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VICENTE ZABALA DE LA SERNA: LITERATURA TAURINA EN HOMENAJE A UN TORERO DE ÉPOCA

sábado 30 de mayo de 2026, 17:57h
Vicente Zabala de la Serna es, en la crítica taurina, la expresión de la belleza por medio de la palabra...

En plena temporada taurina con la primera plaza del mundo abarrotada de aficionados, este artículo fue reproducido íntegramente por Google y comentado en las redes sociales y en las tertulias de radio y televisión. Apareció en El Cultural, revista de referencia en la vida intelectual española. Su autor es Luis María Anson, Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades. Para conocimiento de los lectores de El Imparcial, publicamos el artículo a continuación.

Vicente Zabala de la Serna es, en la crítica taurina, la expresión de la belleza por medio de la palabra. Escribe a la verónica con insólita perfección. Sabio de los toros, se muestra capaz de condensar su profundo conocimiento de la fiesta en una crónica periodística de escasas líneas. Es objetivo en el juicio, moderado en el adjetivo, brillante en la metáfora, profundo en el entendimiento del toro. Ortega y Gasset, en el libro Paquiro o de los toros que no llegó a publicar, consideraba imprescindible para entender al homo hispanus la reflexión sobre la corrida de toros y su raíz espiritual y religiosa. Pablo Picasso, primer nombre del arte universal en el siglo XX, afirmaba que era la fiesta del arte y el valor, muestra de la cultura popular española.

Memoria de Morante (Debate ediciones) es un libro definitivo sobre uno de los grandes toreros de la Historia. Para Zabala de la Serna, el mejor, si bien conviene considerar que no se puede juzgar a los diestros del siglo XIX y primeros años del XX porque no existen testimonios cinematográficos que nos permitan conocer cómo toreaban Paquiro, Lagartijo, Guerrita o El Espartero. Está claro, en todo caso, que un crítico tan sagaz como Zalala de la Serna, un escritor de tanta calidad como el autor de Ya nadie dice la verdad, se encuentra deslumbrado por el fulgor de Morante de la Puebla.

Subraya Zabala el “valor sobrehumano” del maestro y afirma que estamos ante un “torero gallista que se explica por Belmonte”. Y recuerda una frase certera de José Bergamín: “El mayor arrojo proviene del temple”.

He tenido ocasión de acompañar a Belmonte reiteradas veces en las Ventas, durante los últimos años de su vida antes de que decidiera suicidarse. Apenas hablaba. Sentenciaba. Elogiaba al torero cuando sabía parar, cuando conseguía templar, cuando demostraba su capacidad para mandar. Morante ha estudiado a fondo lo que hacían los grandes toreros de otras épocas. “O es tradición, o no es nada”, asegura Zabala. Y añade: “Morante culmina una evolución de doscientos años de historia y treinta de trayectoria propia. Es un gallista que se explica por Belmonte”. “Todo es rito en él”, concluye el gran crítico, entroncando con el origen religioso de la fiesta de los toros, tan certeramente estudiado por Álvarez de Miranda y Gonzalo Santonja. El torero oficia el sacrificio del altar. Pero no es el sacerdote, sino la sacerdotisa. “Aun a riesgo de ser lapidado -dictaminó un escritor de todos conocido- hay que reconocer la feminidad del torero. En la corrida de toros la virilidad está representada por el toro, no por el torero. El torero significa la feminidad, subrayando en todo caso su valor viril y su masculinidad personal. Pero no se puede entender cabalmente lo que ocurre en la arena sin plantear este principio básico que se evade de la frontera religiosa para empaparse de sexualidad”. En las imágenes que engrandecen el templo de Knossos, son las sacerdotisas las que lidian a los toros. “Esa taurokathapsia cretense -rito y sexo a la vez- perdura sin duda, aunque de forma imprecisa, en nuestras corridas y así lo subrayó Alfonso X el Sabio en el siglo XIII. El extranjero que acude por vez primera a la fiesta se siente muchas veces solicitado por una corriente religiosa y erótica, que lo electriza. Es un sentimiento impalpable, pero hondo y real”. Hemingway lo hizo notar con gran penetración, aunque sin explicarlo. La mujer se esponja en el tendido. Y parece como si de la arena y del sol se levantara una llamada a la voluptuosidad. Es, tal vez, el encuentro con la sangre, con las gotas de vida que le resbalan al toro por la callada piel. La bestia añora entonces la soledad de sus campos, sus campos de arcilla y de hierba, y eleva un mugido inmenso sobre la media luna de los pitones para amedrentar a las sombras, a la noche, a la muerte que llega.

Extraordinario libro, en fin, este que acaba de publicar Vicente Zabala. Enriquece la literatura taurina y demuestra por un lado el conocimiento profundo que de los toros y los toreros tiene el escritor. Y a la vez su capacidad para contarlo todo desde la permanente belleza literaria de su escritura.