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TRIBUNA

Mundus ex nobis fugit

domingo 05 de julio de 2026, 20:19h

Durante este mes recién entrado se cumplirá el bicentenario del último ejecutado por hereje; el maestro solsonés Cayetano Ripoll. Hacía unos cuarenta y cinco años que la Inquisición no ajusticiaba a nadie, algo, ya entonces, no solo considerado atrabiliario sino hasta tachado de reprobable incluso entre las jerarquías de la Iglesia española. Por eso a nadie inquietó la abolición del Santo Oficio, primero, por José Bonaparte y, luego, durante el Trienio Liberal. Pero con la irrupción de los Cien Mil Hijos de san Luis y la consiguiente restauración del absolutismo, en algunas diócesis como la de Valencia, ciertos arriscados canónigos y otros altos prelados, soliviantados por el constitucionalismo librepensador y afianzados en su ferviente adhesión fernandina, juzgaron que había llegado el momento de reprender tanto desvarío enciclopedista, y repusieron la cruz verde bajo el nombre de Tribunal de la Fe. Y allí mismo, en Valencia, bien que tras escandalizar con su conducta y opiniones a algunas vecinas de Ruzafa, sería encarcelado este maestro de convicciones anticlericales y panteístas, en octubre 1824, y tras casi dos años de prisión y proceso, condenado y entregado al brazo secular para su ahorcamiento público en la plaza del Mercado.

Salvo en la propia ciudad y su comarca, la sórdida ejecución y el paseo del cadáver en un tonel pintado con las llamas del infierno emulando los postergados sambenitos, no sobresalió del resto de los espantos causados por el llamado Terror del Veinticuatro. Por contra, en Europa, donde la noticia cundió entre las logias masónicas, reavivó la llamada leyenda negra, que ya acuñará a España con el lúgubre sello de un reino sojuzgado por cerriles inquisidores. Después, la nefasta sublevación carlista, que estranguló todo aquel s. XIX, no hizo sino fortalecer este tenebroso mote, hasta conseguir que fuera interiorizado por los propios españoles, como si en el resto de la Europa del Quinientos y del Seiscientos, las persecuciones por discrepancias con la ortodoxia romana, evangélica o calvinista no hubiesen sido mucho más inclementes que las hispanas. Aunque hoy, y durante estas septenas de recia calina, a cualquiera que pise la acera se le desvanecerá este lúgubre baldón, en cuanto se cruce con un puñado de desenvueltas jóvenes.

Este tipo de ejercicios morigeradores conviene realizarlos de cuando en cuando con las propias convicciones; es decir, enfrentarlas con algo muy vivo y radicalmente distante para ponerlas a prueba y descubrir qué acontece. Más o menos, eso me sucedió, cuando hace un par de semanas ingresé en el Ignite Madrid. Se trataba de la reunión de una serie de prácticas surgidas en las ciudades más bien yankees entre finales de la centuria pasada y el inicio de la actual; en fin, espasmódicos y descoyuntadores breakings, acróbatas del skateboarding —ese patinete para cabriolas voladoras—, ingeniosos grafiteros ejecutando elaboradísimas pintadas, una degustación del súbitamente reverenciado café y de otros bocados de comida urbanita, más audiciones de ritmos electrónicos y hasta una sesión de yoga para relajación de quien lo precisase, tras una serie de puestos de bisuterías y otras artesanías curiosas; en suma, que solo faltaba —o al menos no lo vi— un tatuador de flamígeros dragones y una señora insertando piercing en las pieles de los más osados para tener un muestrario más o menos ajustado de los nuevos usos juveniles. Y todo ello metido en una enorme y vaciada factoría de varias y laberínticas plantas, titulada ahora Espacio Jorge Juan, situada ante la soberbia Casa de la Moneda. Pero si algo me sorprendió no fue la variedad de edades —desde muy niños hasta casi jubilados— afanados en estos quehaceres, sino su entusiasta promotor: Frederick-Ali Tala, un medio argelino y medio piamontés, de educación francesa y hábitos estadounidenses, que tras ser productor de exitosos discos y dar un par de vueltas al mundo como discjokey, ha concebido una empresa, la Concept Club, para promover estas ferias; pues el Ignite no era otra cosa que un abigarrada exhibición de lo alternativo; y si me apuran, ni siquiera de eso, cuando nos percatamos de la proliferación de estas usanzas por todas las urbes del mundo desarrollado.

Y mientras escuchaba del jovial Frederick-Ali Tala sus cosmopolitas intenciones de abrir varios mercados más en otras tantas grandes ciudades, para convocar a los cultivadores de las nuevas artesanías urbanas, colegí que la torrencial e inaprensible Galaxia Digital, donde apenas acabamos de pisar, arrumbará, de un día para otro, estos novísimos usos para tornarlos, esta vez sí, en algo marginal y para coleccionistas.

Sin duda; la nueva era donde nos adentramos impone, con su fluir celérico de representaciones virtuales, un ubicarse sobre una perpetua mutación no solo de las costumbres sino de la propia concepción de la existencia. ¿Qué tipo de ética exigirá ese momento? Lo ignoro aunque me intrigue el imaginarlo; pero, al sopesar este constante y voraz cambio que se nos anuncia, aquella añeja tacha, mencionada al comienzo de estas líneas y soportada por los españoles durante el par de siglos precedentes, se me antoja, con alivio, algo remotísimo. Y, no obstante, quizá porque mi sensibilidad pertenezca a una época ya periclitada, cuando la realidad presentaba la seguridad de lo inmutable, aquellos días, pese a sus crueldades y miserias, me resultan más humanos, pues el hombre aún podía aspirar e incluso empeñarse en colosales empresas para conquistar el porvenir. Ahora, en cambio, las incesantes mudanzas tecnológicas asfixian cualquier utopía antes siquiera de esbozarla, como si el mundo ya no nos perteneciera.

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