www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Ferrera o la dignidad recuperada

lunes 08 de junio de 2026, 19:26h

La indigna pasividad demostrada por los grupos parlamentarios que tanto conforman como sostienen al gobierno ante el torrente de escandalosos indicios y otras pruebas palmariamente delictivas, con que las investigaciones judiciales han ido sobresaltando, durante estas últimas semanas, a la nación, sumadas a las boberías argumentadas, tras cada escándalo, por señalados ministros e incluso por su cada vez más aborrecido presidente, han ido esparciendo entre los ciudadanos —quizá, con más hondura, entre sus antiguos simpatizantes— un íntimo y desolado sentimiento de desdicha patria. No es algo nuevo por estos parajes; básteme recordar aquella terrible sentencia de Cánovas del Castillo de «español es quien no puede ser otra cosa» o la culpable asunción, durante centurias, de esa tergiversación siniestra llamada la Leyenda Negra, por señalar algunos socorridos ejemplos. Pero en este instante, a un paso de introducirnos en la Galaxia Digital, que supondrá, según síntomas, una nueva era para la humanidad, cuesta creer el retorno de esta amarga verecundia nacional; pero es así, o así lo percibo. Y en absoluto por leerlo en los más ecuánimes comentaristas periodísticos, sino por escuchar al vuelo en este o aquel comercio, o durante la espera de un semáforo, o entre la cola del autobús: «¡qué vergüenza!; ¡esto en Europa no pasa!»

Y con este agrio runrún entre pecho y espalda me senté, hace un par de domingos, en uno de esos tendidos entre sol y sombra, para abstraerme con la envestida de los ariscos e infatigables saltillos de Adolfo Martín; tal vez la ganadería que, por algunas variadas y hasta sorprendentes vicisitudes, más haya contemplado lidiar —ojo, porque a estos toros se los lidia; lo de torearlos ya es un anhelo de cuadrillas y público escasamente cumplido— en Las Ventas.

Entre mis vecinos de asiento aún se comentaba la elegancia dejada, hacía ocho días, por Sebastián Castella, con el cuarto de Victoriano del Río, la faena, hasta esa tarde, de la isidrada. Pero he aquí que no siendo de la misma índole nos aguardaba el prodigio y por partida doble.

La cosa comenzó según se adivinaba cuando se trata de los adolfos: una sucesión de duelos entre el pavor y la astucia. Tal lo cumplió Volador al abrir corrales, quien salía de cada pase sacando del cacho a Antonio Ferrera; incluso diría que quién toreaba era el toro, codicioso de cada terreno y a cada momento más avisado y buscador del bulto. Como quiera que lo del engaño no regía para él, aquello acabó con tres pinchazos y una media al borde de atravesada. Y eso que si alguien está ducho con los cárdenos de Adolfo Martín, es Ferrera, que se encerró, aquí mismo, con seis de ellos en octubre de 2021.

De modo que todo transcurría según lo previsto: más peligro y susto que detalle y exquisitez. Y el tercero cumplió con cuanto se pronosticaba y empitonó, durante un triple revolcón, a Paco Ureña. Con el grito en los tendidos y alzado por su cuadrilla, Ureña se resistió a dejar el ruedo, y aun sangrando por el muslo izquierdo, se despachó con una media estocada y descabello para, contra su cojera, cruzar los medios hacia el portón de la enfermería, solo y admirable. Aquel gesto de hidalguía cambió la tarde. Así lo sentía el público atiesando la compostura, y así lo entendió también el maestro de lidia, Antonio Ferrera. Ahora le tocaba demostrarlo si el cuarto se lo permitía. Y se lo permitió o lo derrotó, pero no en un poder a poder pericioso y temerario; al contrario, con tres tandas de muleta de mano baja que exaltaron a la plaza y una fulminante estocada recibiendo, que puso al respetable en pie. Hubiesen caído no una, sino las dos orejas, de no mediar un pinchazo previo.

Pero a Ferrera aún le quedaba poner la plaza boca abajo; sería con el sexto, el segundo de Paco Ureña, herido y en el quirófano. Lo recibió con verónicas apremiadas que apuntaron que había faena, y Ferrera, para asombro de la concurrencia, pues no se conocía tal en Las Ventas, tomó la montura del picador y le arrimó las dos varas para sublevar el entusiasmo en la grada y, sin receso y de un salto, todavía alcanzó a sacarle tres chicuelinas antes del cambio de tercio; aquello fue el acabose. Para que el fervor no decayera, le brindó el toro al ausente Ureña y se fajó —está vez, sí— en un poder a poder sometedor y esforzado, hasta que llegó el momento de la espada. Fue en los medios y concediéndole mucha distancia al grisote de Adolfo Martín para clavarle, sobre el trote, una estocada cumbre y de nuevo recibiendo. La plaza desbaratada y en pie, la segunda oreja en la talega y la puerta grande de par en par.

Y al pisar la acera, entre aquellos rostros entusiasmados, tras haber revivido con un toreo sin remilgo de truco y con el valor por delante, me di cuenta que Antonio Ferrera nos había devuelto, al menos a quienes lo presenciamos, una porción de esa dignidad burlada, con un descaro bochornoso y una pachorra abyecta, por toda esa tropa de diputados. ¿Y acaso merecen tal magistratura quienes eluden su deber con el pueblo y con sus propias conciencias? En efecto; penosa cuestión que hoy sobrevuela España, ante la que el triunfo de Antonio Ferrera no resulta, a pesar de su modélica honradez, sino un fugaz consuelo.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (1)    No(0)

+
0 comentarios