Yo de casi nada sé algo, más bien podría decir que de algo sé casi nada, y no sólo eso, sino que me pregunto por casi todo, pero a la manera de los filósofos y los aspirantes a ello: “-¿qué piensas? Para eso eres filósofo. -¿Yo? Yo matizo”. Y al matizar me atizo a mí mismo, pues de las fábricas de la filosofía han salido muchas botellas de sidra, sin que entre una sola manzana, no sé si esto tendrá que ver con que en el mundo padezcamos trastornos emocionales mil doscientos millones de personas. En cualquier caso, de todo esto no se libró ni Ovidio, que en su Ars amandi se pronuncia con tanto hipérbaton como sigue: “amor es un no sé qué, viene por no sé dónde, le envía no sé quién, se engendra no sé cómo, sed contenta con no sé qué, y se siente no sé cuándo, mata no sé por qué, y finalmente, sin romper las carnes de fuera, nos desangra las entrañas de adentro”. El mundo está lleno de aspirantes a Ovidio, así que cuando me dicen: “a ver si algún día nos vemos con calma”, yo respondo: “¿para qué? –“¡hombre!, para un intercambio de ideas”, yo redarguyo mientras emprendo la huida: “no, no, yo saldría perdiendo si acepto tu caos eidético, y eso sí que no”. Soy ahora uno de los tantos que ya no quieren ser más, y eso por la fuerza de los hechos, que son más sin más. En efecto, cuando el diputado Ortega y Gasset subió al estrado para dar uno de sus sesudos discursos, en el hemiciclo se oyó la voz de Indalecio Prieto: “atención, habla la masa encefálica”. Lo frecuente es lo contrario. Como es bien sabido, un diputado le gritó desde su escaño a José María Gil Robles, que estaba en uso de la palabra: “su señoría es de los que aún usan calzoncillos de seda”. Gil Robles replicó: “desconocía que la esposa de su señoría fuera tan indiscreta”. Eso sí que es saber demasiado; ahora, como sólo tengo la voz de un cuervo en el hemiciclo parlamentarios extraparlamentario, me sugieren; “no la chifles, que es cantada”. Por gallofero que haya creído ser, no soy un gallo de oro: devorar la vida espiocha en mano no, gracias.
A los cuervos que han criado, algunos hijos les han sacado los ojos. No estoy seguro de que esto mismo no pueda predicarse de los hijos de algunas personas; de hecho, está creciendo una barbaridad el número de hijos desheredados en aquellos países donde la herencia es un derecho. Los hijos que no aman a sus progenitores, ni les agradecen nada de lo hecho por ellos, para recibir por la vía rápida la herencia a la que se creen derechohabientes les van quitando de en medio de mil maneras. En respuesta pre/póstuma, algunos padres desheredan a sus hijos con las cuencas vaciadas mientras entonan desoladoras canciones de ciego, y en este sentido traigo a colación la siguiente cita: “el hombre se mata trabajando por sus hijos, por darles de comer, por juntarles una fortuna, y con tal ciego tesón no resulta infrecuente ver a padres honradísimos deslomarse en negocios de moralidad equívoca con la obsesión de testar en favor de su prole. Contra hijos tan animaloides me alegra el proceder de esos padres que quieren a sus propios hijos partícipes de los bienes de la tierra en igual grado que a los hijos de los otros. Para la redención de esos míseros esclavos que se llaman padres de familia tenemos un beneficio innegable en la destrucción de la herencia. Aunque los hijos no lo crean, eso vale tanto como concederles la libertad, la facultad de vivir por sí mismos a que tienen derecho los seres humanos”[1]. Te matas por ellos y ellos te matan, así que muera la herencia que mata. ¡Cómo será la cosa! Dentro de la orden franciscana fuertes discusiones entre los celantes defensores de la pobreza radical, y los claustrales partidarios de una pobreza mitigada terminó en cisma.
Los padres se desloman para que sus hijos hereden. La herencia desorbitada es injusta, aunque se entregue por amor, por lo tanto, no debería de ser un derecho. Pero la mala educación sentimental de algunos hijos entraña la carencia de sentido social, donde casi nadie piensa en el bien común de todos los hijos de todas las familias, así que me complazco en reproducir estas palabras: “si son escogidas a voluntad de cada uno, ¿no habrá profesiones que no quiera nadie, como son todas las molestas y las inmundas?, ¿quién, pudiendo ser catedrático, preferiría los bajos oficios de barrer las calles o limpiar las letrinas? Hoy parece violento que un pocero de alcantarilla pueda obtener mañana la dignidad del hombre. Pero imposible ¿por qué?, ¿quizás no es un hombre el pocero de hoy?, ¿acaso no es más útil, con su olor a estiércoles, que el perfumado haragán? Creo que no puede darse un modo más gentil y lógico de unificar la profesión más baja de todas con una de las más brillantes. Enseguida se vería a un limpiador de comunes bañarse, perfumarse y quedarse por la vía rápida convertido en un elegante sportman. Entre mi limpiabotas y yo media hoy gran distancia intelectual y de aptitud; pero llévese a un hijo mío y a otro del limpiabotas al mismo colegio desde los dos hasta los veinte años, ¡y quién sabe de parte quedará la desventaja! Lo probable es que no hubiese más genios ni talentos asombrosos, por serlo todos.
Según los tiránicos caprichos de la Moda, unas veces se lleva el amplio miriñaque combinado con el tormento del zapatito pequeño y otras la delgadez modernista con el potro del corsé y el reinado anémico del vinagre; y en las orejas siguen nuestras mujeres clavándose los brillantes y rubíes, como las salvajes oceánicas, y en las muñecas siguen luciendo argollas de oro, como las esclavas egipcias, y en los escotes siguen brindando los senos condimentados con perlas, como las cortesanas de Roma. Cada moda que llega es recibida con hostilidad, pero impone otra violencia nueva: se acoge con burla al primer polisón resucitado, al primer gabán de vuelo, y dos años después lo ha aceptado todo el mundo con tan general abdicación del sentido estético y de la voluntad, que los trajes ceñidos pasan a ser tan cursis e imposibles como las chupas de la Edad Media. Ahora bien, el lujo sin la moda perdería su razón de ser, que se cifra en la ostentación de la variedad; la millonaria elegante que de pronto sustituye el raso por el terciopelo y el brillante por la esmeralda lo hace porque ha visto que todas las burguesas llevan ya rasos y brillantes parecidos, más o menos falsos pero de apariencia idéntica y de igual efecto ‘embellecedor’; en su afán de singularidad, se pasa a la extravagancia (claveles verdes, escarabajos vivos y tortuguillas exóticas, perros espantosos). Una titiritera o una cómica cubiertas de talcos y brillantinas y cristales puede estar tan bella como una reina que lo sea; una friolenta notaria puede estar tan abrigada en un blanco boa de pieles de conejo, como una emperatriz rusa; el lujo pasará a la categoría de histórica salvajada con sus terciopelos, con sus brillantes, con sus ridiculeces, con sus crueldades. Si hoy muchas mujeres son gatas de salón, princesas tristes y cloróticas, muchachas histéricas y modernistas de interesante belleza enferma, mañana serían guerreras valkirias. Esto respecto a nuestras bellas, porque respecto a nuestras campesinas, son muecas de la belleza ajada en flor por el hambre, por la suciedad y por la fatiga: las infelices son viejas a los veinte años, sin haber sido jóvenes jamás. Dicho esto, una mujer será libre cuando no necesite al hombre para mantenerse. Únicamente así podrá amar y ser amada por el amor mismo”[2]. Bravo por este young adult.
Bergamín no era precisamente un Adonis. Un día, en un debate en la Audiencia, el abogado rival le dijo: -el señor Bergamín, en este proceso, se ha presentado con dos caras. Bergamín le contestó: -¿pero su señoría cree que si yo tuviera otra cara me presentaría habitualmente con ésta?”. Pues lo que se arregla conversando nunca se arregla del todo, pero lo que no se arregla conversando no tiene remedio alguno. Eso.
[1] Trigo, F: Socialismo individualista. True World of Books Dehli, 2021, p. 77.
[2] Ibi, pp. 93-94.