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TRIBUNA

¿Diálogo interreligioso ecuménico?

lunes 15 de junio de 2026, 18:47h

Las religiones se traducen en dogmas y en orto/doxias, que con el tiempo corren el riesgo de volverse sectarias. Quizá por eso la nueva ecumene y el nuevo oikós religioso espiritualista ganan terreno. Ahora bien, si las religiones suelen enfrentar a las Iglesias entre sí -pensemos en las guerras de religión y en los cismas dentro de ellas-, las posiciones místicas van más por libre. Las místicas son por naturaleza cismáticas y heréticas (de aïresis, elección) u hetero/doxas. La religión es comunitaria, la mística es más subjetiva, aunque no debamos tensar los extremos de la misma cuerda hasta romperlos.

Desde hace algunas décadas viene potenciándose un diálogo interreligioso ecuménico entre las iglesias clásicas -excepto el islam, pues el mero hablar de derechos humanos le parece excesivo-, sin embargo la unidad de las iglesias no se desea a fondo, y ello no sólo por motivos teológicos y filosóficos, sino también por cuestiones de poder, Ello ocurre también entre quienes exhiben la cruz pectoral sin a veces conocer la cruz, igual que los militares lo hacen con esas medallas de las batallas en que nunca participaron. Seamos sinceros: ¿quién renuncia a regentar una secretaría general? Dos bancos se fusionan gustosamente para obtener mayores ganancias, pero Dios no es bien venido a las mesas de negociaciones eclesiásticas. Cada Iglesia tiene tan bien agarrado por el cuello al Espíritu, que procura ahogarlo para que no se les escape. Una Iglesia puede ser santa por su fundador, pero estar llena de serrín y de estiércol en la bancada de sus adherentes.

Los nuevos “espirituales” se lían la manta a la cabeza para vivir calentitos en la civitas Dei de la Jerusalén Celestial al margen de la civitas hominum. El fenómeno se da incluso en los diosúnculos de cualquier tribu. Todo soldado lleva en su mochila el bastón de mariscal, es así que yo soy soldado, luego ego sive Deus. Ahí está el culto al César, la sacralidad de Hitler (heil, Hitler), la paranoia gloriosa de Stalin, el caudillismo del generalísimo Franco. Hablan, palabra de Dios; castigan, castigo divino; gobiernan, sabiduría divina; se empoderan, impotencia para el pueblo. Al caudillaje de Dios coadyuva una cohorte de gurús, sacerdotes, iluminados, popes y laicos meapilas. De tal modo, la memoria, el entendimiento y la voluntad humanas proceden por exaltación de lo divino y menosprecio de lo humano; son dioses rencorosos y punitivos en cuanto a la memoria, infalibles en cuanto al entendimiento, e omnipotentes en cuanto a la voluntad.

Hay iglesias verdaderas y verdaderas iglesias. Cuanto inhumaniza hace sufrir innecesariamente; lo atentatorio contra la dignidad no es religioso. La iglesia verdadera, no secta maligna, no va contra las conciencias libres, y quien ingresa en ella con sus botas embarradas debería tener antes la delicadeza de limpiarse. Una iglesia verdadera lo es para quien se adhiera a ella, ya que adherirse a una reputada falsa carece del menor sentido. No es necesario ser creyente para ser humano, aunque sí haya que ser humano para ser creyente, sin que por eso pretendamos insinuar que resulte indiferente u ocioso ser creyente o no serlo. Si Dios es un florero no es Dios; si yo soy una flor del florero de Dios, no soy religioso.

La religión se vive de modo distinto por santos, por locos, o por mediocres, pero a ello también ayuda la especificidad de cada religión. El islam hace luchadores sociopolíticos anti/infieles; el budismo, fugitivos de este mundo, aunque haya que trabajar mucho para liberarse; el cristianismo es indisociable del sufrimiento de la cruz, aunque no postula el masoquismo. El hinduismo tiene una deidad de rostro proteico y enoteista compatible con un monoteísmo alternativo. Por lo que se refiere a la presencia, el budismo carece de rostro, es anicónico; el judaísmo tiene un rostro radiante, pero invisible; el cristianismo presenta a la vez un rostro anicónico en el Padre, un rostro diacónico servicial en el Hijo, y un rostro diaicónico trasversal en el Espíritu.

Situar el espíritu en las nubes es una payasada revestida de solemnidad: “los ángeles me comunicaron que, cuando falleció Melanchton, le fue suministrada en el otro mundo una casa igual a la que había tenido en la tierra (a todos los recién llegados a la eternidad les sucede lo mismo y por eso creen que no han muerto). Los objetos domésticos eran iguales: la mesa, el escritorio con sus cajones, la biblioteca. En cuanto Melanchton se despertó en ese domicilio, reanudó sus tareas literarias como si no fuese un cadáver y escribió durante unos días sobre la justificación por la fe. Conforme a su costumbre, no dijo una palabra sobre la caridad. Los ángeles notaron esa omisión y mandaron personas a interrogarlo. Melanchton les dijo: ‘he demostrado irrefutablemente que el alma puede prescindir de la caridad y que para ingresar en el cielo basta la fe’. Estas cosas les decía con soberbia y sin saber que estaba muerto. Cuando los ángeles oyeron ese discurso lo abandonaron. Las últimas noticias dicen que ahora es un sirviente de los demonios”. Me pregunto si seguirá creyendo que está vivo.

Si Dios fuera un florero decorativo no sería Dios. Ser florero del florero de Dios tampoco es religioso. Se habla de religiones verdaderas y de religiones falsas, pero no se levanta la liebre en lo referente a personas religiosas verdaderas y personas religiosas falsas, las cuales no se mojan la punta del pie al pasar el Rubicón: son gente egorrelativa que busca la salvación incluso a costa de Dios, a quien no tienen ningún respeto, es decir, mirada benevolente, ni temor de Dios, que no es miedo a Dios. Sin corazón, cuando se confiesan de Pascuas a Ramos, si es que lo hacen, intentan mentir a Dios porque ya no saben hacer otra cosa. Van con todo contra todo lo que suponen va con ellos. De Dios se acuerdan cuando están en apuros, pero -una vez alcanzado el objetivo-, sin novedad en el alcázar. Explotan, manipulan, desprecian y matan cuanto se les pone a tiro (hay muchas formas de matar), y luego dan gracias a Dios con unas velitas compradas en los chinos. Rezan mascando el mismo chicle sin saber a qué sabe; sus credos carecen de formación, ignoran qué significa “resucitó al tercer día” o “descendió a los infiernos”, son buenos en el arte de decir lo que su religión no dice haciendo que diga lo que no dice. Los suyos son velatorios de cartón piedra. Además, Dios es abuelito bonachón, premia a los malos sin tirarles de las orejas, un cómplice rentable, ¡es tan bueno y me ama tanto, que no necesita que yo le ame! Puedo no dedicarle ni espacio ni tiempo, para qué estudiar los contendidos de la fe, pues, si todo es dogma, basta cualquier superstición que ofrecerle.

Si además compartimos con algún párroco de turno complaciente, todos tan contentos, el crimen perfecto, la cuadratura del círculo: ellos han cumplido con las normas, con derecho a reclinatorio. Hablar mucho de virtudes y todo ese jaculatorio sale barato a cambio de ganar el jubileo o, al menos empatarlo en el último minuto sin dolor de contrición. La terapia de tal religiosidad-aspirina agonizante es: ¿cómo ordeñar la vaca divina?, ¿qué saco yo al hacer creer que creo, en qué me beneficia? ¿existen los derechos amorosos de Dios, o solo los míos?, ¿es Dios el amor de mis amores, me levanto temprano para alabarle con toda mi vida, con todo mi ser, con todo mi corazón, me esfuerzo por estudiar y proclamar la fe que profeso?, ¿qué estoy dispuesto a perder o a qué estoy dispuesto a renunciar?, ¿apelo a la ayuda de Dios para luchar contra la injusticia propia y ajena?, ¿insiste Dios dentro de mí, o sólo existe fuera?, ¿me intereso por saber quién es Dios, y no sólo qué es Dios?, ¿qué horizonte de eternidad me espera más allá del “algo habrá” y las gafas de sol ante el ataúd?, ¿colaboro con la iglesia pese a sus fallos que son los míos, con la inquebrantable esperanza en mi Señor?, ¿vivo de tal manera que sin Dios no viviría?

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