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TRIBUNA

¿Moción de censura instrumental?

domingo 07 de junio de 2026, 19:55h

Preguntado hace unos pocos días Felipe González -el tiempo político español discurre vertiginoso en los actuales momentos- acerca de la mejor respuesta que cabría ofrecer ante la oleada de instrucciones judiciales abiertas en relación con la corrupción que afectan al PSOE, de si habría llegado la hora de presentar una moción de censura, el expresidente del Gobierno aseguraba que, de habérselo consultado, él no la habría recomendado. Todos hablarían de la moción y se olvidarían de lo otro, afirmaría.

Resulta singular que en este vaivén que convierte las situaciones en cuestiones sinsentido que tiene el juego político español, los hechos han venido a dar la razón al por muchos años líder socialista. Ahora todo el tinglado de nuestra farsa nacional se ha detenido durante unos días para referirse a la moción de censura, hasta que la apertura al público del demoledor sumario del juez Pedraz ha añadido mayor peso -si cabe, que se diría que todo es posible- a la presunta gravedad de las actuaciones del equipo dirigente socialista. Y no deja de resultar singular, ya que se trata sólo de una especulación, porque ni siquiera se ha presentado la iniciativa de censurar al gobierno.

Una de las claves de la política consiste en sorprender al adversario, como bien conoce -y practica- Pedro Sánchez. Buena parte de sus éxitos han venido envueltos en ese material que esconde su contenido. Que nadie sospeche que voy a convocar elecciones, y en el mes de julio, además; que no se sepa que voy a plantear una moción de censura al Gobierno de Rajoy por una sentencia que no es siquiera firme; que nadie sepa qué cosa le voy a contar al Rey después de mis cinco días de reflexión fake… todas éstas son muestras de una manera de proceder que se sitúan en el corazón de nuestros tiempos: la política como una performance, como un entretenimiento, como un reality más… la política consistente en el sobresalto permanente.

Por eso, la reciente intervención del presidente del PP ante los empresarios catalanes bordea el patetismo. El terreno de la política y el de la empresa generan espacios que en ocasiones se solapan. No menos de lo que ocurre con la política y la salud, la política y la educación, la política y la cultura… pero lo que parece razonable que haga el responsable del primer partido del país ante cada sector de la actividad social, más debería ser el presentar sus objetivos para el mismo que el de recabar su apoyo directo para que secunde sus pretensiones concretas. Un político sólo pide el voto en tiempo de elecciones, fuera de ellas de lo que se trata es de ofrecer. Ofrecer, que es palabra de capital importancia ahora, cuando hemos pasado de las estrategias del win win en las que todos ganamos a las de suma cero en las que, por definición, siempre tiene que perder alguno para que otro u otros ganen, y esperamos de los políticos que nos presenten propuestas de las que todos -o casi todos- podamos resultar beneficiados. Y ofrecer ilusión, que es también elemento esencial en la política y en la vida, la esperanza en que los problemas tengan solución, de que se restaure el ya muy deteriorado estado de derecho, que los servicios públicos funcionen…

Y todo eso se puede presentar en una moción de censura. Existe otra manera de hacer las cosas y aquí está mi propuesta, anunciaría el candidato. Lo contrario, esperar a que la fruta caiga madura del árbol puede suponer, como en la broma de la ley de la gravedad de Newton, que te sorprenda un coscorrón en la cabeza y no la victoria que esperabas.

Completa la operación de este deambular errático de Feijóo y su equipo con la propuesta de la moción de censura instrumental. Sólo para convocar elecciones, ha indicado. Pero alguno de los suyos ha añadido a este planteamiento inequívoco la idea de que, antes, habría que limpiar algunas instituciones colonizadas por el sanchismo. Por ejemplo, RTVE o el CIS. Por supuesto que, una vez que se pone una lavadora, convendría utilizar al máximo su capacidad. Y puestos a limpiar, el listado de lo que se podría alojar en el citado electrodoméstico compondría una relación poco menos que inacabable: Fiscal General del Estado, órganos de control, empresas públicas con la SEPI a la cabeza…

De esta manera, el instrumentalismo de la moción se vería fuertemente constreñido. ¿Tardaría ocho meses el posible presidente Feijóo en convocar esas urgentes elecciones, al igual que se demoraría Sánchez en hacerlo después de ganar su moción? Nadie lo sabe. Dependería seguramente de la velocidad a la que programe el aparato.

Pero, en todo caso, es lo mismo. Junts y PNV no le van a apoyar. Así que más le valdría a Feijóo dar antes que amagar, ilusionar más que desconcertar, hacer política y no continuar introduciéndose él mismo en su propio laberinto.

Explicarnos qué quiere hacer con España, qué propuestas nos tiene que formular ante la representación de la soberanía nacional. ¿O es que no lo tiene muy claro y lo que en esa eventual moción ofrezca ahuyente a unos u otros de sus posibles electores?

Porque eso es lo que le ocurre al PP, que más que en un partido con programas consiste en una organización montada para conseguir y mantenerse en el poder. Huye de la concreción de sus propuestas y de la generalidad de su aplicación, y por eso es en realidad 17 partidos distintos y un maremágnum de proyectos.

Por eso, si no le dan los números, no veremos a Feijóo explicando ninguna oferta a los españoles desde la tribuna del Congreso.

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