Como todo genuino poeta, nuestro Jorge Luis Borges era un nostálgico de sus mayores a los que, con orgullo, nombraba constantemente y donde aparecían los nombres de los militares Francisco Borges y Manuel Isidoro Suárez, que combatieron en la Guerra por la Independencia; y los civiles, que fueron honrosas personas: Frances Anne Haslam e Isidoro Acevedo Laprida, María del Carmen Lafinur Pinedo, su madre Leonor Acevedo Suarez y su padre, el doctor Guillermo Jorges Borges. Solía repetir que cuando llegara el momento de dejar esta vida, quería descansar con ellos en el sitio familiar del cementerio de la Recoleta. Soy testigo: “Lo hago a usted depositario y responsable de este deseo”, me dijo en repetidas ocasiones cuando visitábamos esa modesta bóveda.
Pero la arbitraria muerte suele ser desatenta, nada amable y no atiende deseos. A Jorge Luis Borges lo sorprendió la muerte en Ginebra el 24 de junio de 1986. Ciudad muy querida por él, de la que guardaba preciosos recuerdos juveniles. Ese lugar de Suiza, era uno de los sitios que amaba y del que dejó testimonio en su poema “Los Conjurados”: En las tierras altas de Europa, / crece una torre de razón y de firme fe. / Los cantones ahora son veintidós. / El de Ginebra, el último, es una de mis patrias…
Somos todos los mortales un hecho fortuito en esta transitoria y misteriosa vida, que nos ha sido dada y nuestros pasos están contados con una precisión ineludible; existir es otro enigma más y así transitamos sin que nos sean revelados el cómo ni el porqué de lo que nos espera.
Desde aquel infausto día de 1986, el desdén o una decisión arbitraria hizo que en el lejano cementerio de Plainpalais, un sosegado parque del centro de la ciudad de Ginebra, descansara en una modesta la tumba, no muy lejos de la de otro célebre argentino, el compositor de música contemporánea Alberto Ginastera, considerado como uno de los más importantes del siglo XX en nuestra América y en el mundo. También allí, a pocos pasos, como una broma del destino, rompiendo con todo pudor y formalidad, yace Grisélidis Réal, la escritora, pintora y activista suiza por los derechos de la mujer, que se autodenominaba "puta revolucionaria", fallecida en 2005.
Ginebra, como se sabe, es la segunda ciudad más poblada de Suiza y el gran epicentro de la diplomacia universal. “La patria del chocolate y de los relojes de pulsera” la denominan algunos, y se encuentra situada a orillas del lago Lemán, siendo además atravesada por el Ródano, uno de los grandes ríos de Europa Central, el más importante de la vertiente mediterránea, que discurre por Suiza y Francia.
Fue allí, en esa tranquila ciudad donde Borges está enterrado, para acompañarlo y rendirle su merecido homenaje, un grupo de argentinos nos convocamos y con la lectura de un poema recitado por cada uno de los poetas que asistimos, se llevó a cabo el original tributo a nuestro poeta.
No fue todo. Las librerías de la ciudad y los centros culturales que allí están se adhirieron y Borges fue recordado emotivamente como corresponde a su calidad universal escritor.
Quedó flotando, sin embargo, una pregunta que aún no encuentra respuesta y que muchos de sus devotos ya se plantean: ¿qué pasará con sus cenizas, será algún día repatriadas a la Argentina, su patria de nacimiento donde descansan todos sus mayores o quedarán allí, en esa otra tierra que también reconoce como “su otra Patria”. Sin duda el tiempo lo dictaminará.
En lo personal, diré que yo soy un testigo de su deseo. El poeta Jorge Luis Borges, quería descansar para siempre al lado de sus mayores, de los que se sentía orgulloso y les cantó apasionadamente.