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TRIBUNA

Al sol que más calienta

Juan José Vijuesca
miércoles 17 de junio de 2026, 18:37h

Comienzan a sonar las trompetas de Jericó anunciando la llegada del estío. “La calor” al más puro estilo epidérmico, a excepción de los espetos playeros y las barbacoas campestres, acciones ambas de culto por aquello de que los duelos con pan son menos. Son esas cosas sencillas, pero que nos alumbran los adentros. Y es que hace tiempo que las vacaciones veraniegas dejaron de ser un traje a medida para la mayoría. Hoy la cuenta de pérdidas y ganancias se audita entre el quiero y no puedo e incluso se dan casos de tener que financiar hasta el tinto de verano.

Para tapar agujeros, este año hay otros alicientes. El vía crucis de un mundial de fútbol o el eclipse de sol, además de una buena cantidad de mercadillos ambulantes de campo y playa. Auténticos planazos para quienes apuestan por un veraneo más austero. Marcarse un partido de fútbol Haití-Uzbekistán en horario canicular es la ópera prima de cualquier picapedrero. El fútbol viene a tapar agujeros. Es parecido al premio de la lotería. Raro es el agraciado o agraciada que no piense en gastarlo en eso, aunque, en sentido figurado, el dinero no da la felicidad a decir de muchos. Un amigo está en contra de esta máxima: “A mí sí me hace feliz, pero es que yo soy muy raro” —suele referir. En España no somos capaces de salir de un agujero cuando ya estamos metidos en otro. De ahí la importancia que tienen las diferentes maneras de entretener al paisanaje con tal de ir tapando tanto boquete.

Hoy ni el fútbol es lo que era. Las selecciones nacionales servían para crear nuevas amistades. Recuerdo como en un año mundialista un grupo de ingleses congeniaba con otro de alemanes. Volaban las jarras de cerveza, las sillas y las mesas del chiringuito. Total por un penalti más que dudoso. Fue en Mallorca. En aquella ocasión, invitó la casa a fondo perdido; al menos eso me pareció a mí por el vacío zonal al llegar la policía local.

Lo del eclipse es un fenómeno de la mercadotecnia actual. Es como si existiera un director ejecutivo para todo lo que tenga que ver con hacer dinero. Hoteles completos desde hace meses y los que todavía no lo están aplican tarifas tan desorbitadas que la cuenta corriente entra en cuidados paliativos. Hay planes alternativos: alquilar una vivienda para dos horas de eclipse, menos de dos minutos de ocultación; la cosa anda por los 3.000 euros. Algo más asequible, como alquilar un balcón, por 1.000 euros está resuelto, o quizás una hamaca de dos posiciones reclinables en finca rústica particular, por 400 euros la hora, cuyo punto de avistamiento está garantizado por el CODEAS (Consorcio de Avistamientos Solares) con sede en Bularros del Trinque. En mi época de infancia estos fenómenos eran gratis, pero claro, hay que retrotraerse al año 20 a. C.

Respecto de los mercadillos, ¿qué quieren que les diga? Todos los artículos expuestos proceden de la Ruta de la Seda a precio de ganga. Un vergel bajo calima africana y un 80 % de humedad es una delicia para cualquier persona. A veces, incluso con música del Fary para amenizar a los nostálgicos. Lugar de convivencia donde cohabitan lenguas lugareñas y foráneas a base de signos para el regateo. Un agujero negro en medio de lencerías al peso, bermudas estampadas, chanclas de goma y voces del más allá traídas al más acá. La globalización y el progresismo en estado puro, en donde, según dicen, cualquier cosa es buena y barata. A fin de cuentas, se trata de un precio ridículo: miradas a cambio de felicidad y calzoncillos a lo Brad Pitt para las grandes ocasiones a un euro; y para ellas las enaguas o saltos de cama de Maureen O’Hara a mitad de precio. A 0,50 céntimos la unidad. Como les cuento.

Hay ofertas de última hora para los más osados. Por ejemplo, viajar a la China profunda está de moda y tirado de precio –según los aventureros sin límites. También navegar por el río Mekong con degustación de la perca salvaje incluida en el precio. Por no hablar de cruzar Indonesia a lomos de un dragón de Komodo. Son algunas de esas gangas que, a lo mejor, salen más económicas que pasar una semana en Torrevieja, con la familia y mascotas.

En fin, lo que hay que hacer con tal de no hablar de las joyas de Zapatero, de las cloacas o de la fontanera Leire Díez. Menudo agujero negro. Pero eso queda para otro día.

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