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TRIBUNA

Gilgamesh: la búsqueda de la inmortalidad

José Luis Roldán
sábado 20 de junio de 2026, 19:38h

Si visitan el CaixaForum de Madrid antes del 4 de octubre, podrán ver una exposición, organizada en colaboración con el Museo Británico, sobre el rey asirio Asurbanipal (669-626 a.C.). Allí, podrán contemplar tres pequeñas tablillas de arcilla del siglo VII a.C., pertenecientes a la biblioteca construida por el rey asirio en Nínive (actualmente Mosul, Irak), que recogen fragmentos de la Epopeya de Gilgamesh.

Hacia el quinto milenio antes de Cristo surgieron los primeros poblados sumerios a lo largo del Éufrates y el Tigris, los dos grandes ríos mesopotámicos. Posteriormente, aparecieron los primeros conflictos entre dinastías de diferentes ciudades sumerias. Una de esas ciudades es Uruk (el actual yacimiento de Warka, en Irak), la cual estaba amurallada por su rivalidad con la ciudad sumeria de Kish. Su población se remonta al 4114 a.C., aunque su supremacía política coincidió con el reinado de Gigamesh (ca. 2650 a.C.). En uno de los templos de la ciudad, el dedicado a la diosa Inanna, los sacerdotes crearon y perfeccionaron la escritura. Aunque esta técnica fue empleada inicialmente para atender necesidades pragmáticas, pronto se usaría para transcribir los poemas que se compusieron sobre la figura del rey de Uruk. A finales del tercer milenio antes de Cristo, el sistema tradicional teocrático de las ciudades sumerias fue sustituido por el imperio acadio. Sin embargo, la invasión que sufrió este imperio por los qutu condujo a un renacimiento sumerio que pronto fue aniquilado definitivamente por los elamitas y los asirios.

En 1853, Hormuzd Rassam descubrió el palacio y la biblioteca del rey asirio Asurbanipal, la cual albergaba más de 25.000 tablillas cuneiformes. A finales del XIX, George Smith ordenó el ingente material y tradujo la Epopeya de Gilgamesh. Sin embargo, esta epopeya no es una obra unitaria ni contemporánea al rey de Uruk. No es contemporánea porque a pesar de que las narraciones sobre Gilgamesh transcurren a mediados del tercer milenio antes de Cristo, éstas no fueron transcritas hasta centurias después. Y no es unitaria porque esta epopeya en realidad es un ciclo de cinco poemas sumerios incompletos (Gilgamesh y Agga de Kish, La muerte de Gilgamesh, Gilgamesh y el País de la Vida, Gilgamesh y el Toro Celeste, Gilgamesh, Enkidu y los Infiernos) a los que dieron forma unitaria los paleobabilonios. A su vez, los babilonios de la época cassita y los asirios retocaron la epopeya. Desconocemos la autoría de los poemas sumerios, pero sabemos, por un catálogo de autores de la biblioteca ninivita, que el compilador y adaptador de la epopeya en su versión asiria fue Sin-liqi-unninni, un mashmashshu (sacerdote exorcista), cuya existencia se sitúa entre los siglos XII y XII a.C. Y, por si fuera poco, hasta ahora se han hallado versiones cuneiformes asirias, babilónicas, sumerias, hurritas e hititas y una acadia de Palestina de la epopeya.

Ante esta complejidad, mi amigo Alfredo Arias, escritor y ensayista, me recomendó, muy acertadamente, la edición de Federico Lara Peinado. Leyendo el poema, constituido por doce tablillas con seis columnas cada una, seguiremos los viajes del heroico rey de Uruk y de su amigo Enkidu en busca de diferentes hazañas. Sin embargo, aquí no quiero exponer el contenido de las gestas, sino su finalidad. En las tablillas III y IV Gilgamesh vence los temores de su amigo Enkidu a viajar hasta el Bosque de los Cedros para dar muerte al gigante Khumbaba con estas palabras:


«Si sucumbo, al menos me habré hecho un renombre.

[…]

Sea lo que sea, he decidido

ir a cortar los cedros:

así me haré un nombre eterno.

[…]

¡Que tu corazón arda para el combate! ¡Desprecia la muerte para encontrar la vida!

El que es circunspecto es un hombre avisado,

el que marcha delante protege y salva a su compañero.

Habrá asentado su fama incluso hasta sus lejanos descendientes».


Gilgamesh busca la inmortalidad por medio de la fama, del renombre, que acompaña a la realización de proezas que ponen en riesgo su propia vida. El heroico rey de Uruk prefiere morir joven que morir sin gloria, es decir, condenado al olvido. En este sentido, las palabras de Gilgamesh pueden ser consideradas como un precedente de la disyuntiva que se plantea Aquiles en el canto IX de la Ilíada:


«Que ya me dice mi madre Tetis de argénteos pies

que al fin de mis días dos parcas me llevan:

una, si quedándome aquí lucho en torno a la villa de Troya,

se acabó para mí el regreso, mas infinita será mi gloria;

la otra, si a casa volviera y a mi patria tierra,

excelsa gloria habría perdido, pero mi vida duradera

sería y no habría de llegar el final de mis días tan pronto».


Esta similitud entre la Epopeya de Gilgamesh y la Ilíada puede que sea más que una mera coincidencia si tenemos en cuenta la posibilidad de que Homero hubiese podido oír la historia de Gilgamesh por el contacto comercial de los hititas, lidios, cananeos, fenicios y asirios con los griegos, de modo que se produjeran influencias recíprocas entre los escribas asirios y los aedos griegos.

También son remarcables las semejanzas de Urshanabi, el batelero de las Aguas de la Muerte, con Caronte, el barquero del Hades, o la del Diluvio descrito por Utnapishtim con el Diluvio del Génesis. Si bien la segunda coincidencia puede explicarse por la gran inundación que se produjo a mediados del cuarto milenio antes de Cristo en el curso bajo del Éufrates, y que fue descubierta por Leonard Woolley en unas excavaciones en Ur (Irak), la primera puede ser la consecuencia de un esquematismo atemporal en todas las culturas.

Regresando a la búsqueda de la inmortalidad del rey Gilgamesh de Uruk, no quiero dejar de mencionar que el afán de nuestro héroe es derrumbado por estas palabras del sempiterno Utnapishtim en la tablilla X:


«En tu vagabundear sin cesar, ¿qué has obtenido?

En tu errar te has agotado a ti mismo,

has llenado tus músculos de cansancio,

has hecho acercar el final de tus días lejanos.

La humanidad –su nombre– debe ser cortada como una caña de cañaveral.

[…]

La muerte, segadora de la humanidad, es cruel.

¿Construimos casas para siempre?

¿Sellamos nuestros contratos para siempre?

¿Comparten los hermanos sus herencias para siempre?

¿Perdura el odio en la tierra para siempre?

¿Aporta el río su crecida para siempre?

Los ‘tejedores’ que se deslizan por el río,

apenas sus rostros ven la cara del sol

cuando de pronto, ¡nada de nada!

El que duerme y el muerto cuánto se semejan el uno al otro.

Nadie ha podido reproducir la imagen de la muerte.

El hombre, ya desde sus orígenes, era su prisionero».

Como ha dicho Alfredo Arias en Diosas, santas y malditas, el primer volumen de su monumental trilogía La mujer sublime, con Gilgamesh se inscribe «el riesgo temerario en pos de la fama futura; la búsqueda de la inmortalidad y también, por vez primera, la pérdida de la inocencia, la sabiduría desoladora, la burla del destino en la pared de la nada». Todo lo que un hombre hace no es más que viento.

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