El mensaje de León XIV sobre los inmigrantes ha sido muy completo y enriquece decisivamente el argumentario medio español que, huérfano de matices, suele reducirse a: eres un "xenófobo" o eres un "buenista". De hecho, no faltó tiempo para cada cual o bien arrimar el ascua a su sardina o bien atizarle al de enfrente con el asunto. Todo muy sereno y objetivo, permítaseme la ironía.
Creo que ya únicamente por el mensaje papal sobre el tema, aceptable por todos e independiente de creencias religiosas, ha merecido la pena su viaje al conjunto de la ciudadanía española, sea de la ideología o creencia que sea. Además, esto ocurre con otros asuntos pero me centraré en éste precisamente por ser uno de los de mayor calado en la agenda política patria.
Parte León XIV de la inviolable dignidad humana de cada individuo, sea del color que sea, sea su procedencia geográfica la que fuere y fuese quien fuese: incluso los que han cometido graves delitos y están en la cárcel. Las personas no son números, ni estadísticas, ni expedientes, ni pierden su dignidad por lo que hayan hecho nos ha recordado. Y este planteamiento es de razón, aunque coincida con el de diversas religiones y espiritualidades: es válido para todos.
Partiendo de este núcleo, la igual dignidad de cada ser humano implica la no discriminación en el trato y la consideración humanitaria ante la necesidad del semejante: de futuro, trabajo, seguridad, estabilidad, condiciones dignas de vida, etc. Eso es innegociable tanto para el Pontífice como para cualquier persona con sentido ético. Ahora bien, también León XIV señaló en otro viaje que reconocía el derecho de los países a regular sus fronteras y lo ha vuelto a repetir.
Hay que ofrecer vías migratorias seguras y legales ha insistido. Esto implica, como afirmó, que Europa no puede defender la dignidad humana mientras el Mediterráneo se convierte en un cementerio sin lápidas. Y, por otro lado, conlleva una lucha sin tregua contra las mafias: a los traficantes les recordó con dureza que un día tendrán que comparecer y rendir cuentas ante el tribunal divino por todo el dolor causado, abusos y chantajes a gentes sin medios e indefensas.
Pero fue aún más allá: mientras alabó la acogida hospitalaria del que viene huyendo de la guerra, la miseria y la desesperación también alentó a los inmigrantes a aprender la lengua del país receptor, integrarse y respetar las leyes de la cultura que les recibe. En este sentido también animó a los diferentes actores a facilitar una integración efectiva para los que llegan solos, desterrados en otro país y tienen que habituarse a mentalidades ajenas.
En definitiva, apostó por el modelo de integración migratoria frente al multiculturalismo que propugna la diversidad sin integración real, dando lugar a los guetos. Por lo tanto, con gran sabiduría Rovert Prevost repartió derechos y obligaciones a todas las partes implicadas. No es simple cuestión de xenófobos o buenistas, como se puede comprobar. El debate migratorio es mucho más complejo y con muchas vertientes que, aquí en España, por desgracia olvidamos.
Y yendo más allá, el papa León se pregunta ¿qué mundo hemos construido para que gran parte de la población mundial tenga que huir del hambre, la pobreza, la guerra o la miseria? Para ello reclamó una efectiva y eficaz cooperación internacional para que se pueda lograr que quien no desee dejar su patria pueda permanecer en ella porque se den las condiciones mínimas para una vida digna. Este es un aspecto muy importante que a menudo se olvida: exiliarse del propio país no suele ser voluntario sino habitualmente una situación forzosa.
Para ello no hay más remedio que denunciar las enormes desigualdades que se producen, por ejemplo, entre el África Subsahariana y la próspera Europa. Sin tan dramática distancia, no habría tanta presión migratoria como es natural. También aludió a los países de origen y su obligación de luchar contra la pobreza y la corrupción, contra la violencia y la falta de oportunidades. La migración es un reto multicausal y la solución también multifactorial como queda patente, a la vez que el reduccionismo interesado, egoísta, eurocentrista y politizado de occidente.
Creo que León XIV nos ha dejado muchas lecciones pero una fundamental respecto al hecho migratorio y su abordaje. Su mensaje ha tenido referencias evangélicas para los creyentes pero también argumentos para los que no lo son. De manera que su propuesta al respecto es válida para todos, profundamente humanista, enraizada en los valores de la mejor tradición ética y moral y ajustada a la consideración de la persona y sus derechos proclamada por la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948. Ojalá una de las huellas de este viaje papal sea la reorientación, profundización y humanización del debate político y social sobre uno de los mayores retos que se le plantean a la Humanidad: las emigraciones masivas.