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Novela

Scott Preston: Donde mueren las bestias

miércoles 03 de junio de 2026, 01:16h
Scott Preston: Donde mueren las bestias

Traducción de Diego de los Santos. Impedimenta. Madrid, 2026. 298 páginas. 22,95 €.

Por Aránzazu Miró

Donde mueren las bestias es una novela sobre el arraigo, en la que se cuenta una forma de vivir un lugar, la pertenencia: esa visión idílica de lo rural que casi todos contrastamos desde lo urbano. Con una historia, la de un conjunto de seres que viven por y para la montaña, las granjas y la cría de ovejas para la producción de lana. «Estoy contando esta historia –nos dice el narrador, el protagonista, a manera de memorias– sobre los que nos pasó, sobre personas que murieron, y la cuento como si hubiera sobrevivido a ella. Algunas partes de mí sí sobrevivieron, pero hay otras muchas que llevo a cuestas, rotas, esperando a que las entierren con el resto».

Mejor que cualquier guía de viaje, recorremos con Steve la zona montañosa de Cumbria, al nordeste de Inglaterra, lindando con Escocia y el mar de Irlanda y esas cumbres a manera de cerros que llaman fells. Y la cría de ovejas como forma de vida. La soledad de la granja. «Solo entiendo de ovejas herdwick, no quiero otra cosa. Las herdwick, con esa cabeza blanca que pide nieve y el lomo hecho para absorber el mes de enero». «Los habitantes de los fells son simpáticos como el que más. Tan simpáticos que, si ven tu casa en una ladera rocosa, construyen la suya lo bastante lejos como para que tú no los veas a ellos».

La soledad, la vida, el arraigo, las tragedias como la epidemia de fiebre aftosa y la soledad y el alcohol y las drogas y los planes para prosperar, aunque sea mediante robos, de todo eso habla esta novela, en la que hay una historia de amor y arraigo y una manera de entender la realidad: «Cuando trabajas la tierra, no mueres como los demás. Nada de lo que haces está pensado para durar más de un año, y lo único que dejas atrás son tus herramientas». El ciclo del campo, el ciclo anual.

Donde mueren las bestias cuenta las soledades compartidas de una familia y uno más. Y sitúa la vida en sus circunstancias. Y avanzada la lectura, la avaricia lo complica todo y empiezan las aventuras con robos, peleas, huidas, sangre y muertos. Y una investigación y un juicio y un período de prisión para uno de los personajes y la recomposición de la unidad familiar que en realidad acaba en descomposición.

Es una lectura en la que lo inesperado te captura. No sabes bien de qué va, y fluye, te va adentrando. Steve, el protagonista, que es un ser que piensa, y que nos regala muchos de sus pensamientos, sabe enfocar el proceso de narración de la historia, sabe introducir de repente episodios del pasado que nos van dando pistas, sabe hacer que nosotros enlacemos. Y con él pasamos frío, y desamor, y dolor físico. Y con él contamos los capítulos como si hiciéramos el recuento de ovejas junto a un viejo pastor en su variante dialectal. «Los pensamientos están hechos de aire –nos dice Steve–; los míos se consumieron y apenas recuerdo lo que pasó».

Pero no es cierto, porque esta novela habla precisamente del arraigo que impide huidas reales, o que obliga a regresar: «Naces en un campo sin nada más que el fuego que te hace compañía, que te da calor, y no sabes de dónde ha salido ni cómo has llegado a ese campo ni cómo encender otro fuego, pero sabes mantenerlo encendido. Y lo único que sabes a ciencia cierta es que, si no lo avivas, ese fuego se apaga, y no quieres ser tú quien deje que se apague». A pesar de las invasiones del turismo, de la droga, de las enfermedades. Porque, dice Steve, nuestro protagonista y narrador, «soy de los que piensan que la tradición solo es el nombre que les damos a cosas que no hay motivo alguno para hacer».

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