura, consejo que siguió Napoleón, no Sánchez, que hizo de sus cuatro días de retiro una estratagema para afianzar su control. Dilapidó su oportunidad. El electorado sabe que aflorar la gestión del pasado es ridículo cuando el aspirante ya ha pagado electoral y penalmente su deuda. Recurrir al oscuro pasado para no ceder el precio que toca pagar por la corrupción presente es una artimaña que va devaluando su argumento. La corrupción se paga en las urnas, en los juzgados y en la cárcel. Frente al “tu más” la evidencia del “yo menos”. González, Rajoy, Barrionuevo, Rato, Bárcenas, pagaron sus cuentas. Toca a los corruptos actuales saldar la suya.

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