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TRIBUNA

Ajustando relaciones

martes 30 de junio de 2026, 23:05h

Transmitimos y recibimos lugares comunes, continuamente y como el aire que se respira. Turban nuestro raciocinio y nos dejan embobados como monos de repetición. Para evitarlo, importa no descuidarse y reaccionar a conciencia. Tengo claro que todos tenemos posibilidad de rectificar porque estamos capacitados para ello. Se trata de ejercer de seres libres y superar los inconvenientes que esto nos acarree; entre ellos, el paralizante y frustrante ‘no hay nada que hacer’.

“Nuestra realidad, mientras vivimos, no está cerrada” afirmaba Julián Marías en su formidable Mapa del mundo personal. En este breve libro el filósofo proponía reconstruir imaginativamente la situación de las personas y medir la proporción en que lo personal se mantiene a lo largo de cada vida.

Pasan los años y nuestros aprecios van modificándose leve o drásticamente. Sin embargo, siempre encontramos de forma inexorable la figura de quienes dictaminan lo que debemos pensar y sentir, tanto en público como en privado, y nos amenazan con automáticos reproches, sino es algo más cruel; en un abanico que va desde el desprecio y la automática marginación hasta la agresión que no duda en matar y rematar. Con frecuencia, se atemoriza e intimida hasta el punto de conseguir que el acosado adopte los puntos de vista que se le haga asumir, una docilidad interesada para tener la fiesta en paz o incluso sentirse de los ‘buenos’ (en el lado correcto de la historia, expresión estúpida y mal intencionada donde las haya).

La novela Maite, del escritor donostiarra Fernando Aramburu, me ha llevado a reflexionar sobre el ajuste continuo de nuestras relaciones que cabría hacer en función de la calidad humana que percibamos; a veces, nula y una relación saturada de hostilidad. El autor de la memorable Patria ha retratado una intrahistoria desarrollada en cuatro días, que tiene por fondo el secuestro y asesinato del joven concejal Miguel Ángel Blanco que sacudió a toda España, y que acaeció pocos días después de que la Guardia Civil liberase a José Antonio Ortega Lara, “encerrado por espacio de casi año y medio en el inmundo cubículo subterráneo de una nave industrial”.

Aramburu advierte “el sufrimiento que unos ciudadanos imbuidos de ideología causaban a otros ciudadanos”, como el tirar piedras a dar a quienes osasen portar un lazo azul por la liberación de un secuestrado. Esto significa que quienes se proclaman dueños de las calles carecen de escrúpulos y gustan de amedrentar y someter a quienes, previamente, se ha proclamado desprovistos de la condición de persona. De este modo, a quienes no acatan mi discurso los encasillo, gracias a mi claque, como enemigos de la divina patria y ‘merecen’ desprecio, rencor y ser blanco de nuestra pulsión criminal. A los gudaris, como ‘soldados’ que son, no les corresponde tener margen para pensar ni para formularse preguntas: las órdenes se cumplen sin rechistar, con diligencia y con un entusiasmo ciego.

¿Cómo altera el terror a una sociedad? Condiciona todo lo que pasa. Afortunadamente, la banda terrorista desapareció hace ocho años. Estaba acorralada por las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Zapatero ha pretendido reiteradamente ponerse la medalla de haber logrado él solo la paz, lo que es otro de sus fraudes. Lo cierto es que fue un proceso que, coincidiendo con su etapa como presidente, él lo culminó; si bien Rajoy, mal disimuladamente, asintió a su plan oculto: en contrapartida, ir liberando a todos y cada uno los criminales de la banda ultranacionalista. De facto, éstos han quedado exentos no sólo de arrepentirse sino de ofrecer la colaboración exigible para poder resolver los asesinatos que tienen autores anónimos. Se ha hecho trampa a las víctimas, se ha engañado a los ciudadanos.

Los personajes de Maite viven su vida con un sello característico, un sabor condicionado por las circunstancias externas que todo lo envuelven. Así, la ama vieja que “reclama atención a todas horas, necesita afecto más que un geranio agua, y para conseguir lo que busca recurre de ordinario al lamento y la protesta”. O la mujer maltratada, invadida por una “pena lenta, que es una tristeza que se deja digerir a cachitos (…) Puedes llorar por tus ojos el mar entero, pero eso no cambia nada”. Acostumbrarse a fijar víctimas necesarias y a normalizar una sucesión de atrocidades, siendo reacios a que nadie, ni los más cercanos, te diga lo que ve y siente, haciendo creer que todo va de maravilla y como debe ir. El desajuste o contradicción “entre el brillo blando de los ojos y la curvatura severa de las cejas”.

Maite querría ir a “un sitio donde fuera posible vivir sin miedo, rodeada de ciudadanos normales y corrientes”, pero no puede desentenderse de su ama que la necesita y no quiere, o no puede, irse. La condena a vivir pendiente de quienes te miran de reojo.

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