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TRIBUNA

Más allá de la corrupción

jueves 02 de julio de 2026, 23:23h

Las causas de corrupción son noticia frecuente en las democracias, afloran en su escenario cotidiano. Están prácticamente ausentes en los países dictatoriales o en los totalitarios, no así porque las democracias sean más propensas a la corrupción, sino porque la tentación de usar las posiciones de ventaja de los políticos o de los que disponen de recursos financieros, tienta al abuso de los que disfrutan de esa posición ventajosa, tanto o más que la carencia de recursos puede tentar a los menesterosos. La eficacia de la democracia consiste en que la corrupción se persigue cuando aflora, cuando llega a los periodistas que difunden la noticia, a los medios policiales que investigan el caso y a los medios judiciales que lo enjuician. Destapada la corrupción, la sociedad se vacuna contra ella. En España ha sido perseguida con más o menos éxito por la justicia. Si fue mayor la de los ERE, la del tres por ciento, la de Pujol, o la de la Púnica, o la de Gürtel, es ahora secundario. Son corrupciones que la justicia lava desigualmente porque toda acción humana es perfectible. Lo que importa es que casos como el de Urdangarín o el del Rey Juan Carlos solo son posibles en una democracia.

La destitución, relevo, abandono, dimisión, cese – vaya a usted a saber qué ha ocurrido con los directivos de la Agencia Tributaria– se añade a la acumulación de tantos ejemplos de corrupción que ya no basta ver que el vaso rebosa, sino que los envites gubernamentales por disimularla en lugar de corregirla, esconden algo mucho más peligroso que la complicidad. Hay un pantano que rezuma debajo de la copa rebosante. Solo entonces es posible entender que la Agencia Tributaria finja ignorar la invitación de un juez para que se interese por una inspección sobre las joyas de un expresidente del Gobierno imputado por mucho más que por corrupción, al que el actual presidente ha unido su destino. El descaro que encubre un encogimiento de hombros de tal magnitud, después de que un fiscal del Estado haya sido condenado por el Supremo por revelación de secretos tributarios, rebasaría si el recipiente no flotara en una ciénaga pantanosa. Lo que se oculta no es solo corrupción, sino algo más lesivo, profundo y peligroso.

Hay quienes dicen que la corrupción de la izquierda la produce la tentación de dejarse pringar para aprovechar una circunstancia que puede no repetirse. Si fuera así, cabría esperar una regeneración interna. Lamentablemente, ni la izquierda progresista ni el sanchismo responden a un perfil del que quepa esperar purificación alguna. Ya no tienen nada que ver con la vieja y desvanecida socialdemocracia de antaño, cooperadora con demócratas cristianos, liberales y conservadores en la construcción del Mercado Común que dio paso a la Unión Europa. Esa socialdemocracia que promovió el Tratado de Mastrique, suscrito por Felipe González, se evaporó en Italia, Francia y Alemania, en unos casos por corrupción, en otros por inadaptación a las nuevas circunstancias, y fuera sustituido por el progresismo izquierdista que ahora emponzoña a la democracia española.

La reciente intervención de Feijóo en Bruselas para recriminar la laxitud con que se está tomando la Unión los problemas que genera la-política migratoria, los ataques a la justicia y a la libertad de prensa y a la administración de justicia en España, responde a la pasividad con que los europeos se toman lo que está sucediendo en nuestro país. No parecen comprender lo que significa que el sanchismo se haya unido al izquierdismo progresista, porque en Europa no se ha vivido nunca una situación comparable. Durante la Guerra Fría” quedó vacunada contra el marxismo y centró el peligro en la extrema derecha contra la que había luchado en la guerra mundial. Nunca se ha dado el caso en la Unión de que un partido marxista o de su nueva versión progresista, haya formado parte de un Consejo de ministros como ha ocurrido en España. Solo en nuestro solar ha existido un gobierno apoyado por herederos del terrorismo e independentistas sediciosos, formado por socialistas renegados y comunistas. En Europa no se tiene experiencia que una, casi inimaginable, coalición de partidos, camufle su nacionalismo totalitario con vestiduras democráticas para subvertir desde dentro las instituciones del Estado.

Lo que está ocurriendo en España no es una corrupción desparramada de un partido socialdemócrata. Europa no sufre a partidos totalitarios que enmascaran su voluntad totalitaria en ideales inalcanzables para engatusar a la ciudadanía. La actual izquierda emerge cuando el movimiento de los indignados de Pablo Iglesias llega al poder para ser después fagocitado por Pedro Sánchez tras triunfar la moción de censura contra Rajoy. Todavía vivimos las consecuencias de la falsa indignación contra una casta inventada que fue sustituida por una casta activa. Desenmascarados los líderes de Podemos, pasan a ocupar la poltrona sus secuaces de Sumar y un partido desarticulado por Sánchez. La propaganda posmarxista, es decir, la izquierda actual a la que se ha sumado Pedro Sánchez, ha pasado a ser un juego de máscaras disfrazadas de ideales demagógicos.

A esta estrategia de simulaciones que encubre un ambiente de corrupción generalizada tienen que hacer frente los recursos de la democracia. Solo hay un modo democrático de hacerlo: despojar de su máscara al emperador para mostrarlo desnudo ante el pueblo soberano. La prensa independiente cumple con su función contrarrestando las campañas difamatorias de la prensa servil. Impartiendo justicia, los jueces muestran cómo se las ha arreglado el izquierdismo para convertir la hipocresía en el estatuto moral dominante. Como para muestra, un botón, el juego de las piedras preciosas guardadas en caja fuerte por Zapatero ilustra sobre cómo ha de entenderse ahora el lema de que “ser socialista consiste normalmente en tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho”. A este botón se pueden añadir tantos como el de fingir estar enamorado para urdir en cuatro días cómo las flechas de Cupido deben atravesar las defensas democráticas. La destitución, reemplazo o como quiera revestirse la crisis de la Agencia Tributaria es un paso nuevo de la travesía que implica a las instituciones del Estado para tapar el pantano de podredumbre que rezuma fuera del vaso.

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