Si hace unos días recordábamos la inauguración en Madrid del monumento a František Suchý (1899–1982), hoy cabe recordar a las víctimas del comunismo en la RepúblicaCheca. en efecto, cada 27 de junio se celebra en el país centroeuropeo el Día de la Memoria de las Víctimas del Régimen Comunista. La fecha recuerda la ejecución, el 27 de junio de 1950, de Milada Horáková (1901-1950), política democrática checoslovaca condenada en un proceso estalinista, junto a Jan Buchal (1913-1950), Oldřich Pecl (1903- 1950) y Záviš Kalandra (1902-1950).
Los cuatro condenados fueron víctimas emblemáticas de la represión comunista en Checoslovaquia. Milada Horáková era abogada, diputada y militante democrática, superviviente de las cárceles nazis y defensora de la tradición republicana de Masaryk y Beneš. Después de haber militado en la resistencia antinazi, se negó a aceptar el régimen comunista surgido del golpe de 1948. Torturada, terminó condenada a muerte y convertida en símbolo de la resistencia moral contra las autoridades sometidas a Moscú.
Jan Buchal era un antiguo funcionario y miembro de la seguridad pública en la región de Ostrava. Vinculado a redes de resistencia anticomunista, la propaganda oficial lo presentó como un enemigo del Estado que formaba parte de una conspiración armada. Oldřich Pecl, abogado y empresario minero, representaba para el régimen a las antiguas élites económicas y profesionales de la Checoslovaquia democrática. Por su parte, Záviš Kalandra, historiador, periodista e intelectual marxista, había sido comunista, pero fue expulsado del partido por criticar el estalinismo y los procesos de Moscú. Al igual que Milada Horáková, él también había sufrido la persecución nazi.
Los cuatro, de trayectorias políticas y sociales muy distintas, fueron reunidos artificialmente en el juicio-farsa de 1950 que se conoció como el «Juicio contra los líderes de la conspiración sediciosa». Los acusados simbolizaban a los «enemigos» del nuevo poder comunista: demócratas, resistentes, profesionales independientes, empresarios e intelectuales críticos.
Las acusaciones contra los cuatro eran disparatadas. A la única acusada se le imputaban cargos de alta traición, espionaje y conspiración para derrocar el régimen. A Buchal le atribuían actividades subversivas, de preparar acciones contra el régimen y de colaborar con una supuesta red de espionaje. De Pecl decía el Fiscal que formaba parte de una conspiración sediciosa contra la República. A Kalandra lo vinculaban al grupo de Milada Horáková. Todas las acusaciones eran falsas. Por ejemplo, el grupo de Buchal, una célula
anticomunista que se movía entre Silesia y Moravia, estaba infiltrado por la temible StB - acrónimo de Státní Bezpečnost, Seguridad del Estado en checo- y jamás había tenido la menor posibilidad de hacer nada contra el régimen comunista. Lo utilizaron para crear la imagen de una falsa red de desestabilización contra el Estado que, en realidad, estaba controlada por las autoridades.
Este proceso formó parte de una campaña mayor desplegada entre 1949 y 1954 contra los grupos sociales que podían haber vertebrado una oposición a los comunistas checoslovacos y a la influencia soviética. Distintos juicios contra religiosos, resistentes y antiguos partisanos culminaron en el «Juicio de la conspiración contra el Estado» seguido contra Rudolf Slánský (1901-1952) y otros comunistas checoslovacos en 1952. Una vez descabezada la oposición checoslovaca fuera del partido comunista, había llegado el momento de acabar con los demócratas checoslovacos que podían presentar resistencia a Moscú. Al igual que en el juicio de Milada Horáková, hubo condenas a la pena capital: de los catorce acusados, once fueron condenados a muerte y tres a cadena perpetua. Uno de esos tres que sobrevivieron fue Artur London (1915-1986), que contó su terrible experiencia en su libro «La confesión. Dentro del engranaje del proceso de Praga», publicado en París en 1968 y llevado al cine en 1970 con guion de Jorge Semprún.
Así, Milada Horáková, Jan Buchal, Oldřich Pecl y Záviš Kalandra sinbolizan la represión que los comunistas checoslovacos, a las órdenes de Moscú, desencadenarían contra su propio pueblo en los años posteriores al golpe de Estado de 1948. En 2017 se estrenó «Milada», un largometraje dirigido por el checo David Mrnka que presta mucha atención al proceso contra ella.
En toda Europa Central y Oriental hay días de conmemoración -a menudo más de uno- que recuerdan los crímenes cometidos por los comunistas en los distintos países y, con frecuencia, contra sus propios pueblos. Son frecuentes las prohibiciones de símbolos, actos de exaltación e incluso de partidos comunistas. Por desgracia, en Europa Occidental no existe esta conciencia tan clara de lo que los comunistas hicieron en nuestro continente. Por eso, las películas, los libros y los monumentos que recuerdan aquellos crímenes resultan tan necesarios también en esta parte del continente y, especialmente, en España, donde el comunismo sigue gozando de cierto «glamour» en determinados círculos políticos e intelectuales.