En tono irónico puede decirse que la encuentro entre el Rey de España y la presidenta de México no tiene referentes con el hecho histórico del acercamiento en 1519 de Hernán Cortés con la indígena a la que se le dio el nombre de la Malinche. En el contexto el campeonato mundial de futbol 2026, Felipe VI y Claudia Sheinbaum Pardo consolidaron una visita de Estado en términos modernos.
Andrés Manuel López Obrador desarrolló como presidente de México una política de rescate parcial del México indígena. Y tuvo razón cuando menos en una cosa: inclusive hasta en los textos oficiales, la referencia a los tiempos anteriores al periodo virreinal en Mesoamérica caracterizaba esa época como “prehispánica”, aceptando que antes del ciclo español no existían de comunidades organizadas como sociedades indígenas.
De ahí la importancia de rescatar el concepto de “México originario”; es decir, que México existía como sociedad en las poblaciones organizadas de indígenas quizá desde los primeros años del calendario moderno que se contabiliza desde el año cero con el nacimiento de Jesúscristo.
México tuvo tres grandes etapas: el período de dominio de imperios indígenas que aportaron enseñanzas a la humanidad, el ciclo de resistencia en el periodo virreinal novohispano pero reconociendo que España no instaló en Mesoamérica ni una colonia ni una nueva civilización y que todo este periodo puede resumirse en la construcción de una mezcla de sangre indígena y española para una raza criolla qué quiso derivar en el Reino de la Nueva España y la fase propiamente independiente y republicana desde la Constitución en 1824.
La revisión de la presencia española en América tendrá que encararse en algún momento, pero debe de partirse de la realidad histórica que no se puede modificar: el México independiente de 1824 en adelante no regresó a querer instaurar nuevamente comunidades monárquicas indígenas, sino que la base del sistema político/régimen de gobierno/Estado paradigmático nació más del modelo republicano de la revolución de Estados Unidos que de las estructuras indígenas rebasadas y mucho también del sistema monárquico español modernizado por las reformas borbónicas.
El indigenismo ha sido una etapa de la historia, pero las circunstancias modernas han impedido su restauración. Peor aún: el primer presidente indígena del México independiente fue Benito Juárez y él se echó a cuestas la tarea de construir el Estado-nación moderno inclusive acotando las estructuras indígenas sobrevivientes.
En términos muy generales, la población indígena en México es de alrededor del 12%, aunque --y para fortuna del país-- la cultura indígena constituye un factor de cohesión social, aún por encima de las clases medias conservadoras que ven al indigenismo como expresiones propias del folklore.
México enfrentó un choque circunstancial que pretendió revalidar la posibilidad de que el modelo político y de Gobierno de los indígenas regresara como forma de Estado moderno: en 1994 ocurrió un alzamiento de una parte de comunidades indígenas en el estado de Chiapas para intentar el derrocamiento del Gobierno del presidente Carlos Salinas de Gortari y reorganizar la estructura gubernamental en torno a los valores indígenas.
El grupo del EZLN del entonces subcomandante insurgente Marcos --que tanto deslumbró a los españoles, en tiempos del escritor Manuel Vázquez Montalbán-- se fijó una tarea de regresar al México indígena, pero conformándose solo con que en la zona de Chiapas --uno de los 32 estados de la República-- se restaurará el modelo indigenista. Y en todo caso su bandera máxima fue la propuesta de que las comunidades indígenas fueran reconocidas como naciones, trastocando el régimen federal por un modelo confederado.
Las estructuras republicanas concedieron todas las peticiones para la defensa de la existencia de derechos y cultura indígenas, pero se negaron a otorgar el rango de naciones.
López Obrador definió desde el origen de su carrera política un sentimiento de rescate de los valores indígenas, al grado de que llegó a ser funcionario del llamado Instituto Nacional indigenista como organismo público encargado de defender los derechos y la cultura de los pueblos originarios. Y su ciclo terminó el año pasado con la publicación de su libro Grandeza que buscó reponer la influencia de lo indígena en el México del Tratado de Comercio Libre.
Ahí nació en la bandera de que España y el Vaticano tenían que pedirle perdón a México, a los mexicanos criollos y a la mexicanidad indígena de los abusos de 300 años del periodo virreinal novohispano. Esta demanda nunca permeo en el sentimiento del México mayoritario, a pesar de que sí existe una emoción indígena en el fondo del perfil social de los mexicanos.
La demanda de López Obrador fue política y no propiamente histórica. Sí tendrá que revisarse en su momento ese periodo, pero a partir de un hecho inocultable: México es producto de una mezcla de sangre y la raza criolla tiene todavía mucho que dar si deja de cargar culpas históricas que ni siquiera se revisan para encontrar explicaciones, sino que sólo sea por circunstancias de coyunturas.
El encuentro entre Felipe VI y Sheinbaum Pardo pasó --como se dice en el lenguaje político popular-- “de noche”, es decir, que a pocas personas les interesó. Y los espacios en los que el monarca español apareció en público en lugares públicos y en el partido de fútbol de España contra Uruguay, sólo recibió muestras de simpatías populares, desde luego que para enojo de López Obrador en su rancho en palenque, Chiapas.
México y España son dos naciones unidas por la historia, no separadas.