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Auge y crisis de la Revolución Cubana y el triste destino de los Castro, visto por García Márquez

Carlos Ramírez
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carlosramirezhhotmailcom/14/14/22
miércoles 27 de mayo de 2026, 19:50h

Sea cual sea el resultado de la estrategia del presidente Donald Trump para engullirse a Cuba en un tercer intento —después de la invasión por Bahía de Cochinos en 1961 y de la Crisis de los Misiles en 1962—, lo cierto es que la Revolución Cubana perdió muy pronto su esencia social e idealista y derivó en una dictadura personal férrea desde el instante mismo en que alcanzó el poder el 1 de enero de 1959.

La Revolución Cubana inició exitosamente con el asalto frustrado al Cuartel Moncada en 1953, se coronó con el discurso histórico de autodefensa de Fidel Castro encarcelado por ese suceso y conocido como “condenadme, no importa, la historia me absolverá” y su simbolismo duro hasta el 26 de julio de 1959 —a los 6 meses de la toma del poder— cuando el comandante Fidel arrestó al comandante Huber Matos en el Palacio de la Revolución, mientras en la plaza principal de La Habana se celebraba festivamente la gran victoria de la Revolución y tenía como testigo nada menos que al general Lázaro Cárdenas del Río, expresidente mexicano que siempre apoyó al castrismo.

El problema de Cuba se localizó en la falsa decisión para resolver el gran dilema histórico: la Revolución Cubana como gesta de batalla pero también como propuesta de Gobierno frente a la necesidad de institucionalizar desde temprano a esa Revolución pero ya en la figura del Estado cubano como forma de Gobierno.

Los comandantes revolucionarios se comportaron en el Gobierno como si fueran todavía la guerrilla de Sierra Maestra. El modelo de Gobierno se empantanó cuando los guerrilleros no supieron gestionar la administración pública y operaron como si fuera una guerrilla rural en estructura administrativa del Estado. El intelectual francés Régis Debray resumió en uno de sus ensayos históricos lo que debía hacer la tarea de la Revolución Cubana: “Revolución en la revolución” o la revolución permanente de Trotski, y Fidel Castro ejerció el poder como comandante guerrillero y no como jefe de Estado.

A 73 años de distancia del inicio con el asalto al Cuartel Moncada, al Gobierno de Cuba y a sus gobernantes —Fidel antes y hoy Raúl— se les pueden aplicar las primeras líneas de la novela El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez, por cierto la única obra literaria el Premio Nobel que Fidel Castro nunca permitió que circulara en el territorio revolucionario cubano por hablar mal de los dictadores. En pocas palabras se dibujaba lo que hoy pudiera ser la imagen de la Cuba abandonada de sí misma:

"Durante el fin de semana los gallinazos se metieron por los balcones de la casa presidencial, destrozaron a picotazos las mallas de alambre de las ventanas y removieron con sus alas el tiempo estancado en el interior, y en la madrugada del lunes la ciudad despertó de su letargo de siglos con una tibia y tierna brisa de muerto grande y de podrida grandeza. Sólo entonces nos atrevimos a entrar sin embestir los carcomidos muros de piedra fortificada, como querían los más resueltos, ni desquiciar con yuntas de bueyes la entrada principal, como otros proponían, pues bastó con que alguien los empujara para que cedieran en sus goznes los portones blindados que en los tiempos heroicos de la casa habían resistido a las lombardas de William Dampier. Fue como penetrar en el ámbito de otra época, porque el aire era más tenue en los pozos de escombros de la vasta guarida del poder, y el silencio era más antiguo, y las cosas eran arduamente visibles en la luz decrépita. A lo largo del primer patio, cuyas baldosas habían cedido a la presión subterránea de la maleza, vimos el retén en desorden de la guardia fugitiva, las armas abandonadas en los armarios, el largo mesón de tablones bastos con los platos de sobras del almuerzo dominical interrumpido por el pánico, vimos el galpón en penumbra donde estuvieron las oficinas civiles, los hongos de colores y los lirios pálidos entre los memoriales sin resolver cuyo curso ordinario había sido más lento que las vidas más áridas, vimos en el centro del patio la alberca bautismal donde fueron cristianizadas con sacramentos marciales más de cinco generaciones, vimos en el fondo la antigua caballeriza de los virreyes transformada en cochera, y vimos entre las camelias y las mariposas la berlina de los tiempos del ruido, el furgón de la peste, la carroza del año del cometa, el coche fúnebre del progreso dentro del orden, la limusina sonámbula del primer siglo de paz, todos en buen estado bajo la telaraña polvorienta y todos pintados con los colores de la bandera".

Si se revisa con cuidado el Plan Cuba de Trump, no hay la intención —como la declaró respecto a Irán— de desaparecer a una civilización con un país que se niega a las prácticas occidentales democráticas. Los primeros indicios reales señalan que Trump y Marco Rubio quieren sólo recortar la parte más brutal de la dictadura que ha impedido actividades individuales políticas y económicas y que tiene más de mil cubanos presos en las cárceles por demandar elecciones libres y que saben que no ganarán pero que ayudarían mucho a sentar las bases de una democracia incipiente.

La utopía de Fidel Castro sigue vigente en Cuba: un Camelot tropical donde no circulen los aires de una sociedad occidental con reglas mínimamente democráticas. El modelo Castro tiene a su favor que tardaría mucho cualquier intento de construir una oposición que pudiera acercarse —ya no se deja ganar— al poder plural. En Cuba se sigue aplicando el dogma del Che Guevara sobre “el hombre nuevo”: un ciudadano que piense como socialista y que se olvide de tentaciones de la democracia occidental.

La Cuba de los Castro no tiene vuelta de hoja: primero muertos como socialistas, que vivos en una democracia con oposición viable.

Carlos Ramírez

Maestro en Ciencias Políticas

Periodista, Maestro en Ciencias Políticas, columnista político desde 1990, director del Centro de Estudios Políticos y de Seguridad Nacional S.C., director del portal indicadorpolitico.mx

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